Un traductor de Cervantes

Javier García-Galiano

A pesar de que Shakespeare también reveló que estamos hechos de la misma materia que los sueños, la historia del sueño parece incierta e indescifrable. En el poema de Gilgamesh es más que un anuncio y determina la epopeya y el destino de aquellos que la habitan, en la Ilíada, Aquiles sostiene que “también el sueño procede de Zeus” y que sólo los adivinos pueden interpretarlo, y en la Biblia está escrito que es una de las formas de Dios para hablar con los hombres. Sin embargo, Goethe creía que “el mundo de los sueños no es sino una urna de lotería en que se encuentran confundidos innumerables boletos en blanco y premios sin valor. Uno mismo se convierte en sueño y en boleto en blanco cuando se ocupa seriamente de esos fantasmas”, y el doctor Freud de Viena comprendió que se podía comerciar con ellos.

Para Herder “el ideal de los cuentos y de todas las novelas” es el sueño. En un artículo acerca de esos cuentos populares de hadas conocidos en alemán como Märchen, escribió que “lo mismo que en el sueño, descubrimos en esos cuentos nuestro doble yo: el que sueña y el que contempla al sueño, el narrador y el oyente... Esta poesía involuntaria y autónoma de los cuentos y de los sueños es un maravilloso poder otorgado al hombre, un reino desconocido, y, sin embargo, brotado de nosotros, en el cual pasamos años, a menudo toda una existencia, viviendo, soñando, vagando. Y en este reino es donde nos juzgamos a nosotros mismos con mayor perspicacia. El mundo de los sueños nos acerca a nosotros mismos las indicaciones más serias. Así, pues, todo Märchen debe tener el poder mágico, pero también la influencia moral del sueño”.

También Ludwig Tieck estaba obsesionado con el sueño. Creía que “habría que saber hasta qué punto nos pertenecen nuestros sueños” y que “hay sueños de tipos muy diferentes. Muchos de ellos son luminosos y rozan casi las fronteras de la revelación, pero los hay también que provienen sin duda de un malestar del estómago o de otros trastornos fisiológicos. Porque la extraña mezcla de materia y espíritu, de bestia y de ángel que nos compone, puede permitir en cada una de nuestras funciones tantos matices, que es imposible hacer ninguna afirmación general en ese terreno”.

En El alma romántica y el sueño, Albert Béguin refiere que Tieck soñaba poco, pero que algunos sueños reiterados le producían angustia y sostenía que “mientras una experiencia onírica cargada de angustias y una impecable perspicacia psicológica le enseñaban las relaciones entre los sueños y los bajos fondos del alma, otra experiencia, la de su inestable noción de lo real, le hacía amar la dulce luz y el arrullo de los ambientes de los sueños. La verdadera magia salvadora, ante semejante divorcio interior, no puede encontrarse en una síntesis teórica: es en la poesía, sobre todo en los Märchen, donde Tieck llegará, por breves instantes, al acto que libera y exorciza”. Para Béguin, los Märchen de Tieck, como El blondo Eckbert, Los amigos, Runnenberg, Tannhäuser, “tienen la maravillosa ligereza del sueño, los alumbra la claridad de los verdaderos cuentos de hadas, pero las impresiones de indecible horror que poblaban las noches del autor, las imágenes en que se traicionan las inclinaciones criminales, entretejen sus sombras en esa etérea urdimbre”.

Es sabido que en un lugar de la Mancha, el hidalgo Quijada o Quesada, “aunque por conjeturas verosímiles se deja entender que se llamaba Quijana”, no leía cuentos de hadas, pero creía en las entelequias que producían los libros de caballerías, entonces populares, hasta terminar por vivir su propia entelequia con el nombre de don Quijote de la Mancha. En un poema, Borges advierte que don Quijote es un sueño del hidalgo que es un sueño de Miguel de Cervantes...

Entre los libros que Ludwig Tieck leyó cuando todavía era el equivalente a un bachiller y traducía la Odisea, se hallaba Don Quijote en la versión abreviada de Bertuch. “Todavía no dominaba el español”, sostiene Marianne O. de Bopp, pero ya era reconocido por sus Märchen, cuando, entre 1798 y 1801, emprendió la traducción de ese libro inagotable que se conoce coloquialmente como “El Quijote”, “pero por su talento innato de traductor, fiel al sentido, al tono y al ambiente, su seguridad genial y sublime gracia del idioma, logró una obra maestra de la literatura de traducciones al alemán, que tanto debe al romanticismo”.

Esa fue la traducción que leyó Thomas Mann y se trata sólo de un episodio de las infinitas derivaciones del Quijote en la cultura alemana. ¨Libre de todas la enfermedades infecciosas de la época”, según lo confesaba, “llámense restauración, filantropía y Pestalozzi, kantismo, fichteanismo o filosofía de la naturaleza”, con su hija Dorotea, Tieck colaboró asimismo con el conde Baudissin para terminar la traducción de Shakespeare concebida por Schlegel; quizá comprendía que los sueños propios no siempre son suficientes y que hay que alimentarlos de otros sueños, aunque sean artificiales.

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