Historias de la memoria

Guillermo Fadanelli

Si uno es exigente a la hora de poner cierto orden en la propia memoria, entonces nadie se encuentra en la posibilidad de saber, con la exactitud que demanda el mundo de lo real, la clase de persona que uno fue en el pasado. El mito tiene barbas que crecen a diario y a las cuáles se debe poner atención. Yo no pongo atención en las barbas y me dispongo a inventar una estampa o un relato de “mi” pasado con tal de quedar medio satisfecho y continuar con la cuchara dentro del postre antes de que éste se acabe. Cuando las mujeres se peinan y maquillan le dan su rostro al mundo: un rostro momentáneo. De la misma forma el resto de los seres humanos nos pasamos el tiempo acomodando el pasado a nuestra conveniencia. Mi madre solía contar que todos sus amantes, antes de mi padre, eran bellos, recatados y ricos. Cuando era yo un niño le creía. En cuanto crecí puse en duda sus palabras. Basta echar una mirada atrás para destruir el pasado real —que, por demás, es ambiguo— e iniciar la construcción de un pasado ficticio (éste sí real). Y si además uno ha tenido el pésimo gusto de viajar y de llevar su prescindible humanidad a otras tierras, entonces tal pasado se complica aún más porque los recuerdos incluyen tantos paisajes y detalles que es imposible meterlos en el relato. Permanecen las sensaciones y una que otra postal o imagen inventada a mansalva. Hay sensaciones privadas, como aceptaba Gilbert Ryle, en El concepto de lo mental, y esas sensaciones privadas no están a disposición de nadie más que de quien las sufre: son intransferibles. Hay algo macabro en el hecho de saber o presentir que lo más íntimo que tenemos, aquello que representa nuestra esencia, no podrá jamás ser revelado a nadie y se diluirá en el futuro o se marchará con nosotros a la tumba. Cuenta Herodoto, en Los nueve libros de la historia, que Candaules, el tirano o rey de Sardes, estaba orgulloso de la belleza de su mujer y no podía mantener la conciencia de aquella belleza en secreto, de tal modo que le pidió a uno de sus siervos, Giges, que durante la noche entrara a escondidas a la alcoba nupcial y mirara desnuda a su esposa para que de ese modo pudiera dar fe de la belleza que el rey tenía para gozo de sí. La historia termina en drama, ya que Giges se enamora de la esposa de Candaules y ambos, mujer y siervo, asesinan al tirano para tomar el poder. No se puede violar o exponer un secreto sin que este se transforme en drama público y pierda su esencia y su integridad.

Durante varios años del siglo pasado viajé por carretera de manera fortuita: Mad Max de pacotilla y sin armas, y sin muertes que vengar. Al borde del camino o la carretera, mejor dicho, solicitaba un “aventón” a los automovilistas que detenían su vista en mi figura, y tarde o temprano lograba llegar al destino deseado. De este modo me trasladé de París a Burdeos, de Distrito Federal a Acapulco, de Zaragoza a Calatayud o de Roma a Verona. Corrían los años ochenta y uno podía transportarse de esa forma, como si nada. El miedo todavía no tomaba el control de nuestros actos ni los crímenes y la crueldad desatada te impedían andar por las carreteras de México. Lo más amargo que podía sucederme en la Europa de aquel entonces era perder un día entero sin que nadie me levantara, o caminar a lo largo de ocho o diez horas seguidas para llegar a un pueblo donde dormir o en donde simplemente “estar.” También se vegeta cuando se viaja.

Sólo una vez, en Francia, tuve miedo de morir y de que mis huesos quedaran diseminados en la carretera. El joven conductor que me llevaba desde las afueras de París hasta Nantes estaba ebrio como un alambique y la velocidad parecía excitarlo sobre manera. Un jodido borracho al volante: o más bien: un samaritano ebrio que intentaba hacer el bien. Pisaba el acelerador mientras hablaba de forma lenta y pausada. En mi condición de pedigüeño yo no tenía derecho a exigirle comportarse como un anfitrión amable y me vi obligado a soportar velocidades mayores a doscientos kilómetros por hora. Y ni siquiera me ofreció un trago. Concentrado en su monólogo y en su ánfora metálica parecía haberse olvidado de mí. Hablaba lento y aceleraba. Me contaba acerca de una mujer que había caído de un árbol y se había fracturado las dos piernas. Ella se llamaba Marie Claude. Y él no encontraba la manera de fornicar con ella. Se satisfacía encima del yeso que envolvía las piernas de su amada. Días difíciles los de él y Marie Claude. Después de escuchar varias historias de índole similar y una vez que mi mecenas se detuvo en un caseta de cobro a pocos kilómetros de Nantes, yo abrí la portezuela, hice una reverencia, me despedí y salí apresuradamente de aquel bólido.

Me intriga es el hecho de haber tenido la arrogancia de montarme en un carro extraño, penetrar lleno de confianza dentro de una atmósfera desconocida, conversar con personas de quienes no tenía ninguna noticia y continuar adelante, tranquilo como el pájaro que empolla su huevo. Y va y viene. Y es por eso que hoy me cuestiono: ¿quién carajos era yo en ese entonces?

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