Democratizando el gentilicio

Guillermo Sheridan

Deberá prevalecer “chilango”. Ni modo... La combinación de la tajante sílaba “chi” seguida por la larga sílaba “lang ” es un homófono travesti de “la chingada”.

El gentilicio de los habitantes de la capital es un problema típicamente mexicano, es decir, que nunca tendrá una solución satisfactoria pero sí montones de soluciones reformables, transitorias, derogables y anexas. Andar cambiando de nombre a estas alturas del caos es como cambiarse de uniforme a la mitad de un partido que vamos perdiendo: es vistoso, pero inútil y, sobre todo, desconcertante (y no para los adversarios).

“El nombre es arquetipo de la cosa”, como afirma el bonaerense que afirmó el griego en el Cratilo. En tanto que “la cosa” —la Ciudad de México y sus habitantes— es de tal manera amorfa y deforme, su resistencia a ser nombrada es comprensible: no se trata tanto de nombrar a una ciudad y a sus habitantes como de contener una pesadilla y a sus efectos secundarios. Ante este ornitorrinco de ciudad, sin embargo, la consulta popular hará de todo capitalino un biólogo ocurrente.

El oficial “mexiqueño” me parece insoportable. Primero, porque es oficial; segundo, porque si decirlo en voz alta matraquea las mandíbulas, leerlo raja los ojos. Es atroz la vecindad de la equis y la eñe, las dos letras más anómalas del abecedario. “Mexiqueño” es rasposo, es como romper cartón o tallar gises; también suena violento, como apodo de narco matarife. Nuestro gentilicio no puede sonar más a guiso que a ser humano.

Que Miguel Mancera ya hable de convocar a la ciudadanía a democratizar el gentilicio, por medio de una consulta, pronostica un terror justificado. Si las fuerzas vivas reciben consigna esto va a acabar en Tenochtitlán con sus tenochcas o Anahuac con sus anahuaquenses (o “anahuacates”, como propuso Paco Calderón). Y no se hable del riesgo de anhelar nuevamente ser “aztecas” y de perpetuar aun más la idea de que un imperio cesaropapista bañado en sangre es muy viril. (Huitzilopochtliteco no ha surgido, hasta ahora.) Otro riesgo: interviene la iglesia, nos asestan Tepeyac y acabamos de tepeyacos. Y otro si ganan los ricachones: le ponen Viena a la ciudad y a nosotros vienesenses.

Por su parte, el nunca suficientemente ponderado ingenio popular —que, como siempre, ha estado a la altura del desmadre— ya ha sacado del sucio océano capitalino algunos pescaditos gentilicios. Hay de todo: quienes del acrónimo CDMX derivan “cedemequiteños” o “cedemejanos” y hasta un hiperrealista “suicidamejicanos”. No han faltado tampoco los que traen la definición incluida, como “traficalinos”, “sinagüenses”, “suspendejos”, “vienevieneteco” o el simbiótico “haytamalesuajaqueñenses”.

Deberá prevalecer “chilango”. Ni modo. No es una palabra agradable. La combinación de la tajante sílaba “chi” seguida por la larga sílaba “lang” es un homófono travesti de “la chingada”. Su mérito sería, acaso, que rima con algunos descriptores realistas-socialistas de la gran urbe, como fango, guango y rango, pero de ahí no pasa. (Y chilanga es peor: ganga y fritanga.)

El mérito de chilango es otro. Hace tiempo, en un artículo titulado “Chilango como gentilicio” (búsquese en la Internet), Gabriel Zaid enfrentó el asunto con su habitual síntesis de erudición y sentido común. Cuenta que, en su Diccionario de mejicanismos, Francisco Santamaría propuso que chilango deriva de xilaan, voz maya que significa “pelo revuelto y encrespado”. Alguien en Veracruz que sabía maya lo escribió por vez primera en 1957 para nombrar “al pelado de México” (la capital). Esta y otras acepciones similares, dizque denigrantes, sulfuran a los susceptibles: no entienden que el toque despectivo arraiga en el rencor geopolítico tradicional que ve a “las capitales como centro del mal”.

En resumen, Zaid cree que chilango es “la palabra normal para llamar a los habitantes de la ciudad de México” y que es “una buena solución para un viejo problema”. Esto lo escribió, que conste, en 1999. Le daba la razón a la Academia por autorizar “chilango”, aunque deploraba que no hubiese advertido que su uso aún no era generalizado. Fue una “omisión profética”, escribe Zaid, “porque cada vez hay más chilangos contentos de tener, por fin, cómo llamarse”.

Yo estoy de acuerdo. Y más en 2016.

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