14 | NOV | 2019
Tecalitlán. El último rastro de los italianos
La fiscalía ha presentado 43 datos de prueba para intentar establecer que los cuatro agentes detenidos participaron en la desaparición forzada de dos de los tres extranjero (JORGE ALBERTO MENDOZA)

Tecalitlán. El último rastro de los italianos

26/03/2018
04:13
Raúl Torres / Corresponsal
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Indagatorias señalan como responsable de la desaparición de los 3 extranjeros a presunto líder del CJNG en esa región. “Los entregamos a un grupo criminal”, dicen agentes detenidos

Tecalitlán, Jalisco.- Las coordenadas 19.469836 -103.255483 ubican el último punto en que pudo haber estado Raffaele Russo antes de desaparecer el pasado 31 de enero en Tecalitlán, Jalisco; latitud y longitud intersectan en un punto a 6 kilómetros de la cabecera de ese municipio, sobre la sinuosa carretera que desde ahí se adentra en la Sierra rumbo a Jilotlán de los Dolores, en la frontera con Tierra Caliente, en Michoacán. Alrededor sólo una especie de bodega se oculta entre los árboles.

Tecalitlán es un municipio de apenas 16 mil habitantes enclavado en el sureste de Jalisco, en los límites con Michoacán; su principal actividad es la agricultura y ganadería, aunque también se apuesta al turismo, pues es cuna del famoso Mariachi Vargas de Tecalitlán y su nombre se ha inmortalizado en los versos de la canción “Cocula” que hiciera famosa Jorge Negrete: “De Cocula es el mariachi/ de Tecalitlán los sones”.

No hay claridad sobre cómo y cuándo Raffaele llegó a México desde Italia, pero las indagatorias sobre su desaparición establecen que el principal responsable es un sujeto identificado como “don Ángel”, presunto líder del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG) en esa región, quien el mismo 31 de enero habría conspirado con policías municipales para también desaparecer a Antonio Russo y Vincenzo Cimmino, hijo y sobrino de Raffaele.

Lo que se ha comprobado es que desde el 26 de enero, Raffaele, de 60 años, se encontraba en Ciudad Guzmán, Jalisco, junto con Antonio y Vincenzo, de 25 y 29 años; los tres se hospedaban en el hotel Fuerte Real —de cuatro estrellas—, a la salida de la ciudad.

El 31 de enero, Raffaele decidió ir a Tecalitlán, a unos 40 kilómetros de Ciudad Guzmán; dijo que iba a probar suerte con la maquinaria que vende. Su negocio era la venta de plantas de luz de la marca Caterpillar de origen chino que ofrecía como equipo alemán.

Viajaba en una camioneta rentada, una Honda CRV blanca con placas de la Ciudad de México. Durante el trayecto estuvo en contacto con otro de sus hijos, Francesco, quien estaba en la capital del país. Alrededor de las 3 de la tarde dejaron de tener comunicación.

Preocupado, Francesco contactó a la persona que les rentó el vehículo para que tratara de localizarlo con el GPS instalado en la unidad: a las 15:23 horas del 31 de enero el aparato dio la última ubicación posible de Raffaele.
Francesco hizo una nueva llamada, pidió a su hermano y su primo que fueran a Tecalitlán para buscar a su padre; viajaban en una camioneta similar a la de Raffaele y a las 18 horas ya estaban en Tecalitlán preguntando por él. Al filo de las 19 horas pararon en la gasolinera que se encuentra sobre la carretera 110, incrustada entre las primeras fincas del pueblo.

Dos policías municipales en motocicletas se les acercaron y uno de ellos les ordenó seguirlos. Antonio mandó un mensaje a su hermano Francesco: “dos policías en moto nos quieren detener, de hecho ya lo hicieron y uno nos dice que lo sigamos, detrás de nosotros va otra patrulla”.

Tras recibir el mensaje, Francesco buscó desde la Ciudad de México el teléfono de la Policía Municipal de Tecalitlán. Minutos después de las 19 horas marcó el número que aparece en el portal del internet: 371-418-0169.

—Llamo para preguntar si han detenido a dos italianos que andan buscando a otro —dijo.

—Justo ahora se escucha por la radio que están revisando un vehículo con dos extranjeros; hable de nuevo en una media hora para darle información —respondió una voz de mujer del otro lado de la línea, a más de 700 kilómetros de distancia.

Transcurrieron justo 30 minutos y Francesco marcó nuevamente, pero esta vez la mujer lo negó todo. Realizó otra llamada al dueño de los vehículos en que viajaban sus parientes para una nueva consulta al GPS: pasadas las 19:30 horas, la camioneta en que iban Antonio y Vincenzo estaba en la latitud 19.461867, longitud -103.253850, dos kilómetros adelante del último punto en que se supo algo de Raffaele.
 

La protesta y la búsqueda

El 19 de febrero el Club Nápoles recibe en su estadio al SPAL de Ferrara en la Serie A del futbol italiano. Centenares de aficionados celebran el único gol del encuentro y otros despliegan una gigantesca manta: “Liberen a los napolitanos en México”.

