El que en México tengamos como cúspide del sistema educativo nacional una red de universidades públicas, con presencia en todas las entidades federativas, es algo de lo que hay que enorgullecerse (todas ellas agrupadas en la ANUIES junto con universidades privadas que son igualmente necesarias y de enorme importancia para el país). Pero sobre todo es un logro al que debemos prestar especial atención para impulsarlo, consolidarlo y aprovecharlo como la plataforma desde donde proseguir construyendo y avanzando, por los caminos de la creación, la transmisión y la divulgación de los conocimientos, junto con la investigación científica y la extensión de la cultura, en la consecución de la transformación de nuestro país en uno donde la juventud tenga opciones efectivas de realizar sus proyectos personales y profesionales.

Esta red de universidades públicas, construidas y sostenidas en gran medida gracias a los impuestos que la ciudadanía mexicana paga al Estado, ofrece también una excelente herramienta con la cual se puede servir a la nación en el diseño, producción e implementación de soluciones a las diversas problemáticas que enfrentamos y enfrentaremos en el futuro. Desde otra perspectiva, esta red es un conjunto de bienes materiales e intangibles que son el fruto de un derecho inalienable, así como una de las muestras más dignas de la voluntad del Estado por responder a las demandas y necesidades sociales.

Los orígenes de esta valiosísima red los encontramos en el trabajo, los sueños y la visión de ilustres pensadores, educadores y servidores públicos como Justo Sierra, José Vasconcelos, Antonio Caso y Gabino Barreda, entre otros, a quienes hay que honrar y seguir como ejemplos cada día, particularmente aquellos interesados en continuar su tarea educadora, progresista y de fomento del desarrollo cultural de México.

La universidad pública vive y evoluciona gracias a sus estudiantes, docentes y trabajadores que, muchas veces, poniendo lo mejor de sí requieren también de hacer un esfuerzo de solidaridad y altruismo digno de mención pues, no podemos ignorar que en México, la profesión docente no es siempre la mejor retribuida e, incluso, es por muchos subvaluada.

En nuestro país es tan importante el papel de la universidad pública, incluso antecediendo y dando existencia a la Secretaría de Educación Pública misma, que decir que ocupa un sitial privilegiado en la historia, así como que su existencia es esencial y trascendental en el devenir nacional, no es ninguna exageración: El México moderno no se puede entender sin ella.

La tarea está puesta en fortalecer esta red de universidades, en articularla, expandirla y mejorarla desde dentro y hacia afuera dotándola de las herramientas académicas, políticas y materiales para que cada una de sus partes —y en conjunto— logre realizar sus tareas en ambientes propicios, con la calidad necesaria y en la cantidad suficiente.

Motor del desarrollo nacional, la universidad pública mexicana debe refrendar día con día su compromiso social y cumplir con la misión que se le ha encomendado: ofrecer a sus estudiantes la oportunidad de desarrollarse y prepararse de tal modo que puedan hacer frente y solventar los retos que tendrán en el futuro, por medio de una educación de calidad, actualizada, pertinente, sólida y adecuada a las distintas necesidades y contextos que coexisten en el territorio nacional.

Debemos sentirnos orgullosos de este bien, cuidarlo y mejorarlo desde su infraestructura hasta los productos académicos que genera. Seguir impulsando la conformación y consolidación de esta red de instituciones de educación superior es un proyecto que, sin duda, vale la inversión de nuestros mejores esfuerzos.

Directora de la Facultad de Ciencias de la Universidad Nacional Autónoma de México

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