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Monterrey.— Mientras la canícula mantiene temperaturas superiores a los 40 grados en Nuevo León, el calor que sofoca a millones de habitantes del área metropolitana ya no es únicamente consecuencia del clima. Décadas de expansión urbana, la sustitución de áreas verdes por concreto y un desarrollo sin planeación ambiental han convertido a Monterrey en una ciudad que fabrica su propio calor.
Hoy, 84% del suelo urbano está cubierto por calles, edificios, estacionamientos y otras superficies impermeables, provocando que las llamadas islas de calor eleven la temperatura entre tres y hasta nueve grados respecto a las zonas con vegetación.
Lejos de tratarse de una percepción, el fenómeno puede medirse. De acuerdo con el Observatorio de Ciudades del Tecnológico de Monterrey y el Sistema de Información Urbano Metropolitano, las diferencias térmicas entre un sector dominado por concreto y otro con cobertura vegetal alcanzan hasta nueve grados.
La ciudad almacena el calor durante el día y lo libera lentamente por la noche, impidiendo que la temperatura descienda y prolongando la sensación de bochorno, incluso durante la madrugada.
El problema no sólo hace más intenso el verano. Especialistas advierten que también incrementa el consumo de electricidad, reduce la movilidad peatonal, deteriora la calidad de vida y aumenta el riesgo de inundaciones, al tiempo que evidencia un modelo de crecimiento que durante décadas privilegió el concreto sobre la naturaleza.
Efectos del concreto
“Las islas de calor se forman cuando tenemos superficies que absorben muchísimo calor, como el concreto, el asfalto o el metal. Cuando una ciudad está cubierta por estos materiales lo único que hace es amplificar el poder del sol”, explica León Staines-Díaz, vicepresidente de Medio Ambiente de la Sociedad de Urbanismo Región Monterrey.
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Para el urbanista, el fenómeno es consecuencia directa del modelo de ciudad que se construyó durante las últimas décadas. “Desafortunadamente hemos entendido que una ciudad moderna no tiene que tener naturaleza, que para avanzar tenemos que dejar más espacio a los autos y que las áreas verdes no son importantes. Cuando haces una ciudad con esa mentalidad, lo único que estás haciendo es acrecentar el problema”.
Los datos de la plataforma Cómo Vamos Nuevo León muestran la magnitud del cambio urbano. Apenas 16% del territorio urbanizado corresponde a áreas verdes, mientras que 84% restante está ocupado por concreto, edificios, vialidades y estacionamientos. Además, siete de cada 10 habitantes consideran que en su entorno predomina el concreto.
“Nos encontramos con una ciudad donde la concentración de concreto es sumamente elevada. Siete de cada 10 personas consideran que en su entorno hay demasiado concreto, lo que acredita que existe un efecto de isla de calor que agudiza las condiciones con las que vivimos durante el verano”, señala Luis Ávila, director general de Cómo Vamos Nuevo León.
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Calor y vegetación
De acuerdo con el Observatorio de Ciudades del Tecnológico de Monterrey, se identifican a los municipios de San Nicolás de los Garza, Escobedo, Apodaca, Guadalupe y Monterrey como los de mayor intensidad de islas de calor.
También destacan Pesquería, García, Cadereyta, Zuazua, El Carmen, Salinas Victoria y Ciénega de Flores, mientras que Santiago y amplias zonas de San Pedro conservan temperaturas menores gracias a su cobertura vegetal.
Durante un recorrido realizado por EL UNIVERSAL, una medición en la colonia Industrial, en el norte de Monterrey, registró 36 grados, cinco grados por encima de la temperatura reportada para el resto del área metropolitana. El entorno estaba dominado por naves industriales, techos metálicos y escasa vegetación.
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En contraste, el parque Bosques del Valle, en San Pedro Garza García, rodeado por más de mil árboles, registró una temperatura menor por dos grados que la del resto de la ciudad en el mismo periodo, confirmando el efecto de la vegetación sobre el ambiente.
La forma de vivir la ciudad
Para Staines-Díaz, las islas de calor afectan mucho más que el termómetro: “Cada vez menos gente quiere salir porque se enfrenta a temperaturas de 36 grados que pueden sentirse como 42 o 45. Si tuviéramos árboles y sombra, la gente estaría afuera. La forma en que hemos construido la ciudad nos obliga a usar más tiempo el aire acondicionado, incrementando el consumo eléctrico”.
Destaca que esta situación también deteriora la convivencia, pues “cada vez nos conocemos menos porque salimos menos. Perdemos oportunidades de convivir y de apropiarnos del espacio público. Las islas de calor afectan cómo nos movemos, cómo vivimos y hasta cómo consumimos electricidad”.
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Luis Ávila coincide en que el impacto alcanza también la movilidad y el manejo del agua. “Si una persona no tiene sombra para caminar o usar una bicicleta termina dependiendo del automóvil. Además, una ciudad dominada por el concreto absorbe menos agua de lluvia, favoreciendo inundaciones y desaprovechando la recarga de los mantos acuíferos”, explica.

Reforestar no basta
Aunque durante los últimos años se han intensificado las campañas de arborización, especialistas advierten que no están llegando a donde más se necesitan.
De acuerdo con Cómo Vamos Nuevo León, el gobierno estatal ha reportado la plantación de 800 mil árboles, pero sólo 3% se ubica en zonas identificadas como islas de calor. En los municipios metropolitanos, de aproximadamente 7 mil árboles sembrados durante las actuales administraciones, sólo 2 mil 800 fueron plantados en estos puntos críticos.
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“El problema no es solamente plantar árboles; hay que orientarlos a romper las islas de calor”, advirtió Luis Ávila. Incluso destacó que el municipio de Juárez concentra cerca de 70% de la reforestación realizada en estas zonas, mientras que municipios como Monterrey, Guadalupe y Santa Catarina mantienen un importante rezago.
Enfriar la ciudad todavía es posible
Para revertir la tendencia, León Staines-Díaz plantea recuperar ríos, además de crear corredores verdes y volver a naturalizar espacios públicos.
“No basta con sembrar unos cuantos árboles. Se requieren planes integrales. Es mentira que en Monterrey no puedan crecer árboles; con técnicas adecuadas es posible crear espacios mucho más frescos”, advierte.
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Como ejemplo, citó a Santiago de Chile, donde se creó una oficina especializada para combatir las islas de calor, y a París, que redujo espacio para los automóviles y amplió la infraestructura verde para disminuir la temperatura urbana.
Los especialistas coinciden en que Monterrey aún puede revertir el fenómeno, pero advierten que cada nueva superficie de concreto sin árboles profundiza un problema que ya no depende únicamente del clima.
Asimismo, aseveran que el calor extremo que hoy vive Monterrey refleja décadas de decisiones urbanas que desplazaron a la naturaleza, y consideran que si la ciudad quiere dejar de fabricar su propio calor, entonces deberá recuperar los espacios verdes que perdió, ya que actualmente ocho de cada 10 metros urbanizados son concreto.
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