¡Militares al poder!... Ok, no

Luis Cárdenas

¿Serán 120 mil, 213 mil, 300 mil, 98 mil o cuántos los muertos de la guerra entre narcos, policía civil y Ejército desde hace diez años?

Nadie lo sabe a cabalidad, la exactitud se perdió en la mar de los finados, porque además de los muertos con cuerpos que evidencian la muerte, habría que sumarle a alguna cifra los desaparecidos que probablemente, casi seguramente, están también muertos pero sin un cuerpo que lo pruebe, tal vez porque los deshicieron en ácidos, tal vez porque los enterraron hace años en alguna fosa clandestina, tal vez porque los arrojaron al océano, tal vez porque los dejaron a su suerte en la naturaleza y sus restos se volvieron alimento de la fauna, tal vez porque se hicieron, porque los hicieron, polvo…

no trazó el círculo del infierno mexicano. Más allá de la aberración a grados indecibles de la violencia existe algo peor, digno del absurdo literario: los mexicanos nos hacemos pendejos de forma magistral ante la guerra que ha causado más bajas en la historia de la postrevolución.

Sobran motivos para la evasión, por ejemplo, decir que se matan entre ellos, afirmación relativamente certera, pues la mayor cantidad de bajas, al parecer, se da por las batallas que disputan el tráfico de drogas entre los cárteles.

Aunque, sin apelar al melodrama, valdría la pena analizar las historias de los muertos, casi todos afectados por la pobreza extrema y la cancelación de futuro, convertidos en seres que portan un desprecio enorme a la vida, a su propia vida incluso.

Hace diez años, el Ejército salió a defendernos de un caos porque la pax narca se rompió, el cártel ungido no logró mantener los acuerdos en Michoacán y poco después perdió el control definitivo, que nunca tuvo al cien por ciento, en el Golfo de México. La hegemonía no existía más y los códigos de “honor” tronaron.

La Policía Federal en aquel momento no podía hacer mucho, aún incluso no puede, y las policías locales, municipales o estatales, estaban ultra rebasadas o en algunos casos ya francamente cooptadas por los reyes del juego, por los cárteles, que las usaron cual peones en el ajedrez por el control de territorios.

Nuestra magistral forma de hacernos pendejos ante la adversidad logró el mejor chivo expiatorio para chiflar en la loma: Que el Ejército se encargue, que el Ejército resuelva, que el Ejército detenga, que el Ejército investigue, que el Ejército apoye, que el Ejército mate a los cabrones, que el Ejército viole derechos humanos y sea el malo del cuento, que el Ejército se meta en problemas… Todo con la excusa perfecta: ¡Porque apenas estamos armando a nuestra fuerza civil!

Pasó la primera década y no armamos lo suficiente a nuestra fuerza civil, echamos la bolita, bolota, de fuego al Ejército que nunca decía nada, que nunca se quejaba y trataba de contener el problema, hasta que el Ejército comenzó a hartarse.

Dicen que el Ejército se ha empoderado… Se ha “empoderado” tanto, que ahora pide ser acotado.

En un país menos democrático ya tendríamos generales en la búsqueda de una candidatura.

DE COLOFÓN.— Apareció una manta en el norte con un cuerpo, la firma CDG-Zs, Cárteles Unidos. ¿Unidos?

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