Los olvidos

Mónica Lavín

¿Qué son los olvidos? Me refiero a esos pequeños apagones de la memoria, lo que nos pasa en el día a día y sobre todo cier-tos días y no a alguna enfermedad neurológica. Olvidos asociados más con el despiste. Recuerdo un cuento muy breve que escribí donde el personaje asomaba a su casa por la ventana y la veía vacía, no entendía la razón hasta que escuchaba el tañer de las campañas, debía regresar al cementerio pues había olvidado su propia muerte. Supongo que lo escribí en algún momento donde el despiste, ese apagón menudo, me salió al paso y me advirtió que lo inesperado puede ocurrir. Esos olvidos nos asombran porque encaran nuestra falta de control, y eso da miedo. Ahora sé que no se presentan aislados sino en racimo, y que hay que mirarlos como a la luz amarilla del semáforo que uno puede ignorar y seguirse de largo a ver si libra el flujo de los coches, o tomar sus precauciones y detenerse a tiempo. Los olvidos son una luz preventiva. Quizás de algo mayor, de lo que nos puede llevar a un accidente. Nos hacen frenarnos en seco y preguntarnos dónde estaba nuestra cabeza. Necesitamos colocárnosla de nuevo como si fuera un casco ignorado. Hay despistes graciosos pero entre unos y otros, la línea es fina. La madre de una amiga, con la que tomaba una clase de baile, llamó alarmada para localizarla pues no había llegado a casa en un tiempo razonable para manejar su auto. Al día siguiente supimos regresó en transporte colectivo pues olvidó que llevaba coche.

Esos olvidos nos zarandean, como si no fuéramos nosotros, porque estuvimos desatentos. Si estuviéramos en la pradera, un león nos hubiera comido por despistes como ese. Vivimos siempre alertas, manejando información y coordenadas, agendas y calendarios. Qué día es hoy de qué mes es una pregunta que hacen los doctores cuando nos ven confusos. La pregunta detecta nuestra brújula cotidiana, el control sobre el tiempo y el espacio. ¿Por qué lo perdemos? Ahora puedo ver a la distancia momentos donde cometí una torpeza tras otra e incluso choqué por no saber ni cómo crucé una calle con autos en ambos sentidos. El primer olvido anclado en una descompostura emocional me ocurrió cuando había terminado con mi pareja en la universidad. Llegué a casa tarde, me bajé a abrir el portón para meter el auto y cuando pretendía subirme de nuevo a él, la puerta estaba cerrada y el auto encendido con la llave puesta. Me paralicé. ¿Tendría que dejarlo afuera toda la noche hasta que se consumiera la gasolina, a que se lo robaran, o que alguien se estrellara con él allí a media calle? No, le hablaría a quien seguramente sabría cómo abrir la portezuela de un auto, cosa de hombres. Eran las dos de la mañana y llamé al ex novio. Fue embarazoso verlo de esa manera forzada en la madrugada, solicitando su ayuda como una inútil. No estaba equivocada, lo resolvió. Los amores juveniles construyen superhéroes, y el mío lo era. Lo confirmé de nuevo, cuando adentro del auto y con el corazón roto, entré al garaje de casa. ¿Sería un olvido intencional? ¿Lo quería ver de nuevo y me había fraguado un plan inconsciente? Me aterré de las pillerías de mi cabeza. Pero la preventiva funcionó; la tenía que poner en orden cuanto antes si quería sobrevivir.

Una de las cosas que más me asustaba era no estar pendiente de mis hijas, y un día olvidé recoger a la más pequeña en la secundaria. El olvido hace que uno ni siquiera avise a otros de ese olvido. Y ella esperó y esperó en una banqueta solitaria. Ni ella ni yo lo olvidamos. Cuando advierto que alguien a mi alrededor se olvida de las horas, de la cita, del propósito de la misma, hago un llamado a la necesidad de detenerse. Tal vez debiera haber un taller de reparación personal cuando los olvidos ocurren en desbandada. Un estate quieto, un respira suave. Tal vez no damos nunca ese espacio al duelo de cualquier tipo o al desbarajuste que nos habita para el reacomodo. Queremos zurcir el calcetín como si el pie no hubiera ya reconocido el agujero. A las madres y a los padres les conceden ausencia laboral cuando ha nacido su hijo. Es un acontecimiento que requiere la presencia y concentración de ambos. Pero no sólo en esos momentos es necesario un tiempo aparte de las obligaciones usuales. Y ni modo, se lo tiene que fabricar uno cuando el color ámbar nos sale al paso. Si empiezo a olvidar las llaves de casa, el suéter, la cita, lo que alguien me dijo ayer, siento el hoyo negro del peligro. Y me detengo. Como hoy que no había reparado en que era viernes de escritura de este texto que quincenalmente comparto con quien me lee. ¿Qué había pasado con mi ritmo y mi calendario? Me asusté. El periodismo cumple una cita puntual, por eso su nombre, así que perdonaran que le haya dedicado al olvido estas líneas, porque se me olvidó que te olvidé, etcétera, etcétera.

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