Por segunda ocasión en su visita, el Papa habló de la persecución de sacerdotes por parte del crimen organizado y el narcotráfico.

El primer mensaje fue en Catedral, en donde Francisco “suplicó” a obispos “no minusvalorar” el desafío del narcotráfico para la sociedad toda, incluida la Iglesia.

En el segundo encuentro, con católicos convocados en Michoacán, el Papa “invitó” a sacerdotes —en especial donde el crimen organizado tiene control— “a evitar la resignación ante la violencia y el narcotráfico”.

¿Por qué el Papa envía mensajes similares en dos momentos y dos audiencias específicas?

La respuesta parece elemental. Porque el obispo de Roma sabe que no sólo ciudadanos de a pie; no sólo comerciantes, empresarios, y no sólo las familias acaudaladas son víctimas del crimen y del narcotráfico.

No, también son víctimas de ese flagelo sacerdotes, obispos, arzobispos y cardenales; también la jerarquía de la Iglesia católica es perseguida, secuestrada, extorsionada, chantajeada y asesinada por el crimen organizado.

Por eso el llamado del Papa a los obispos de todo el país; por eso la insistencia de Francisco en llamar a la reflexión sobre el tema a sacerdotes del violento Michoacán; mensaje que —en el fondo— tiene como destinatarios a sacerdotes de todas las regiones en donde el crimen organizado y el narcotráfico son hegemónicos.

Pero lo que no dijo y hasta ahora no ha dicho el Papa es lo que debemos entender cuando se refiere a “no minusvalorar” al crimen organizado y cuando invita a sacerdotes a “no resignarse ante la violencia y el narcotráfico”.

¿Acaso Francisco sugiere que sacerdotes acudan a la procuración de justicia para revelar todo lo que conocieron en confesión sobre las bandas criminales? ¿Será que el papa Francisco llama a los ministros del culto a denunciar a criminales e integrantes del narcotráfico?

Lo cierto es que el Papa dice el qué, pero no el cómo, en materia de agresión del crimen a los sacerdotes.

Y es que antes que ministros de culto, sacerdotes, cardenales —incluso el Papa—, los jerarcas católicos son mortales, igual que el resto de los ciudadanos.

Y si no pocos sacerdotes son probados pederastas y perseguidores de mujeres —a las que conocen en confesión—, también son humanos que temen a la muerte a manos de criminales del narcotráfico; tienen miedo y terror a los mensajes del narco, a la extorsión, al secuestro y, por supuesto, al crimen.

Por eso, no pocos sacerdotes prefieren callar lo que ven y saben sobre el narcotráfico; porque antes que ser representantes de un culto, son humanos.

¿Cómo entonces enfrentarán los sacerdotes el riesgo del crimen organizado y el narcotráfico; riesgo que desde 1990 costó la vida a más de 50 sacerdotes? Nadie lo sabe, ni el propio Francisco.

Y si lo dudan, basta mirar un reportaje que sobre iglesia y narcotráfico en México realizó la BBC de Londres —en su página electrónica del 16 de febrero—, en donde el padre Jesús Mendoza Zaragoza, quien oficia en una iglesia de Acapulco, dice: “Tengo miedo, pero a veces no me queda tiempo para tener miedo”, luego de reconocer que es común que “halcones” espíen su homilía. A su vez, el vocero de la arquidiócesis, Hugo Valdemar, admite que “no existe un mensaje explícito del Vaticano para abordar el tema”

El arzobispo de Acapulco, Carlos Garfias Merlos, es contundente y acepta: “Una mala palabra dicha por un padre provoca que lo busquen para matarlo”.

El Papa dice el qué, pero no el cómo.

Al tiempo.

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