Extrañando el grito

Sara Sefchovich

El 29 de agosto de 1954, Antonio Garza Ruiz publicó en la Revista de la Semana de EL UNIVERSAL, un artículo en el que contaba cómo se había celebrado el Grito de la Independencia desde el centenario hasta mediados del siglo XX.

Según su relato, la fecha original del levantamiento de Hidalgo se adelantó un día para hacerla coincidir con el cumpleaños de Don Porfirio y así llevar a cabo “la más suntuosa ceremonia que haya registrado nuestra historia de pueblo libre”, con multitudes expectantes que le aplaudieron al Presidente cuando salió al balcón central y le gritaron vivas cuando tocó la histórica campana de Dolores —traída especialmente para la ocasión— pues le recordaba al pueblo “la hora augusta de su libertad”.

Contaba también que posteriormente se efectuó una cena-baile para cientos de invitados, en el patio central de Palacio Nacional, al que se mandó cubrir con un hermoso emplomado especialmente mandado a hacer para la ocasión. Y relataba que hubo baile en el Zócalo y en las calles de la ciudad, profusamente iluminadas y llenas de gente y que la alegría se prolongó durante toda la noche, con las luces de bengala, las campanas al vuelo en todas las iglesias, la música.

Después de la Revolución, la tradición continuó. Todos los presidentes dieron el grito, aunque no necesariamente de noche, pues cuenta Garza que en tiempos de Carranza, “se servía un lunch-champagne”, que era un buffet frío durante el cual departían el gabinete y el cuerpo diplomático.

Cárdenas le quitó el lujo y derroche y además inició la costumbre de, al menos una vez durante su mandato, “dar el grito” en la ciudad de Dolores, cuna de la gesta independentista.

Después de él, volvieron las recepciones para diplomáticos e invitados especiales, además de la fiesta popular en el Zócalo, que se hizo aún en momentos difíciles como al año siguiente de la represión del 2 de octubre del 68.

Esto empezó a cambiar con el siglo XXI. Aunque a simple vista la ceremonia parecía igual, ya no lo era. El mandatario y su familia seguían saliendo al balcón, pero dejó de haber recepciones y, aduciendo razones de seguridad, se impidió a los ciudadanos acercarse a la calle sobre la que da el balcón presidencial, se pusieron vallas y soldados y se controló la entrada al Zócalo.

Para los festejos del bicentenario, esto llegó tan lejos, que las autoridades de plano solicitaron a los ciudadanos no acudir y mejor verlos por la televisión, “en la comodidad de tu casa”.

El cuarto grito del presidente Peña Nieto es uno de los más deslucidos que hemos visto. No sólo por las caras del mandatario y de quienes estaban acompañándolo, sino porque ya no hay fiesta popular. Eso que hay, quién sabe qué es, pues cuál fiesta popular sin puestos de fritangas, sin sombreros ni cornetas ni huevos de harina, sin niños ni abuelitas y con un público que no levantaba el ánimo ni de milagro con la música dizque mexicana que pusieron.

En los últimos años, se han destruido ceremonias cívicas que tenían un importante simbolismo para los mexicanos, como el informe anual del Presidente y el grito que conmemora la Independencia.

O mejor dicho: sólo se le han impedido al jefe del Ejecutivo, porque desde gobernadores hasta presidentes municipales de cualquier rincón del territorio nacional, así como las embajadas y consulados, los siguen haciendo.

Me parece un error. Porque como han dicho los estudiosos, para que algo conserve su carácter de sagrado, debe respetarse el rito que lo acompaña.

Y en México, nos estamos quedando solamente con los festejos religiosos y con los que arman los medios. El 12 de diciembre y Juan Gabriel pesan hoy más en el imaginario ciudadano que el cura Hidalgo. Porque mientras esos se llevan a cabo sin límite alguno, a los que tienen que ver con la nación, les mochamos las alas. Tanto, que las nuevas generaciones no será la Patria lo que van a venerar.

Escritora e investigadora en la UNAM.
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