Medallas para Gonzalo Rivas Cámara

Guillermo Sheridan

En México el heroísmo surge espontáneamente ante la tragedia colectiva, como en los sismos de 1985, cuando tantos postaron que salvar la vida de otros 'ameritaba' la propia vida. Como la solidaridad, el heroísmo entre nosotros sólo parece suceder en el infortunio

En su despedida de la vida, en su última columna periodística, el escritor Luis González de Alba lamentó que aún no se le concediera a Gonzalo Rivas Cámara la medalla “Belisario Domínguez”. Concedérsela de manera póstuma, claro está, pues ese hombre inaudito sacrificó su vida apagando el incendio en una gasolinera que, de haber estallado, habría causado la muerte de decenas de personas.

El incendio de aquel 12 de diciembre de 2011 en Chilpancingo fue provocado por un normalista de Ayotzinapa que “prendió fuego a una bomba despachadora de combustible”, según informa el diario La Jornada del día 13 (en línea). Lo hace bajo el encabezado “Represión en Guerrero”, pues dos normalistas murieron ese día al enfrentar —por orden de sus siempre seguros y “semiclandestinos” mandos— a la policía que procuraba desbloquear la autopista que habían cerrado. Otro testimonio interesante es el que da otro empleado de la gasolinera, Alejandro Montealegre Borja (en línea).

Gonzalo Rivas Cámara tenía esposa y dos hijas, había cumplido 48 años, no trabajaba en la gasolinera sino que, ingeniero en sistemas, acudía cada tanto a ella para revisar el que, entre otras cosas, controla la seguridad en las bombas despachadoras. Había 100 mil litros de gasolina en los tanques subterráneos. Agonizó durante 19 días.

Más allá del uso de los cadáveres en el tianguis sórdido de la política (además las partes involucradas ese día ya se deslindaron y se culparon mutuamente), me pregunto qué hacer con Gonzalo Rivas Cámara, protagonista de un drama ajeno. Un protagonista circunstancial, menor, pero sin cuyo heroísmo el drama habría sido una tragedia que, pues como el cálculo anulaba la excusa del accidente, habría sido imposible no asumir como masacre.

En México, como en todas partes, el héroe es objeto de una fascinación tan comprensible como inescrutables son sus motivos: alguien que no duda, en una circunstancia extrema, en arriesgar la propia vida por amor impersonal a la vida de otros. Unos otros que —en la imaginación del héroe— son una extensión de él mismo. Llámese compasión, consiliencia o solidaridad, el héroe se mira en los otros y, ante el riesgo del propio sacrificio, no duda en salvarse salvando.

Rara cosa. En México el heroísmo surge espontáneamente ante la tragedia colectiva, como en los sismos de 1985, cuando tantos apostaron que salvar la vida de otros ameritaba la propia vida. Como la solidaridad, el heroísmo entre nosotros sólo parece suceder en el infortunio. Es curioso que en una sociedad tan sacrificial y tan dada a la violencia haya héroes, y tantos. Y que nuestro “único héroe a la altura del arte” (según López Velarde) sea Cuauhtémoc, no por su dignidad en la derrota y la tortura, sino por su abandono y su soledad.

En su tesón porque se reconociese a Gonzalo Rivas Cámara con esa medalla —que está muy por encima del poco heroísmo legislativo y que ya infamó Fidel Velázquez, héroe autovomitivo—, Luis González de Alba parecía atareado con una reivindicación allende el mero civismo o una justicia ya manchada de política. Quería, quizás, respeto a un heroísmo anómalo, milagroso, aquel que no puede ser medido ni con el laudable desprendimiento o el instantáneo desinterés.

Gonzalo Miguel Rivas Cámara no se detuvo a calcular riesgos ni a sopesar alternativas. Erradicó su instinto de supervivencia y puso en su sitio un impulso moral que, en un instante de insondable lucidez, lo llevó a hacer una transacción de vida con la muerte: la muerte suya por la vida de sus prójimos.

En un país en el que todo es tranza e interés, utilitarismo y ganancia, lo que hizo Gonzalo Rivas Cámara, además de un acto de heroísmo, incluye la incomodidad de recordarnos a quienes celebramos a los héroes, con nuestra tendencia a la seguridad, la elección de esa forma superior de la libertad que es el desinterés (en su acepción como “desprendimiento de provecho personal”). González de Alba demandó durante meses, como rúbrica de su columna, que se le otorgase esa medalla. Quizás era su manera de exaltar al desinterés, virtud de la que él tampoco carecía.

“Todos somos Gonzalo”, alardearon las redes sociales durante unos días. Falso. Son muy pocos.

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