¿Qué esperan los automovilistas cuando tocan el claxon? Para algunos funciona como una terapia que focaliza su violencia, para otros como una adicción; milisegundos después de que el semáforo se pone en verde ya están tocándolo; y otros más lo ejercen como un desafío a la escuela del racionalismo humano. ¿En qué momento de la historia un congestionamiento vehicular ha sido resuelto por el sonido de un claxon? Como si de pronto los miles de automovilistas estancados fueran a decir: “¡Ah, Pedro ya tocó el claxon, ahora si es hora de movernos!” Nuestro abuso del claxon no solo es perjudicial para nuestra propia calidad de vida, sino que muestra una violencia sin sentido.

De lunes a viernes, todas las mañanas sin excepción, a eso de las 8 a.m. un concierto diabólico de cláxones inunda mi departamento. La escena es de un dramatismo sonoro absoluto: cientos de cláxones sin ningún sentido de métrica o ritmo se enfrentan con frenesí como si el futuro de la humanidad dependiera de ello. Lo hacen siempre con inescrutable puntualidad y esmero; como si tuvieran una ineludible cita con el destino. Este hecho no sorprende a ningún capitalino; en donde quiera que haya cruces, hay miles de automovilistas tratando de solucionar el tráfico a claxonazos. Y sin embargo hay algo extraño en la noción de un acto irracional que se repite con tanto ahínco y puntualidad.

Mi interés en el fenómeno nace en esta última característica de la congregación matinal: su consistencia en tiempo y lugar. El asunto de fondo no tiene que ver con una cuestión de orden urbano sino de libre albedrío. ¿Cómo es que todos los días, enfrentados a una misma situación, un grupo de personas aleatorias, reaccionan exactamente de la misma forma? Es decir: enfrentados a un cruce congestionado y teniendo dos opciones; tocar el claxon o no; ¿por qué nunca se da una situación en la que sólo una minoría de automovilistas toquen el claxon? O mejor aún, que ninguno lo haga. Los automovilistas parecen obstinados en negar su propia posibilidad del libre albedrío. ¿Está todo nuestro comportamiento predeterminado?

El nuevo reglamento de tránsito permite a los policías multar por hacer ruido innecesario. La ciudad está llena de ese tipo de ruidos, motos, camiones, pero sobre todo el claxon. Si no por aplicar la ley, al menos los policías deberían de ejercer la función de filósofos en amarillo: multar a los ruidosos tan solo para hacerles saber que existe la posibilidad del libre albedrío; liberarlos de su predeterminismo y ayudarlos a expandir su propia capacidad creativa. ¿Qué pasaría si un día los automovilistas no tocan el claxon? Nada. ¿Si de todas formas no vas a llegar más temprano para que molestar a todo el mundo que te rodea?

Por eso la pregunta persiste: ¿Qué tipo de milagros espera el automovilista al pitar? Muchas veces me ha sucedido que al pedirle amablemente a un conductor que se refrende de hacer ruido, este contesta apretando el claxon aún con más vehemencia. ¿Habrá en ello un placer secreto? ¿Algún cromosoma milenario que nos vincule a nuestros antepasados en tribu? O simplemente ¿habrá algún secreto psicológico que mi análisis omite? Después de todo, enfrentar al tráfico es enfrentarse a nuestra propia soledad, sobre todo en una sociedad que insiste en transportarse en camionetas y no viajar acompañado. El vacío del ego es más grande en una Suburban vacía; sobretodo si ésta fue adquirida justamente para alimentar el autoestima. Si el tráfico nos obliga a la convivencia con nuestra propia soledad ¿Será que el claxon es nuestro equivalente urbano al aullido de los lobos?

En las mejores mañana de mi calle, algún loco baja la ventana, saca el brazo y ondula la mano: “¡Pásale por arriba!” le grita al de atrás. Es la respuesta perfecta al mundo irracional que el claxon pretende solucionar. En un mundo en el que pitar soluciona congestiones vehiculares, los carros pueden volar.

Analista político. @emiliolezama

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