El lado negro de la campaña rosa contra el cáncer

Héctor De Mauleón

Una mujer muerta a causa del cáncer de mama se lamenta por no haberse autoexplorado ni acudido al médico; se lamenta de que el hubiera no exista, porque ahora ella no existe ya tampoco.

El spot forma parte de la campaña de sensibilización contra el cáncer. No tengo nada contra ese spot: acaso logrará evitar muchas muertes, hacer que las mujeres acudan a una clínica, antes de que no haya nada qué hacer.

No estaría de más, sin embargo, tener también un spot que contara lo que viven las mujeres que se encuentran de pronto “una bolita”. Porque es falso que al realizar ese descubrimiento todos corran a salvarles la vida. Más veces de las que quisiéramos, la dilación en el diagnóstico no es atribuible a la paciente. Más veces de lo que quisiéramos, el cáncer gana terreno mientras esperan turno en una sala de espera.

La llamaré por su primer apellido: Hernández. Hace cuatro años la señora Hernández se descubrió “una bolita” en el seno derecho. Acudió con un médico particular que le ordenó hacerse una mastografía y un ultrasonido. Los estudios confirmaron la existencia de un tumor y agregaron la sospecha de malignidad. El médico encargó una biopsia.

La señora Hernández, derechohabiente de toda la vida, acudió a la Unidad de Medicina Familiar No. 64 del IMSS, en Tequesquináhuac, Estado de México. Ahí se negaron a darle otro nivel de atención (“no parece nada malo, una bolita de grasa o un depósito de calcio”), a pesar de que los estudios que ella llevaba en la mano elevaban a nivel 4 la sospecha de malignidad.

Después de insistir ante las autoridades de aquella unidad familiar, el IMSS accedió a dar seguimiento al caso. Pero los trámites se alargaban. Se alargaban. Se alargaban. Era el principio.

El médico particular que la había atendido la primera vez consiguió que un oncólogo del Hospital Regional No. 72 la recibiera en su consultorio particular, mediante el pago de los honorarios correspondientes. Ese segundo médico logró que la paciente fuera recibida en el Hospital Regional 72. Efectivamente, era cáncer. La señora fue sometida a una mastectomía radical, medio año después de haberse autodetectado “la bolita”.

Tras papeleos y largas filas para obtener cita, recibió seis ciclos de quimioterapia y 26 de radioterapia. Se le recetó un medicamento que debía tomar durante los siguientes cinco años, para evitar la reincidencia de la enfermedad: exemestano. Pero el IMSS no siempre lo tenía y era necesario comprarlo por fuera: 3 mil pesos la caja.

En ese lapso la familia tuvo que pagar varios estudios “por fuera” y conseguir atención a través de médicos con altos cargos, como si atender un cáncer fuera un privilegio o un favor especial.

Un buen día la señora Hernández comenzó a toser sin parar. En la Unidad 64 le recetaron abrigarse bien y tomar líquidos abundantes. Una semana más tarde estaba internada de urgencia en el Hospital Regional 57, donde la tuvieron día y medio en una silla, pues no había camas disponibles. Le hallaron un derrame pleural: agua en 80% del pulmón.

Un médico le avisó que había que esperar a que hubiera lugar en piso, para que Medicina Interna practicara una punción y enviara los estudios a Patología. Otro médico informó que la punción no era posible porque en caso de cáncer éste se diseminaría y porque en ese hospital no había la especialidad de oncología.

La dieron de alta y la enviaron de nuevo a la Unidad de Medicina Familiar 64, para que tramitara un pase al Hospital Regional 72.

El médico particular que la había atendido la primera vez volvió a intervenir para que el papeleo se agilizara.

Pasaron cinco días para que le hicieran una punción. La dieron de alta de nuevo, pidiéndole que volviera el lunes para hacerle otros estudios —se atravesaba un puente.

Cinco días más tarde estaba de nuevo en Urgencias. Ahora había líquido en ambos pulmones. Esperó dos días para que le dieran cama. El médico que la vio estaba furioso: las nuevas placas confirmaban lo peor: metástasis. Pidió una tomografía con contraste, antes de reiniciar la quimioterapia. Pasó una semana para que la tomografía fuera practicada. Primero, no había contraste. Luego, el tomógrafo se descompuso. Más adelante, el neumólogo estaba de vacaciones…

En el mundo del “hubiera”, la señora Hernández no deja de preguntarse qué fue lo que no hizo a tiempo.

@hdemauleon

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