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26/02/2016
02:17
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Es curioso cómo el papa Francisco, cuando llegó a México y fue recibido en el aeropuerto por el Presidente de la República, rodeado de cientos de sus invitados personales y de un grupo de artistas de Televisa que amenizaron la llegada, para después trasladarse por Río Churubusco e Insurgentes a la Nunciatura Apostólica, pasando por grandes avenidas y modernos edificios, antes de llegar a una recepción en la calle, en donde lo esperaban con entusiasmo pequeñitos de escuelas privadas, seguramente se fue a dormir diciendo: México es un país moderno, criollo, un pueblo racial, cultural y arquitectónicamente parecido a España, sin duda.

Después fue a Ecatepec y a la Basílica de Guadalupe, en donde se vio obligado a corregir su diagnóstico al convivir y conocer zonas de la ciudad humildes con falta de infraestructura básica y miles de feligreses que le cambiaron la perspectiva inicial para concluir que, más que criollos, en los mexicanos dominaba la orgullosa raza de bronce.

Esa noche, seguramente comentó hacia su interior, México es un país mayoritariamente tradicionalista y fundamentalmente mestizo.

Cuando estuvo en Chiapas, ante miles de indígenas tzeltales, tojolabales, choles y lacandones, entre otros, seguramente se impresionó con el colorido de sus vestidos, lo profundo de su pensamiento, y su grandeza humana.

Al llegar a la Ciudad de México, es presumible que haya llegado un poco confundido a la Nunciatura Apostólica.

Antes de conciliar el sueño probablemente se dijo a sí mismo, después de todo, me parece que México es un país indígena.

El sabía que México era un país desigual y diferenciado pero no tan “lleno de sorpresas”.

La realidad es que lo que vivió el Papa es producto de diferencias y muros que hemos mantenido a lo largo de nuestra historia, y que separan a esos tres Méxicos. Esa ceguera nacional desde la Conquista y el Virreinato han creado un país en donde los diversos grupos de mexicanos están juntos, pero no revueltos.

Lo que le urge a nuestro país es tomar conciencia de que aún no podemos llamarnos nación, cuando estamos segmentados en varias nacionalidades.

Lo que le urge a nuestros gobiernos es definir políticas públicas diferenciadas que construyan la equidad, que no es lo mismo que la igualdad, porque para que seamos iguales se debe emparejar el terreno, tratando de manera desigual a los desiguales, porque todos los segmentos de la población requieren de una política que nos acerque.

Lo que requieren nuestros empresarios es darse cuenta, que además de responsabilidad social, se debe distribuir capacidad emprendedora.

Lo que requiere México son puentes para derribar los muros que históricamente hemos construido entre nosotros y que mantenemos sin siquiera estar conscientes de su existencia.

Dijo el Papa en su regreso a Roma, refiriéndose a Donald Trump: “Todo aquel que construye muros en lugar de puentes, no es cristiano”.

Por ello, pregúntate si no es tu caso ser uno de esos mexicanos que llevan su pequeño Trump en la mente, que te impide tener como misión existencial construir puentes, en lugar de muros, para lograr una armonía social que, de otra manera, no llegará.

Presidente ejecutivo de Fundación Azteca

@EMoctezumaB

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Esteban Moctezuma Barragán
Ex presidente Ejecutivo de Fundación Azteca. Presidente del Compromiso Social por la Calidad y Equidad Educativa. Secretario de Gobernación y secretario de de Desarrollo Social durante el sexenio de...