
Tras dos años de pausa, Susana Zabaleta retomó “Los Abrazos”, su proyecto de encuentro emocional con el público, en el lobby del Museo Soumaya, este 16 de enero. La iniciativa, que apela a la empatía y al bienestar emocional, volvió a reunir a decenas de personas dispuestas a vivir una experiencia íntima en medio de la ciudad.
Así fue la experiencia
La expectativa se percibe en el aire. Rodeados por las esculturas del museo, cerca de 50 personas aguardan en fila entre murmullos contenidos. Todo transcurre con calma hasta que la música rompe el silencio y anuncia la entrada de dos bailarines.
Con movimientos delicados, sus cuerpos dialogan, se encuentran y se separan, como si marcaran el pulso emocional del espacio. La danza abre paso a Susana Zabaleta, quien aparece con la elegancia y determinación de un felino. Su objetivo es claro: acompañar, contener y conectar con quienes han llegado hasta ahí.

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“Este ejercicio viene del alma, del corazón, y es algo que creo que necesita el mundo entero: unirnos, hermanarnos con una energía que tiene que ver con la paz, con la hermandad, con entender que está bien enojarse, pero también contentarse, incluso pasarla mal, porque si no, no sabríamos lo que es pasarla bien”, explica la artista.
No hay gritos ni aplausos estruendosos. La emoción se manifiesta en silencio: en miradas, respiraciones profundas y la contención de quienes están a punto de vivir un momento cercano con una de sus actrices favoritas.

Uno a uno, los asistentes pasan a los brazos de Zabaleta. Ella no apresura el encuentro. Permite que cada persona decida cuánto tiempo permanecer ahí. La mayoría opta por no más de un minuto, suficiente para una conversación sin palabras, sostenida únicamente por el contacto.
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Entre los asistentes se encuentran Araceli y Gabriela. Antes de acercarse, los nervios son evidentes; después del abrazo, algo cambia. “Es muy bonito, ella tiene una vibra especial que te da calma”, comparte Araceli al terminar su turno.
La experiencia no concluye con el abrazo. Cada participante debe mirarse al espejo, enfrentarse a sí mismo y escribir un mensaje personal para Susana: un agradecimiento, un saludo o palabras sueltas cargadas de emoción, que la artista se llevará consigo como parte del ritual.

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