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Cuando el más mesurado testimonio me dice que la desolación y la desconfianza se despliegan en el horizonte político, es decir en el futuro de la casa de todos, tengo la tentación de agregar: “siempre seremos humillados.” Así lo escribí en las primeras páginas de un libro hace ya varios años; y hoy que encuentro ese garabato nuevamente, al azar, sonrío como un cadáver que se percata de la frialdad de sus huesos: “Siempre seremos humillados.” Almas muertas, roedores tomados de la cola por un cíclope que nos observa, ya no con curiosidad, sino con asco. Es una visión aterradora y fatalista, se me dirá, más propia de la literatura que del sopesar consciente y mesurado de las cosas. Sin embargo, me niego a que se escatime mi dolor hacia lo público tachándolo de lamento individual, excepcional y aislado. Acerca del político no tengo nada más que agregar a lo que he escrito a lo largo de las dos décadas recientes: es, en general, un oportunista, un funcionario sin visión de futuro y un ser mezquino e inclinado a satisfacer sus ambiciones por encima del bien público. Hago mía la definición que Guy Davenport (animado por el alma de H.D. Thoreau) propuso de mezquindad en su ensayo ¿Qué son las revoluciones?: “Una retención de generosidad, una voluntad de lastimar, una elección perversa del mal cuando el bien está al mismo alcance.” ¿Y cómo puede alguien votar por una persona que adolece de esta sangre mezquina? Es posible que sólo aquel que posea las mismas características —ya sea en potencia o en acto— del político descrito. Seres incompletos que van a las urnas a venerar las partes de su mismo cuerpo degradado. Mas afirmar algo así sería ofensivo en lo general, sería parcial y denotaría un ánimo de amargura que obviamente poseo. ¿Desde dónde entonces juzgar? ¿No es arrogante sentarse ante un ordenador y fustigar a los ciudadanos que todavía creen en sus minúsculos y sádicos dioses? Pues asumo la responsabilidad, e incluso arriesgo una hipótesis por demás evidente: acostumbrados como estamos a las insulsas, miopes y al mismo tiempo despiadadas guerras entre los partidos políticos y sus integrantes, dueños de la verdad o del poder, hemos dejado de señalar a una plaga todavía más perniciosa: la guerra civil e intestina que se vive en este agrietado proyecto de país: la diferencia abismal entre los diversos grupos de ciudadanos o personas que lo habitan. Resulta de tal magnitud dicha diferencia que no he dudado en llamarla guerra civil aunque no se haya manifestado en los términos normales de una querella armada u organizada. Se trata de formas de vida, de raíces y conclusiones éticas distintas, de temperamentos encontrados y, sobre todo, de la absoluta ignorancia que existe en la actualidad por parte de la gente acerca de las funciones que debe llevar a cabo una institución pública y un sistema de representación general. Las consecuencias de tal escena disruptiva saltan a la vista y se resumen del siguiente modo: “Si estamos en guerra prefiero ser yo el que sobreviva.” Los ejemplos al respecto son numerosos y de sencilla exhibición; desde las peleas tumultuarias e insultos a voz viva en los estadios; el desprecio real hacia la cultura, más que su apreciación hipócrita; el culto al narcotráfico (por parte de quienes lo critican y de quienes lo veneran); la saña de los criminales y supuestos policías a la hora de matar y liquidar a sus adversarios; las equidistantes y sobre todo irreconciliables maneras de divertirse por parte de esa entelequia que llamamos “gente”; el odio y la envidia estimulados por el culto al tener y a la riqueza que se propaga en la realidad cotidiana y en la publicidad comercial; los insultos que suplantan la opinión razonada en contra de cualquiera que opine distinto a nosotros; ¿es posible creer que a partir de esta materia o piedra ciudadana sea posible edificar un país? La prueba de que no es posible se da al verificar que sus políticos elegidos mediante el voto han mantenido el mismo estado de cosas, corrupción, iniquidad en casi todos sentidos, sistema de privilegios y erosión del proyecto federativo durante décadas (las excepciones no han hecho, por desgracia, primavera). Por ello, y no por ingenuidad, me decanté hace una semana por las candidaturas independientes a puestos de elección popular, como opciones lúdicas, alternativas simbólicas, giros políticos inesperados y también, como formas novedosas de expresión de los grupos menos sombríos y más honestos de la comunidad.
En el ensayo Mysterium burocraticum (recién publicado por la editorial Sexto Piso en el libro El fuego y el relato), el filósofo italiano Giorgio Agamben expresa su asombro al escribir que “la mente del hombre ordinario constituye hoy para la ética un inexplicable rompecabezas.” Y añade que el hombre común no sólo ha extraviado su sentido religioso, sino que tampoco le importa gran cosa si dios ha muerto, como concluía Nietzsche, o si vida en el subsuelo y la desgracia que pregonaba Dostoiewski posee alguna clase de certeza. El hombre común u ordinario vive plenamente su inexistencia y su andar sin raíces. Su rutina en la vida metropolitana, con su infinidad de dispositivos neutros “y sus éxtasis baratos e inconscientes, le es, si hace falta, completamente suficiente.” Si a ese hombre común, indiferente a la comunión y a la desgracia, resignado a su suerte y consumido por odios que sólo se expresan de manera furtiva, mezquina y aleatoria le hemos depositado “el futuro”, nuestra suerte está más que echada.
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