Las torres

Guillermo Fadanelli

La desgracia lleva en sí una pequeña dosis de buena fortuna.

La desgracia lleva en sí una pequeña dosis de buena fortuna. Si sabemos extraerla podremos sobrevivir con sólo unas cuantas gotas de bonanza. Las migajas que nos dejan los poderosos sirven para hacer un buen plato de migas, y basta agua y un diente de ajo para nutrirse. Una receta: “Agregarle al caldo un pedazo de madera, una pata de silla, para darle más sabor.” No estoy dando ninguna moraleja optimista. El optimista moderno es un bribón, un anarquista moral o un ingenuo. Y el suicidio está allí levantando la mano todo el tiempo, justo para que no le demos la palabra. El suicidio existe para que los suicidas en potencia logren alargar sus días.

Han levantado una nueva torre en el Distrito Federal, parece ser que es el edificio más alto de México. Y vienen otros más altos. Como si las enhiestas construcciones representaran algo importante para la comunidad. La imposición del bulto y la violación del paisaje. Si la altura es la metáfora del éxito, ¿qué será entonces la obesidad de los niños mexicanos? ¿Una nueva simiente de la prosperidad? Hace años escribí un relato en el que un personaje caminaba por Reforma rumbo a Chapultepec en donde solía correr y hacer ejercicio. Cada mañana la torre que las máquinas y obreros levantaban en la ancha avenida crecía y su construcción parecía no tener fin. El hombre saludable y corredor presentía que el día en que la obra fuera terminada e inaugurada algo malo le sucedería a él. Y así fue: cuando el último piso de la torre fue concluido el personaje de mi relato sufrió un infarto y murió. Yo también muero un poco cada vez que una torre gigantesca ensucia el horizonte. No le encuentro ningún interés artístico a los rascacielos y en mi miserable opinión éstos son el símbolo de un mundo que me es hostil, inhóspito y bastante ajeno. Incluso los cráteres lunares me resultan más familiares. La discreción es una virtud. Y la prudencia es necesaria hasta en los asuntos más humildes de la vida cotidiana. ¿Para qué la ostentación y la metáfora ordinaria? Porque hoy en día el éxito económico se obtiene por medio de la intimidación. Grecia es un ejemplo a tratar. Los descendientes de la sociedad que inventó a Europa deben sufrir y desembolsar lo que no tienen para poder pertenecer a ella. Los griegos pusieron en marcha la globalización del conocimiento en Occidente, mas ahora son víctimas de otra clase de globalización: la económica. El poder financiero decide hoy quién es europeo y quien no. Se busca ampliar el mercado, no la equidad en el bienestar. Se pregona la democracia y la libertad, pero no el equilibrio en la distribución de los bienes. Por ello Joseph Stiglitz afirma de manera puntual: “La eurozona no es un proyecto democrático. Es la antítesis de la democracia.” Y Thomas Piketty concluye que “solamente un impuesto excepcional sobre el capital privado puede ser la solución más justa y eficiente para reducir la deuda pública.” Yo lo diré de manera muy metafórica: hay que quitarle algunos pisos a las grandes torres y distribuirlos en su entorno de penuria. Menos intimidación y más convivencia. A fin de cuentas el bienestar compartido no es cuestión de comunismo o de socialismo, sino de un gusto refinado del que carecen los héroes económicos de nuestro tiempo.

He llegado a pensar que la fobia que alimento hacia las altas torres se debe a mi personal pavor a las alturas, y que el relato que escribí sobre un rascacielos en Reforma es un augurio del escritor que interpreta —en algunos hechos— las señales de su propia muerte. Es verdad: mi vida no soportará una torre más en el horizonte. Su construcción me hace desear la posición horizontal eterna y bajo tierra. Las náuseas son los cimientos de una vida que no se me antoja deseable. Sé que mis opiniones carecen de importancia en el “mundo real” porque la exclusión es una constante en el diseño “humano” de la nueva geografía financiera. No es Milton Friedman el que me hace sentir idiota (no creo que la economía sea una ciencia), sino los rascacielos. ¿No sería mejor descender un metro que ascender cien en un elevador? Los bancos alemanes y franceses reclaman los intereses del dinero que le prestaron a Grecia para continuar perteneciendo a Europa. No importa a qué precio. En el fondo de esta reclamación se descubre una lección moral de abarrotero: “Si les perdonamos los intereses o negociamos la deuda los estamos maleducando.” El Banco Central Europeo es la nueva escuela global. Y sus alumnos son las SS financieras y anti humanistas que deberán afrontar ustedes en el futuro. Digo “ustedes” porque mi futuro ya pasó. Quedó enterrado entre los cimientos de un enorme edificio.

TEMAS RELACIONADOS
Guardando favorito...

Comentarios