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El tipo de partido que se dio anoche entre México y Guatemala es legendario. Los de verde tienen más tiempo el balón y mayor calidad; los chapines cierran los juegos con base en el juego físico y las interrupciones.
Le costó trabajo al equipo de Miguel Herrera encontrar la frecuencia y calidad en sus arribos. Fueron ataques aislados en el primer tiempo y un volumen de juego ofensivo bajo.
Guardado tuvo una y el árbitro otra. En el segundo tiempo, Oribe se perdió otra, el árbitro se comió un segundo penalti y Herrera puso un tiro en el travesaño desde fuera del área. Con diez guatemaltecos, México logró acosar al límite al adversario, pero se le hizo pequeño el manual de jugadas estructuradas con la suficiente velocidad, precisión y acompañamiento como para generar el daño calculado por Miguel Herrera.
No se puede recriminar a nadie por el esfuerzo puesto. Corrieron y lucharon hasta el cansancio, pero el brillo del futbol colectivo no aparece en las cantidades necesarias.
La explosión individual tampoco resulta suficiente, pero es probable que la tendencia al alza no esté tan lejos.
No se presentaron los cambios de ritmo, el reto mano a mano, el desequilibrio para llegar a la línea de fondo ni los servicios aéreos con la precisión requerida para los rematadores. El tiro de media distancia tampoco se explotó como se debe ante nueve o diez rivales defendiendo y cerrando los espacios permanentemente.
Guatemala preocupó de manera muy tenue a Memo Ochoa en un par de ocasiones, generadas por cierto por fallas mexicanas. Sí, el árbitro afectó a México más de lo usual, pero no podemos explicar el empate sólo por ello.
En general a México le falta mejorar en todos sentidos y Miguel lo sabe. Héctor Herrera tiene que generar más y mejor. Vela fue pateado en doce ocasiones y no se arrugó.
El panorama no me parece en absoluto negativo. Guatemala se sacó la lotería y México debe estar consciente del incremento en la exigencia para el miércoles contra Trinidad y en cada partido subsiguiente. Nada para echar cohetes hasta ahora, tampoco para sacar el látigo y empezar a pegarnos. Cada cosa a su tiempo.
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