Han pasado 19 días desde que Francesco denunció la desaparición de sus parientes ante las autoridades de Jalisco —donde hay más de 3 mil desaparecidos, según cifras oficiales— y no ha recibido información alguna; la protesta surte efecto.

Ese mismo día la Fiscalía de Jalisco interviene a la policía de Tecalitlán y cita a todos los elementos para interrogarlos en un local frente a la plaza principal; por grupos los tras-lada a la Academia de Policía en Guadalajara para que reciban “capacitación”.

“No hay detenidos, todos están en capacitación”, dice un día después el fiscal del estado,  Raúl  Sánchez Jiménez, quien asegura que los tres italianos vendían maquinaria china que hacían pasar por una marca original alemana; desliza la idea de que tal vez esa sea la causa de la desaparición; incluso, habla de inconsistencias en la denuncia de Francesco que, según él, entorpeció la búsqueda.

Francesco ha regresado a Italia y desde allá comienza a declarar que fueron policías municipales los que se llevaron a su padre, su hermano y a su primo, que las autoridades de Jalisco los están criminalizando y exige que primero los encuentren y después los juzguen.

La embajada italiana también presiona y solicita una reunión con las autoridades jaliscienses; el sábado 24 de febrero, el fiscal Sánchez informa que hay cuatro policías de Tecalitlán detenidos que confesaron haber entregado a los italianos a un grupo de la delincuencia organizada; también revela que se busca al director de la Policía Municipal, Hugo Enrique Martínez Muñiz, y a otros dos elementos por este caso.
 

Confesiones y tortura

Es viernes 2 de marzo y antes de vincularlos a proceso, en la Sala 2 del Juzgado de Control y Juicio Oral de Zapotlán, en Ciudad Guzmán, el juez del Sexto de Distrito, Damián Campos, escucha los alegatos de la defensa y los testimonios de Emilio “N”, Salomón “N”, Fernando “N” y Lidia “N”, los cuatro policías detenidos por la desaparición de los italianos.

La fiscalía ha presentado 43 datos de prueba para tratar de establecer que los cuatro participaron en la desaparición forzada y su hipótesis, construida a partir de las confesiones es la siguiente: Alrededor de las 19 horas del 31 de enero el tercer comandante de la policía de Tecalitlán, Hilario “N”, hoy buscado por la fiscalía, recibió una llamada a su teléfono celular: “Se revisa y se ejecuta”, respondió antes de colgar; en la patrulla va con él Emilio “N” y escuchó cuando el comandante pide a los motopatrulleros Salomón “N” y Fernando “N” que se reúnan en la calle Juárez, a una cuadra de donde Antonio Russo y Vincenzo Cimmino cargan combustible.

Ahí les ordena verificar si en la gasolinera hay una camioneta Honda blanca con dos italianos a bordo; los patrulleros se dirigen a la estación de gasolina, corroboran la información y por radio avisan a su comandante, quien les pide entonces llevarlos hacia la salida del pueblo con rumbo a Jilotlán de los Dolores. Uno de los patrulleros pide a los italianos que los sigan, Antonio y Vincenzo acceden y detrás de ellos se coloca la camioneta del comandante.

Al llegar a la carretera hacia Jilotlán se detienen y esperan la llegada de una camioneta Mazda en color tinto de la que bajan dos hombres, uno al que los policías identifican como “don Ángel”, presunto líder del CJNG en la región y le entregan a los dos jóvenes. El capo les dice que él se encargará de llevarlos con “el otro italiano”.

En la cabina de la Policía, Lidia “N” escucha que sus compañeros detuvieron a dos extranjeros y cuando Francesco llama para preguntar por ellos le pide hablar más tarde. Después, el comandante Hilario le ordena a Lidia no decir nada y al recibir la segunda llamada de Francesco lo niega todo. A las 23 horas, Hilario se reúne con Lidia, Emilio, Salomón y Fernando para ordenarles que no digan nada de lo ocurrido y les entrega mil pesos a cada uno.

En la sala del juicio, los cuatro policías son llamados por su defensa a declarar y cambian su testimonio: Emilio, Salomón y Fernando dicen que no saben nada de los italianos, que fueron torturados en la Academia de Policía, que los golpearon en el estómago y asfixiaron con bolsas de plástico para que firmaran documentos que nunca leyeron; Lidia asegura que la amenazaron con matar a su familia.

La defensa intenta que el juez desestime las confesiones previas sin presentar pruebas de tortura y el juzgador en cambio ordena una investigación para determinar si los policías fueron torturados.

Tras casi 10 horas de audiencia el juez determina que los tres varones deben ir a juicio por ser probables responsables de la desaparición forzada de Antonio y Vincenzo, pero no de Raffaele, pues aún no se sabe cómo desapareció él. Los tres policías podrían ser condenados a 40 años de prisión.

En cuanto a Lidia, el juez determina que no es copartícipe de la desaparición, pero sí obstaculizó la búsqueda, por lo que su pena podría ir de los dos a los nueve años de cárcel. El juicio de los agentes iniciará después del 1 de septiembre. En su resolución, el juez ordenó a las autoridades del estado no declarar más sobre las actividades de los italianos desaparecidos, pues considera que con ello se les está revictimizando; mientras, en Nápoles, Francesco exige que sus parientes aparezcan.

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