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03/07/2017
01:50
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Si antes usted se preguntaba: “¿Cómo transmitir el conocimiento a las nuevas generaciones?”, hoy tendría que preguntarse algo distinto: “¿A quién puede uno transmitirle el conocimiento acumulado?” (Tal vez ese periodo de cariz moderno en el que dividíamos el tiempo en generaciones humanas ha terminado y en el horizonte no quede más que una plasta semi-humana indiferenciada, tecno optimista, y aislada del pasado). Me refiero, claro, a la transmisión de un conocimiento de orden general acerca de literatura, ciencias, civilidad o política, salud, filosofía, etc… Me cuesta trabajo asimilar, por ejemplo, que la aparición de un nuevo teléfono o “aplicación” para el mismo sea una noticia, aparezca en los medios y despierte la exagerada curiosidad de las personas. ¿Qué clase de matrimonio insípido y absurdo representa algo semejante? Se trata de un mundo limitado, estrecho y en el que dominan las noticias que convienen a las grandes empresas, consorcios o compañías privadas o transnacionales. Durante largo tiempo me acostumbré a decir que la comunicación es fundamentalmente ruido, pero al menos ese ruido se presentaba como algo significativo, misterio que aclarar, sonido que prosperaba en sentido. Hoy la comunicación, incluso como ruido significativo parece escindirse y se transforma en negocio, compra – venta de mensajes vacíos y escándalos efímeros, en aspiración dirigida. ¿Cómo se transmite conocimiento a quien carece de memoria puesto que se halla entregado a la máquina trituradora de la novedad frívola?

Anthony Giddens, preocupado por el desarrollo de una globalización que deteriore las relaciones humanas de convivencia, aludía a que, en el presente, hemos pasado de un mundo en el que los grandes abusan de los pequeños, a otro en el que los rápidos abusan de los lentos. Es obvio, al menos para mí, que así sucede en los terrenos de la comunicación, la convivencia civil, los negocios y la impartición de justicia. Y, sin embargo, detrás de todas estas actividades de relación humana se encuentra el hecho de pensar, reflexionar, tomar distancia o discernir sobre los casos o hechos que nos afectan, y en tal aspecto la velocidad no es lo importante, sino la certeza y el fundamento. No es otro el motivo de que los “rápidos y furiosos” sean energúmenos atorrantes, seres peligrosos confiscados por la adrenalina y la ausencia del pensar.

Un país llega a un estado de parálisis cuando sus instituciones se corrompen hasta el punto de que sus procesos políticos y económicos son dominados por élites que sólo buscan aumentar sus ingresos. Este anuncio de Adam Smith es hoy una realidad que podemos comprobar sin necesidad de perdernos en complejidades cegadoras. Si la complejidad en los procesos de pensamiento es un bien per se, la complejidad de la mala retórica es oscuridad, desorientación y ambigüedad en cuestión de los aspectos sociales.

Niall Ferguson, siguiendo a Tocqueville dice que ser ciudadano no es votar, trabajar y mantenerse dentro de la ley, sino que es sobre todo participar en grupos —una familia ampliada— porque es allí donde uno aprende a desarrollar y aplicar las normas de conducta: “en suma: a gobernarnos. A educar a nuestros hijos. A cuidar de los desfavorecidos. A luchar contra la delincuencia. A mantener limpias las calles.” Si los grupos de ciudadanos o familias ampliadas se hallan ausentes entonces resulta difícil modificar las instituciones y hacer mejores leyes; no hay manera de presionar, exigir, criticar, rebelarse contra la corrupción burocrática. Un sencillo ejemplo es que los jefes delegacionales en la Ciudad de México quieren ser presidentes del mundo, autoridades dinásticas o legislativas, pero no pueden acabar con el ruido que se propaga en las zonas que gobiernan para llevar así un poco de paz y respiro sicológico a los habitantes de tales zonas (las acciones modestas son trascendentes). Yo me he enfrentado a comerciantes armados de bocinas, a “visionarios” inmobiliarios, a motociclistas estruendosos, y en más de una ocasión me he entrometido en una situación peligrosa. ¿Vale la pena? Sí, no me arrepiento, mas también sé que los míos son actos infructuosos porque no piso un terreno civil firme, sino más bien deambulo en arenas movedizas y en un suelo legalmente agrietado.

¿Cómo transmitir conocimiento, diferencia o complejidad en estos días? Las escuelas no bastan. Los padres están más preocupados por dotar a sus hijos de basura tecnológica e ingresarlos en cápsulas de pensamiento digerido y sumarlos a estructuras cuyo papel o función se encuentran ya determinados por los intereses de los poderosos. “A los niños hay que protegerlos tanto de la falsedad como de la verdad”, decía, hace más de 30 años, Paul Feyerabend, con el propósito de estimular el desarrollo del individuo y de sus propias ideas sin necesidad de someterlo a tiranías tradicionales. Hoy se reiría, Feyerabend, al ver que también casi todos los adultos se han convertido en niños, en rápidos y furiosos, en tecno optimistas empobrecidos intelectualmente, en niñatos jugando al monopolio, en absoluta vacuidad civil.

 

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus obras destacan Lodo, Educar a los Topos, Mis mujeres muertas, El hombre nacido en Danzig y Hotel DF (novelas); Plegarias de un inquilino (crónicas); Insolencia literatura y mundo...