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Dos de las drogas con mayor demanda en la actualidad, la heroína y la morfina, son substancias extraídas de un tipo de amapola, la adormidera, una planta cuyo cultivo se ha extendido en el campo mexicano. En Guerrero y en el llamado “Triángulo dorado” (Chihuahua, Durango y Sinaloa) se encuentran las regiones en las que “el negocio”, es decir su producción, refinamiento y exportación ha ido mejor. Creció en más de 60% en los últimos años, según la DEA. El tema guarda, al parecer, una relación directa con los índices de violencia, que han alcanzado proporciones epidémicas en algunas de esas zonas.
Recientemente se informó que el gobierno pretende regular la siembra de la amapola y la goma de opio que de ella se extrae, con fines estrictamente medicinales y de investigación científica (EL UNIVERSAL,11/05/2016). En efecto, tanto la morfina junto con otras substancias conocidas como opioides, son medicamentos formidables para el control del dolor severo, cuando un médico competente los prescribe en forma ordenada y rigurosa.
En México, principal productor de amapola del continente, es casi imposible conseguir morfina legalmente para estos fines. Los familiares de los enfermos que la requieren batallan para obtenerla, aún con la receta correspondiente expedida por la Secretaría de Salud. La gente se muere de dolor y se muere con dolor. Tenemos uno de los consumos de opioides per cápita más bajos del mundo. Se ha estimado que en México hay más de veinte millones de personas con dolor. Para cubrir las necesidades del 30 por ciento de ellos, que se consideran casos potencialmente severos, y de una proporción importante de los cerca de 4 millones de pacientes que en nuestro país se someten a cirugías cada año, se necesitarían cerca de 20 toneladas de opioides para atenderlos adecuadamente. Un recuento realizado hace un par de años indica que se importaban tan solo 480 kilogramos anuales. Me resulta inadmisible.
Producir nuestra propia morfina, sobre todo si enseñamos a los médicos a usarla bien y a los enfermos a exigirla cuando la requieran es, en consecuencia, una opción interesante y bienvenida. Pero cuidado, no la sobredimensionemos. Hacerlo no será panacea. El asunto tiene muchos bemoles y es bastante más complejo de lo que parece. Veamos:
Los inventarios mundiales de la producción de morfina con fines legales —que están controlados por organismos de Naciones Unidas— son suficientes para cubrir la demanda global existente para efectos medicinales. Difícilmente vamos a poder comercializar el producto terminado para su exportación, menos aún nos permitirán hacerlo con la goma del opio, mientras no erradiquemos su cultivo clandestino, o sea, la producción ilegal. En el mejor de los casos, por lo pronto, se podría pensar en una pequeña cosecha para satisfacer el mercado interno, que sin duda nos vendría bien. Por lo menos habría medicinas para los enfermos que las requieran.
La producción de morfina, teniendo la resina de la planta, es relativamente sencilla y barata. Pero una producción limitada para abastecer un mercado local no parecería ser suficientemente rentable como para sacar de pobres a los campesinos de la sierra que ahora son explotados por el crimen organizado. Es iluso pensar, pues, que la producción legal pueda sustituir a la ilegal, y menos en el corto plazo.
Al argumento anterior hay que agregar el hecho, incontrovertible, del incremento en el consumo (y por tanto en la demanda) del otro alcaloide estelar de la amapola: la heroína. Tan sólo el mercado norteamericano de personas mayores de 12 años que han consumido heroína alguna vez en su vida es de 4.2 millones. A diferencia de otras drogas ilegales, como la cannabis, el saldo fatal de la heroína es dramático: más de 120 muertes diarias registradas por sobredosis en aquel país. Es la droga que más muertes ocasiona. Generalmente se inyecta (de ahí su asociación con el VIH/SIDA) aunque también puede inhalarse o prepararse en infusión.
Los carteles mexicanos, sensibles a la creciente demanda y a las exigencias de los usuarios del país vecino (en el nuestro el consumo sigue siendo bajo) han contratado a un grupo de “cocineros” colombianos, para elaborar heroína blanca y substituir con ella a la del tradicional color canela. Satisfacen así las preferencias de los consumidores. Paralelamente a la expansión del mercado, ha crecido la tensión para controlar las rutas de distribución y transporte. Imposible pensar que esto pueda ocurrir sin violencia. Se estima que el trasiego de heroína a Estados Unidos representa un negocio de miles de millones de dólares al año.
Esta compleja trama no acepta, pues, soluciones simplistas. El Estado puede intentar, desde una perspectiva que lo fortalezca, tomar el control de la producción en ciertos territorios y que, al menos ahí, haya un manejo legal, transparente y estricto, con fines exclusivamente medicinales y de investigación, para atender las necesidades locales. Para ello, tendría que descriminalizar una parte sin despenalizar el todo, pues no se tiene la capacidad para erradicar el cultivo ilegal del opio y mientras esto no ocurra, no será fácil que nos acepten como país “exportador legal”. Ni la tarea es sencilla ni el camino es corto. Pero además, no hay atajos.
Las políticas de los países que han mostrado ser exitosas en la materia, implican un control férreo de la producción ilegal pero incluyen, además, programas sociales efectivos sustentados en dos premisas fundamentales: la reducción del daño y la reinserción social de los afectados. Me refiero sobre todo a los drogadictos. El riesgo de adicción en usuarios de heroína es de 23%, en usuarios de marihuana es de 9%.
Los principales productores legales (España, Australia y Francia, sobre manera) hace tiempo que dejaron el cultivo de opio crudo. Producen un concentrado de paja de adormidera, que requiere de una tecnología más sofisticada y un riguroso control de calidad. Este es el substrato que realmente interesa a las farmacéuticas internacionales para la elaboración de morfina y codeína. Son firmas que cotizan en Bolsa y venden sus productos a precios internacionales. Es imposible competir con ellas desde la clandestinidad, con opio crudo producido ilegalmente. Son dos mercados distintos.
Todos los medicamentos opioides, sean naturales o sintéticos son potencialmente adictivos. De ahí que sea necesario que la autoridad sanitaria vigile su uso. En Estados Unidos, su abuso ha alcanzado ya proporciones epidémicas. No haber medido el riesgo oportunamente se considera uno de los errores más graves de la medicina moderna norteamericana. Se ha creado un tercer mercado paralelo con el abuso de los opioides que se adquieren con receta médica. Tan sólo en 2014 se expidieron más de 200 millones de prescripciones para comprar medicamentos derivados del opio. De los casos en riesgo por sobredosis de opioides registrados por los Centros para la Prevención y Control de Enfermedades, sólo el 15% los habían adquirido ilegalmente.
Que no haya morfina en los hospitales ni en las farmacia autorizadas en México es lamentable. Miles de personas sufren por ello innecesariamente. Pero cuidado, que el péndulo no se vaya a ir al otro extremo. Pensar que legalizar el cultivo de la amapola puede ser la solución simultánea de varios problemas es no entender su naturaleza. El riesgo radica en generar nuevos problemas sin resolver los ya existentes.
Que bueno que el tema de las drogas suscite debates y ocupe espacios en la opinión pública. Hay que avanzar hacia su despenalización de manera paulatina y selectiva. Parecería pues, sensato, afinar el marco regulatorio para el uso de la cannabis, que está a medio camino en el Senado, para continuar luego con el análisis riguroso de que conviene hacer con la amapola.
Ex Secretario de Salud
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