Mirar hacia atrás

Guillermo Fadanelli

Es posible que una de las certezas que más pueden ayudar a una buena persona a sobrevivir y, en esencia, a vivir dotada de cierta dignidad y respeto hacia sí misma, sea la de saber que sus pensamientos, ideas o simplemente reflexiones han sido ya anticipadas, previstas o expuestas antes por otros seres humanos. Saber que no es necesario inventar nada nuevo y practicar (en ética, política, etc...) lo que otros en el pasado han descubierto y meditado con profundidad es un alivio porque cura al ansioso contemporáneo de su afán ególatra y de su continua ofensa a quienes dedicaron su tiempo, o su vida entera, a intentar que la supervivencia tuviera algún sentido más allá del puro permanecer. Es posible también que uno de los atributos generales de la conciencia, como ha sugerido la filósofa Martha C. Nussbaum, sea la capacidad de buscar sentido a la vida. Esta búsqueda no es desde luego una ambición más, sino que en su camino hacia el hallazgo del sentido ordena los actos, los pensamientos, los sentimientos y el temor a la muerte, alrededor de una persona que se advierte a sí misma como el fragmento de una soledad infinita.

Me he referido antes al temor a la muerte como si cualquiera comprendiera el mensaje o sentido que tales palabras intentan transmitir. En El hombre y la muerte, Edgar Morin escribe ya hacia las páginas últimas de su libro que “el concepto de muerte no es la muerte: está vacío como una nuez reseca.” La muerte no es la muerte porque devora a su propio concepto y es, en el seno de este hecho absurdo, cuando un individuo se halla más sensible a la angustia o al desasosiego, de modo que cae en una especie de neurosis de la muerte. Ninguna explicación acerca de este suceso lo reconforta. ¿Es posible abandonar dicha neurosis e ir en busca de una reconciliación con el desconcierto o la extrañeza de ser alguien que vive en un mundo que supuestamente lo contiene? Diversas religiones y concepciones éticas y científicas se han consumido en dotarnos de un mito o de una teoría que nos devuelva a la tranquilidad de una casa amable en la que se pueda vivir sin el temor de sospechar que la muerte no es la muerte y de que no puede ser explicada, sino acaso presentida como vacío inmemorial o soledad perpetua. El arte y la poesía han trazado en este aspecto también su propio camino, pero nadie podría decirnos que ha encontrado una noción del bien que pueda ser extendida y aceptada por todos los seres humanos de la tierra.

En un principio he apuntado hacia lo benévola que es la certeza de saber que difícilmente añadiremos novedades al conocimiento ético y lo conveniente que es para la supervivencia llevar a la práctica lo que otros han ya pensado o reflexionado a profundidad. No en vano he mencionado a Martha C. Nussbaum, quien en su libro Libertad de conciencia (Tusquets, 2010) se remonta a las ideas del inglés Roger Williams (1603-1684) acerca de la dignidad y el respeto con que deben ser tratados los prosélitos de cualquier religión mientras no desdeñen el principio de igualdad común a todos los seres humanos. Williams nació recién abría los ojos el siglo XVII y su doctrina de tolerancia no es nada más consecuencia de su educación estoica, sino también es resultado de las sangrientas guerras religiosas que asolaron la Europa de su tiempo. La experiencia de la intolerancia, el crimen religioso y de la humillación humana llevaron a Williams a emigrar y fundar una colonia en América donde pudiera realizarse su propósito de conciliación religiosa apoyado por una teoría y encomienda civil. El desenlace de esta aventura fue un asentamiento de nuevos colonos que él mismo denominó con el nombre de Providence.

El relato anterior es historia conocida. Y la emigración que ha causado el terror y el mal vivir en casi todas las épocas también. ¿Más puede uno emigrar de sí mismo, abandonarse y comenzar de nuevo? ¿Es acaso imaginable creer que uno tiene la posibilidad de aislarse de su comunidad o de modificarla a partir de nuestra propia conducta o pensamiento?

No me causa estragos escribir que quizás uno de los ensayos más elocuentes, iluminadores y bellos que he leído en toda mi vida es el que le dedica R.W. Emerson al hombre de ciencia y místico Emanuel Swedenborg, nacido en Estocolmo en 1668. Siglo y medio separa al escritor de aquel hombre extraordinario que aparentemente enloqueció hacia los 54 años. “A esa edad echaron en él profundas raíces esos pensamientos y su profunda inteligencia admitió la peligrosa opinión, tan frecuente en la historia religiosa de que él era una persona anormal a la que se había concebido el privilegio de conversar con los ángeles y los espíritus y ese éxtasis se relacionó con el oficio de explicar el valor moral del mundo sensible.” La admiración vehemente, de Emerson hacia Swedenborg, atenuada por un íntimo rechazo a su misticismo recorren las páginas del ensayo citado. No puedo extenderme más, sólo quiero añadir que Borges admiró tanto a Emerson que llegó a escribir: “En el tiempo, en la historia, Whitman y Poe han oscurecido la gloria de Emerson, como inventores, como fundadores de sectas; línea por línea, son harto inferiores a él.” Somos, como lo han demostrado Nussbaum, Emerson o Borges, enanos en hombros de gigantes.

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