Monsiváis: murmullos del más allá

Guillermo Sheridan

Leo Aproximaciones y reintegros, la recopilación de ensayos literarios de Carlos Monsiváis que recogió Carlos Mapes para Trilce Ediciones en 2012. Desaliñados y verbosos en general, los hay inteligentes, como los dedicados a Cuesta y a Rulfo. Los más ricos son sobre Novo y Pitol: balance de malicia y seso. Abundan los Yáñez, Magdaleno, Siqueiros, Mancisidor: fantasmas deslavados de la Gran Gorda Revolución Mexicana, soprano estruendosa de la ópera de Monsiváis. Y sin embargo, en su crítica del “pensamiento” patrio hay párrafos frescos para estos días de comisarios que escupen anatemas mientras pesan, en sus balanzas a modo, la moralidad de la escritura. (En México hasta la nostalgia es avant-garde.) Reproduzco algunos:

—El ‘intelectual’ es, simultáneamente, un fraude y una corrupción, y las comillas no aluden a la eficacia dudosa ni a la irresponsabilidad demostrada, sino a la sospecha de que tanta pedantería, tanto ‘alejamiento de la gente’ es señal del desprecio de los inútiles a los seres honrados y productivos.

—El antiintelectualismo es siempre una depuración que, a nombre de la sinceridad, exalta la ignorancia.

—Según la clase política, el intelectual no es un aliado del pueblo, sino un ser mezquino que no toma en cuenta los beneficios culturales de la Revolución Mexicana. Se le da la oportunidad de existir y responde con diatribas.

—Para la izquierda el intelectual o renuncia a su autonomía y absorbe las consignas cambiantes, o se convierte en enemigo del pueblo. La lealtad a las causas debía incluir la entrega de la razón.

—Al negar la posibilidad de una crítica independiente, el sectarismo de izquierda niega de paso la posibilidad de la crítica. El populismo de las izquierdas se aprovisiona de prejuicios. En ese orden de cosas, el intelectual es el enemigo. Esto se remonta a organismos como la LEAR (Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios), que fue antiintelectual y, también, muy generosa en su lucha contra el nazifascismo y el franquismo pero al mismo tiempo fue estalinista y cultivadora de la intransigencia.

—“¿De qué le sirven las humanidades a un país que carece de lo indispensable?” Este razonamiento insostenible se encumbra, apoyado en los fracasos de la mayoría, mientras el intelectual alimenta una teoría general del incumplimiento: “No estuve a la altura de mi promesa porque se conspiró en mi contra, porque la vida me negó las oportunidades, porque los círculos cerrados me despreciaron”.

—La crítica contra el sistema no se concreta, no se cuestionan las opresiones desatadas por la clase en el poder. En cambio, brotan la autocompasión, el chantaje sentimental, el odio a lo desconocido (en este caso, la cultura)

—El intelectual también ha sido el demagogo. El estalinismo fomenta la docilidad y cesión del espíritu crítico. Ubicados de modo precario en el poder, los intelectuales de la
década de los treintas suelen autoglorificarse como diseñadores de al conducta ajena y redentores del pueblo. A su verbosidad le agregan espíritu inquisitorial. Se erigen en jueces del revolucionarismo y pontifican sobre la vida privada.

—En el ánimo popular se mezclan las imágenes del intelectual y el bohemio. En los años del cardenismo se auspicia esta irrisión que, en su peor momento, se transforma en la hostilidad de los intelectuales mexicanos hacia Trotski, en ese linchamiento moral y físico ordenado por el estalinismo.

—En México prosigue la construcción de la industria académica, el estructuralismo literario, la diversificación de lecturas (tal y como se desprende del examen de epígrafes y citas, la versión prestigiosa de la mercadotecnia).

—No hay más ruta que la nuestra. El lema de Siqueiros anuncia la decisión generalizada. No hay más ruta que la expresión grandilocuente, epopéyica, trágica, dolorosa. No hay situaciones concretas, hay procesos míticos. Casi no hay personas porque todos son o quieren ser símbolos: Quetzalcóatl y Malinche y Cortés y Cuauhtémoc y Santa Anna y Porfirio Díaz y Zapata y Calles integran un reparto ideal, con papeles fijos.

—Lo que algunos llaman “injusticia histórica” o “campaña de silencio” en el caso de los estridentistas no es sino la imposibilidad de entender la inmensa mayoría de sus versos fuera de la historia literaria…

(Andaré de viaje. Nos vemos pronto.)

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