Los vecinos y nosotros

Sara Sefchovich

En un video que hicieron varios reporteros del periódico The New York Times, que cubren la campaña del candidato presidencial estadounidense Donald Trump, recogieron las expresiones de odio que gritan a toda voz sus seguidores en los mítines.

Se llama Voices from Donald Trump's rallies, uncensored y fue hecho por Ashley Parker, Nick Corasaniti y Erica Berenstein.

Las imágenes son impactantes. Ciudadanos comunes y corrientes del país vecino, envueltos en su bandera nacional, gritan su odio a todo y a todos, llevan camisetas con consignas, insultan a diestra y siniestra y se calientan entre sí el ánimo para luego salir al mundo a agredir y a pelear.

La historia se repite. Así sucedía con los cosacos en la Rusia imperial, con los seguidores del nacional socialismo en la Alemania de los años veinte del siglo pasado y con el Ku Klux Klan en Estados Unidos. Las personas que escuchan y repiten el discurso de odio quedan muy alteradas y tienen que sacarlo de algún modo. Más aún si como han mostrado desde Elias Canetti y Gustavo Le Bon hasta Walt Disney, se sienten arropados por el grupo, con una sensación de pertenencia.

En el caso de los seguidores de Trump, el odio va dirigido, lo sabemos, contra los mexicanos. Lo que escuchamos en el video son gritos de “Construyan la muralla y mátenlos a todos”, “Jodan a esos sucios frijoleros”.

También reciben su parte los musulmanes: “Que se joda el Islam”, “El islam no es una religión, es una ideología”. Y la candidata demócrata Hillary Clinton a la que le gritan prostituta y piden que la ejecuten. Hasta al presidente Barack Obama le ha tocado su “Jodan a ese negro”.

No queda títere con cabeza que no sea un blanco, heterosexual, protestante y reaccionario, pues como dicen: “Al carajo con la corrección política”.

Pero si alguien cree que eso sólo sucede en el país vecino, está muy equivocado.

Hace unos meses, escribí aquí en EL UNIVERSAL sobre un problema entre ciudadanos y autoridades, y los comentarios de algunos lectores fueron “Hay que eliminarlos a todos” (no se si quien lo subió se refería a las autoridades o a los vecinos) y “Hay que aventar la bomba atómica y borrón y ciudadanos nuevos”.

Así es como algunos proponen resolver los problemas del país.

Entonces, ¿por qué nos impresionan tanto los trumpistas?

¿Será porque representan (¿diría el señor Freud?) algo que muchos quisieran, que es la posibilidad de agredir, insultar y hasta asesinar a quien no les gusta?

Esta pregunta es pertinente en México, donde son asesinadas personas que no le gustan o le estorban a alguien. No importa si es un ciudadano de a pie que no quiere entregar su dinero y por eso le clavan un cuchillo, o el empleado de una gasolinería que no apoya a un grupo corporativo y por eso lo queman vivo; no importa si es una mujer policía a la que un automovilista arrolla porque se atrevió a detenerle por ir en sentido contrario, o un grupo de maestros que no quieren estar en huelga y por eso son humillados y trasquilados.

Y es que el discurso del odio se puede volver en cualquier momento una realidad de violencia.

¿Cómo parar esto?

Cuando el senador John McCain quería la presidencia de Estados Unidos, una mujer en un mitin de campaña empezó un discurso en el que hablaba del candidato demócrata Barack Obama como “ese musulmán”. McCain la detuvo en seco: “No señora, el senador Obama es un hombre decente” y no le permitió seguir.

Usar un discurso de odio siempre ha sido un método para los que buscan chivos expiatorios en los cuales descargar su furia, porque el mundo no es como ellos creen que debe ser y sobre todo, porque no les da lo que ellos creen merecer.

Individuos como Trump lo fomentan, pero pueden hacerlo porque allí están los dispuestos a usarlo. Muchos ni siquiera necesitan ir a un mitin para gritar su odio, lo hacen desde sus celulares. Allá y aquí también.

Escritora e investigadora en la UNAM.

[email protected]
www.sarasefchovich.com

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