Ni por Twitter ni por teléfono

Agustín Basave

Donald Trump es un bully que tiene a México en el primer lugar de su lista de países a avasallar. Lo inaudito es que, pese a que los mexicanos sabíamos eso desde que era el candidato republicano, Luis Videgaray y Enrique Peña Nieto apostaron por su triunfo y lo ayudaron a remontar un momento difícil en su campaña al invitarlo a Los Pinos. El mensaje que le regalaron fue potente: Trump lució “presidencial”; hizo que el presidente de la nación a la que más había atacado en sus discursos, a cuyos migrantes había insultado y amenazado una y otra vez, lo recibiera como jefe de Estado y le prodigara caravanas. Y el causante de ese humillante y monumental error fue el entonces secretario de Hacienda y hoy, insólitamente, secretario de Relaciones Exteriores. No, el 31 de agosto no se olvida.

Esa es una de las razones por las que Videgaray debe renunciar a la Cancillería. No se sabe bien por qué apoyó a Donald Trump, pero sí que ha sido su simpatía por ese personaje antimexicano lo que ha inducido a Peña Nieto a responder con suavidad a sus agravios. Varios observadores hemos enumerado las cartas que México puede jugar en la negociación y, aunque el gobierno asumió hace unos días un par de ellas, su respuesta cabe dentro de lo que nuestros vecinos del norte llaman too little too late. Ha prevalecido la estulta idea videgarayiana de que a Trump hay que apapacharlo o, al menos, no hacerlo enojar. El canciller no ha aprendido que diplomacia no es sumisión y que los bullies se vuelven más agresivos cuando perciben debilidad del otro lado de la mesa.

Sobran ejemplos denigrantes. Ante la renuencia a cancelar el viaje presidencial a Washington a pesar de la grosería de la Casa Blanca de recibir con la firma de la orden ejecutiva del muro a la delegación mexicana, a la mañana siguiente Donald Trump desinvitó a Peña en un tuit; tres horas después, cuando Luis Videgaray obtuvo el permiso de Trump, el presidente de México tuiteó la suspensión de su visita. Y ahora nos enteramos de una conversación que parecería de teléfono descompuesto si no fuera porque hay suficientes indicios para atisbar lo qué ocurrió. La primera filtración insinuaba que Donald Trump amenazó a Peña Nieto con invadirnos y le dijo que Estados Unidos no necesita a México (mentira: saben que nos necesitan); la segunda, que le ofreció ayuda militar (y de paso ofendió a nuestras Fuerzas Armadas). A mí no me cabe duda de que todo eso lo filtró Steve Bannon, porque a él y a su jefe les gusta ser percibidos como mad dogs para amedrentar a sus interlocutores. El mismo Trump pidió después a sus compatriotas no preocuparse por esos telefonemas (con el primer ministro de Australia y con el mandatario mexicano) porque es necesario que les hable fuerte a sus homólogos. Y Videgaray confesó a CNN que la transcripción que se filtró estaba cerca de la realidad.

¿Alguien duda que Donald Trump haya dicho en esa llamada, quizá en respuesta a una insinuación de que México podría revisar su cooperación en materia de narcotráfico, que nuestros militares no pueden con los bad hombres y haya deslizado la intimidación de “ayudar” mandando tropas? ¿Alguien se imagina a Enrique Peña Nieto exigiéndole respeto a nuestro Ejército? Yo no. Con todo, parece que cada día le queda más claro al gobierno mexicano que su táctica negociadora -apaciguar al agresor- es muy contraproducente y que urge una estrategia inteligente y firme. Falta ver si Peña Nieto se atreve a despedir a su alter ego. Y es que si bien el llamado a la unidad nacional da oxígeno a la Presidencia, yo no he visto que algún acto de desunión haya perjudicado las negociaciones con Trump y sí, en cambio, veo lo mucho que las daña Luis Videgaray.

PD: Voto blanco. Hay en la Cámara de Diputados una muy buena iniciativa del diputado local jalisciense Pedro Kumamoto, llamada “Sin voto no hay dinero”. La aplaudo. Va en el mismo sentido de la que yo presenté en 2015, la del “Voto Blanco”: ambas atan el subsidio a los partidos políticos al sufragio. En la de Kumamoto las prerrogativas partidistas se calculan con base en la votación y no en el padrón; la mía reduce el dinero para la partidocracia en la medida que aumenta la anulación deliberada del voto. Estoy convencido de que podemos enriquecerlas con otras que ya existen y elaborar un dictamen que logre lo que queremos: empoderar al ciudadano e incentivar a los partidos a acercarse a la sociedad. Si hay suficiente presión social, todos los grupos parlamentarios -hasta el del PRI- podrían verse obligados a aprobarlo.

 

Diputado federal del PRD

@abasave

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