José Luis Cuevas en un cuarto miserable

Héctor De Mauleón

Estoy en Donceles, intentando averiguar dónde estuvo el cuarto miserable en el que a fines de los años 40 José Luis Cuevas tuvo su primer estudio.

Me he preguntado siempre dónde estuvo aquel lugar. Supongo que al fondo de un patio lleno de macetas, en una de esas viejas vecindades que antes fueron los suntuosos palacios del siglo XVIII.

Cuevas vivía en ese tiempo “una extrema soledad”. Le habían impactado los murales de Roberto Montenegro y eso le hizo inscribirse en La Esmeralda.

Un día le contó a Carlos Valdés que una fiebre reumática le hizo abandonar los estudios. Pero antes de enfermarse conquistó a una muchacha que trabajaba como modelo en las academias de San Carlos y La Esmeralda.

Se llamaba Mireya y fue su primera modelo. Mireya fue también su primera relación amorosa: Cuevas la pintaba y la poseía en aquel cuarto, aunque no precisamente en ese orden.

“Su pobreza me llevaba a identificarla, a encontrarle ciertas similitudes con la Sonia de Crimen y castigo… Mi amante era una mujer algo prostituida por la pobreza”, le dijo a Valdés.

Cuevas leía en aquel estudio a Víctor Hugo, a Verne, a Dostoievski. Leía también a Vasconcelos.

Escribía cuentos que luego destruía. Y luego dibujaba incansablemente a Mireya.

“Durante un año vacilé entre dos vocaciones: la de pintor, que de alguna manera había surgido antes, y la de escritor… Esta última surgió después de haber leído a los escritores que admiraba en mi adolescencia. Y como siempre sucede, los escritores novatos de alguna manera desean imitar a los maestros que admiran. Los relatos que escribía eran dostoievskianos. Estaban poblados de personajes tristes, desesperados, marginados. Me identificaba con estos personajes de ficción porque me sentía infeliz como ellos”, recordó Cuevas años después.

Le dijo a Carlos Valdés:

“Consideré importante la literatura y empecé a escribir. Pero de ninguna manera la abandoné después, cuando ya había decidido dedicarme única y exclusivamente a la pintura, al dibujo y al grabado, porque lo literario ha sido un estímulo constante: mi obra plástica es definitivamente literaria”.

De manera que en aquel estudio que nunca he encontrado fue donde todo comenzó.

Cuevas decía que se había destacado en la primaria haciendo dibujos con bastante competencia. Decía que un inspector escolar vio aquellos trabajos y le recomendó a su maestro que lo estimulara. Decía que entró como premio a una escuela de arte (“vamos a fingir que a La Esmeralda”).

Decía que los profesores lo elogiaban y sus compañeros lo admiraban.

Un día comenzó a hacer dibujitos “de viejas encueradas”, que su padre creyó que eran producto de “inconfesables vicios secretos”.

Cuevas hablaba y no hablaba de sí mismo al hacer este relato. Pero aquellos dibujitos, ¿no eran los de Mireya desnuda en el cuarto miserable de la calle de Donceles?

Estoy ahora en Donceles, intentando averiguar en dónde habrá estado el estudio en que el mito de Cuevas comenzó. El cuarto del que acaso vinieron el erotismo y la “miserabilidad”, lo que él mismo señaló como un signo: el punto nodal de su obra.

Hace años recorrí esta misma calle buscando otro domicilio: Donceles 815. Caminé con lentitud “en este conglomerado de viejos palacios coloniales convertidos en talleres de reparación, relojerías, tiendas de zapatos y expendios de aguas frescas”. Levanté la mirada a los segundos pisos, “donde nada cambia”. Miré las ventanas ensombrecidas por largas cortinas verdosas (“esa ventana de la cual se retira alguien en cuanto tú la miras”). Busqué en vano una manija, “esa cabeza de perro en cobre, gastada, sin relieves”.

No encontré aquella vez —no la he encontrado nunca— la casa de la bruja de ojos verdes de la novela de Carlos Fuentes.

Tantos años después salgo a buscar otro domicilio mítico. No lo voy a encontrar. José Luis Cuevas acaba de morir y hay en Donceles una soledad extrema.

@hdemauleon
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