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La noticia se repite. Quien concluye el encargo de gobernador es acusado por la comisión de delitos patrimoniales. Los montos son inmensos. La indignación crece. Se piden castigos ejemplares. Se lamenta la voracidad del sujeto. Se promete llegar hasta las últimas consecuencias. Se anuncian medidas para que lo malo no vuelva a ocurrir. A veces, se abren procesos. Resultan algunas sanciones e inhabilitaciones. Los dineros perdidos no se recuperan. El ciclo sexenal termina. Dentro de seis años empezará otro semejante. Las condiciones variarán. Las cantidades serán mayores. Los cambios serán de nombre. El sinvergüenza será individual. Uno será cargado con todos los males. A él se le atribuirá la planeación, la ejecución, la realización de todo. Sólo él será responsable. Todos los demás, burócratas, políticos, financieros, abogados, notarios, juzgadores, prestanombres, periodistas, familiares, contratistas, lobistas, empresarios, amigos, serán evitados. Todos los que vivieron del corrupto, todos los que con él participaron, serán omitidos. Al gobernador se le dio muchísimo poder. Se le permitieron excesos. Se le glorificó. Quienes lo acompañaron, son ahora ricos, tal vez hasta respetables. A ellos no hay que tocarlos. Todos fueron víctimas de un perverso que los engañó o los forzó. Si él va a la cárcel, merecido lo tenía. Los demás no pueden hacerlo. Se romperían formas muy acendradas de convivencia social. Pagarían justos por pecador. Para evitarlo y como en el Levítico (16), el ex gobernador será constituido como chivo expiatorio de todos quienes con él actuaron y de él se beneficiaron. Sobre ese macho cabrío se depositarán los pecados de todos. Se le arrojará a tierra estéril para expiarlos a todos. Todo habrá quedado redimido. El nuevo ciclo podrá comenzar.
El ciclo descrito es sexenal. Tiene formas y ritmos conocidos. ¿Qué hacer durante su transcurso? ¿Es preciso esperar a su conclusión para entenderlo y frenarlo? ¿Las prevenciones y correcciones están prohibidas? ¿Las sanciones deben darse sólo ante lo consumado? El mantenimiento reiterado de las cosas demuestra o que la imaginación institucional es pobre, o que el modelo, más allá de su debilidad moral, es benéfico y sigue siendo deseable. En el primer caso, el remedio está a la mano. Pensar, diseñar, capacitar y ejecutar lo necesario para impedir que el patrimonio público sea asumido como privado. No cabe repetir viejas recetas. En los periodos cuestionados hubo auditorías, cuentas públicas, debates parlamentarios, procuradurías y jueces actuantes. Suponer que con más de lo mismo se obtendrán resultados distintos, es apostar a lo que no sucederá. Si los problemas son institucionales, será con mejores y completos diseños como saldremos de ellos. Si los problemas provienen de la intencionada voluntad de mantenerlos, el trabajo institucional es necesario pero no suficiente.
¿Qué hacer frente a una sociedad o una parte de ella que ha patrimonializado para sí la cosa pública? Que aplaude el mantenimiento de deficientes controles sobre los actuares públicos y privados. Que acepta la omnipotencia del gobernante individual y temporal a sabiendas de que al caer sólo él será vituperado como el gran ladrón, el principio y el fin de todos los males. Si así están las cosas, la moral social está muy comprometida. De ello no se deriva la necesidad de un nuevo y peligroso sueño de la razón, sino la necesidad de construir soluciones capaces de contender con los aprovechamientos que de lo público se están llevando a cabo tanto por funcionarios como por sujetos privados. En esto no hay ingenuidad. Si miramos a la distancia, la lucha política y social ha tenido mucho que ver con el modo de detener a unos para que no dañen a otros. El chivo expiatorio es una hermosa figura de expiación colectiva. Sin embargo, en tiempos desacralizados no puede funcionar como remedio a nuestros muy terrenales males.
Miembro de El Colegio Nacional.
Ministro de la Suprema Corte de Justicia.
@JRCossio
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