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Un ataque a las familias homoparentales

Hernán Gómez Bruera

La diversidad sexual en esta película es mostrada como un cáncer social que es necesario extirpar de nuestra sociedad

Circula desde hace algunos días en salas cinematográficas una película tóxica en la que se ataca a las familias homoparentales, a las que se hace sujeto de burla y humillación, y donde se despliegan de forma burda todos los prejuicios en los que suele basarse la discriminación a las personas homosexuales.

Para atacar la adopción por parte de parejas del mismo sexo –que para la fe presuntamente cristiana del director y productor contraviene “los principios que Dios estableció con su palabra” y el “único modelo válido de familia”– se construye una caricatura llena de estigmas e ignorancia, de mal gusto y de un humor rupestre.

Los gays que aparecen en esta cinta son mostrados como personajes decadentes y perversos, alcohólicos y drogadictos, seres que no piensan en otra cosa que en el sexo, egoístas, irremediablemente promiscuos, emocionalmente desequilibrados e incapaces de formar una pareja amorosa o de comportarse en espacios públicos. En síntesis, seres despreciables a los que nadie debería confiar la educación de un menor de edad.

La diversidad sexual en esta película es mostrada como un cáncer social que es necesario extirpar de nuestra sociedad. Los gays no pueden estar en contacto con menores de edad porque los corromperán irremediablemente, les heredarán su patología intrínseca y abusarán de los niños, sugiere en la cinta.

Todos esos mensajes, valga decir, carecen de cualquier evidencia empírica. De hecho, hasta dos terceras partes de los casos en que un varón menor de edad ha sido abusado sexualmente, el perpetrador fue un hombre que sostenía una relación heterosexual, como lo señaló en este mismo espacio Alexandra Haas, presidenta del Conapred.

La intención del realizador de este largometraje –que de no haber contado con el generoso financiamiento de grupos religiosos para hacerse publicidad tal vez hubiera pasado completamente desapercibida– es muy clara: Se trata de ridiculizar, humillar y degradar a un grupo social. Algo que constituye un mensaje discriminatorio, con tintes de un discurso de odio, orientado en última instancia a excluir a un grupo social del derecho a formar una familia.

Difícilmente este tipo de discursos emitidos en una “obra” de ficción podrían erradicarse desde el terreno de la sanción. Aunque en casos extremos en los que se promueven discursos discriminatorios de odio la censura puede ser justificable, como lo ha establecido la SCJN, en México no existe una regulación que defina lo que constituye el llamado odium dicta.

No es fácil establecer los límites entre el derecho a la libertad de expresión y el derecho a la no discriminación cuando se promueven discursos de odio en contra de un grupo social.

Cada sociedad establece estos límites y dibuja las fronteras de lo que constituye un discurso de odio. Estados Unidos ha mostrado una tolerancia excesiva al llamado hate speech, al anteponer casi siempre la libertad de expresión como un derecho absoluto.

Distinto es lo que ha ocurrido en países europeos, como el Reino Unido, donde en temas de raza, religión y orientación sexual los límites están muy claros y se ha sancionado, por ejemplo, la distribución de panfletos racistas. La propia Corte Europea de Derechos Humanos ha determinado que negar el holocausto constituye una difamación y una incitación al odio contra de las personas judías.

En México, sin embargo, falta un estándar mínimo sobre qué tipo de mensajes de odio resultan inadmisibles y dónde comienza lo intolerable. Necesitamos un consenso social que permita establecer esos estándares. La tarea va mucho más allá del gobierno. El sector privado y los propios medios de comunicación pueden contribuir a ello a través de la autorregulación como lo hizo Cinépolis al optar por no transmitir esta cinta en sus salas. Sensata decisión que debe celebrarse.

Analista político

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