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Don Quijote de la Mancha es una figura proteica, multidimensional. Las relecturas de la novela en la cual es protagonista y a la que le da título imponen una pregunta impaciente, entre muchas otras: ¿cómo fue posible que este libro espejeante y carnavalesco se convirtiera en la obra máxima de un sedicente realismo?, ¿y cómo ocurrió, además, que ese vaporoso y antipático realismo quedara consagrado como el cimiento y el general diseño de la literatura en lengua española, y que esa responsabilidad absurda se cargara en la cuenta del admirable autor de la novela prodigiosa?
El libro de Cervantes tiene varios planos y un término tan discutible como “realismo” está lejos de agotar sus riquezas. La variedad de esos planos es a veces polifónica, a veces perspectivista; también puede aparecer como una forma fecunda de la ambigüedad, que a su vez deja abiertas ventanas y puertas para que por la historia del hidalgo y su escudero circulen ideas continuamente contrastantes. Nada mejor que leerla atentamente, desde luego, y no consultar ansiosamente a los “especialistas”; suelo decir que casi todos los cervantistas forman una raza maldita. ¿Exagero?
Qué diferencia entre los cervantófilos o cervantólogos de lengua española (casi todos) y los de otros idiomas, como los ingleses. Esta situación no es inexplicable: en España, las escrituras de Cervantes no echaron a andar una tradición, increíblemente; en Inglaterra, sí. En Francia, por ejemplo, además, un escritor como Denis Diderot fue un estupendo cervantino. Hubo que esperar al siglo XX para que la tradición cervantina comenzara a dar sus mejores frutos: sucedió en América Latina.
Un puñado de observaciones inteligentísimas de José María Micó, quien echa mano para ello de la vieja retórica, nos permite ver y valorar el genio inventivo de Cervantes, no tanto su habilidad para disponer su discurso o para lucir esplendores de estilo. Micó utiliza para su análisis las nociones antiguas: inventio, dispositio, elocutio. En esa triada, cuyos términos, como apunta sensatamente Micó, no necesitan traducción, Cervantes se destaca sobre todo como un gran y originalísimo inventor. Lector de Borges, Micó sabe cómo abordar el gran libro sin solemnizarlo ni volverlo motivo de brindis patrioteros ni mucho menos dechado de casticismo o de “realismo”: no hay nada de eso en la novela cervantina. Uno relee con asombro las sagaces observaciones de Borges en un ensayo brevísimo de 1930 de título genial: “La supersticiosa ética del lector”, y se da cuenta de cómo el libro de 1605-1615 ha inventado, además, a sus lectores.
Ojalá vuelvan al mundo de los lectores los días en que se leía el libro de Miguel de Cervantes como una obra llena de jovialidad, frescura, sentido del humor, enormísima sabiduría. Ojalá queden atrás los tiempos en que la erigíamos continuamente como una especie de suma marmórea y exigente de extraños ideales humanos.
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