Adiós año viejo (con madrecita y bohemio)

Guillermo Sheridan

Solicito conmiseración: el oprobioso fin de año, sobrecargado de emociones revolventes, y el hecho de hallarme en un viaje inevitable, me impiden llenar esta página con material novedoso. Como además los fines de año siempre son iguales, me permito reciclar un comentario alusivo que publiqué hace tiempo, con la esperanza de que adquiera ojos novatos.

Cerrar años acicateó a algunos poetas que, como todo mundo en estos días, no son remisos a ponerse sentimentales y ceremoniosos. Entre mexicanos, el poema obligado de fin de año se llama “El brindis del bohemio”. (Para continuar la lectura de esta columna ecoica, conviene guglearlo y leerlo, aunque sea un poquito.) Escrito por el ya inolvidado vate Guillermo Aguirre Fierro (1887-1949), es el poema más popular en México junto al chicloso “Nocturno a Rosario“” de Manuel Acuña. Gabriel Zaid ha lamentado el anacronismo de “El brindis del bohemio“”, pero celebrado su “limpieza prosódica”. Por su parte, Salvador Elizondo —a quien le encantaba recitarlo con su voz de ornitorrinco— señaló que pertenece a la rara categoría del “poema práctico”, toda vez que incluye desde un manual del perfecto cantinero hasta una útil guía para el aspirante a Edipo.

Es curioso que en los dos poemas más “recitados” del repertorio mexicano pese tan voluminosamente la figura de la afectuosa cuanto mentada madrecita mexicana. No lo es menos que ambos sean “apasionadamente ‘incestuosos’”, como observa Zaid. Si en su poema, el saltillense Manuel Acuña —haciendo gala de una imaginación tortuosa y cierta carencia de higiene— acomoda, sienta o, francamente, acuesta a su señora madre entre él y su amada, en el suyo, el potosino Aguirre Fierro exhibe los fervores de su Edipo por interpósito bohemio.

“El brindis” tiene escenario, personajes y argumento: en una cantina, durante una formidable guarapeta de fin de año (que en idioma bohemio se dice “libación de requiescat”), seis bohemios brindan respectivamente por la esperanza, por Europa, por el pasado, por las putas (que en bohemio se llaman “cortesanas que el fango del placer llena de rosas”), por el onanismo (que en bohemio se dice “manos que causan embelesos”), por las señoritas de cuerpos turgentes, por las flores y, ya ahogados en oporto, hasta por la Patria.

Y es ahí donde el bohemio interpósito echa a perder la borrachera, pues en un arrebato de sinceridad causada por la ingesta de “ron, whisky o ajenjo”, en lugar de seguir celebrando a las damas que “brindan sus hechizos”, este cuate decide brindar “¡Por mi madre, bohemios!”

Esto, que en lenguaje especializado se llama “el enfriador”, lleva a los demás bohemios a cortar de tajo su reventón y a sumergirse en una depresión instantánea.

El bohemio impertinente convoca a su difunta madrecita, la revive con alcohol culpígeno y se la presenta a sus amigos. Se trata de una dama que también aporta embeleso, pero del “santo”; también besa, pero sin epectativa pecunaria; no mete al bohemio a la cama urente, sino a la cuna pueril; pone cabezas sobre su corpiño, pero no para gusto de Eros sino para “llorar de alegría”. En resumen, la mamá fantasma aporta bastante cariño, pero del “exquisito, profundo y verdadero”.

Por si fuera poco, la señora le da de comer a su hijito “en pedazos, uno por uno, el corazón entero”. La imagen, sinceramente antropofágica, es terrorífica, a tal grado que es ahí cuando entendemos por qué el señor se hizo bohemio, por qué tiene “la melena alborotada” y por qué en las mañanas seguro brinda con bastante rivotril.

Porque todo parece indicar que nuestro bohemio —como disponen los usos y costumbres nacionales— trató a patadas a su señora madre, razón por la que, a pesar de ya estar en el cielo, aún “sufre y llora” por su hijito. Su plan (el de la señora) consiste, pues, en que el bohemio se meta una sobredosis de ajenjo y se muera pronto para que “vuelva muy pronto a estar con ella” y, supongo, poder reclamarle sus crímenes. Qué barbaridad.

Habrá que suponer que el tal bohemio habrá logrado efectivamente dejar de vivir. Lo que no ha dejado es de brindar. Igual lo perdonó su mamita y ahora hacen pareja cuando juegan dominó en el cielo con Manuel Acuña y la nocturna Rosario. ¿Puede haber peor castigo?

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