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El gobierno federal, con el presidente Enrique Peña Nieto a la cabeza, anunció las bases que darán sustento al nuevo modelo educativo en México. Se trata de un asunto que permaneció inmóvil durante décadas y que, finalmente, logró consolidarse como uno de los proyectos principales de la actual administración.
Está claro que la calidad del sistema educativo mexicano ha situado a nuestro país en el último lugar entre los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). Por otra parte, es un sector de la política nacional, de políticas públicas, en el que la lógica corporativista que imperó en el siglo XX continúa vigente.
Ya bien entrado el siglo XXI, México va con atraso. Llevar a la práctica el nuevo esquema requerirá un trabajo amplio con las organizaciones de la sociedad civil, pero sobre todo con las familias y los responsables de la educación de los niños. Implica, también, lidiar con las resistencias de los gremios magisteriales ante las transformaciones previstas.
El magisterio en nuestro país es un sector que genera sospechas en la ciudadanía, puesto que se le han comprobado multimillonarios desvíos sin razón, miles de educadores que cobran sin trabajar y muchos más que se niegan a ser evaluados. Para la adecuada implementación del nuevo modelo educativo hay que considerar si los maestros están capacitados en la labor que tienen delante. El modelo educativo no cambiará si no se toca a quienes buscan proteger sus intereses desde el gremio magisterial.
El entorno internacional, la incorporación de tecnología en todas las facetas de la vida, las crisis económicas y los efectos de la globalización son solo algunos de los retos que las generaciones más jóvenes enfrentarán en el mediano plazo. ¿El nuevo modelo educativo preparará mexicanos bajo esa óptica?
El contexto global deja claro que actualmente los modelos políticos, económicos y socioculturales atraviesan momentos de redefinición en sus fundamentos. Por esta razón, el nuevo sistema educativo debe ser flexible en su base o, de lo contrario, pronto se verá rebasado una vez más. Tiene que contar con los esfuerzos de continuidad por parte del gobierno, sin importar el color del partido que alcance el poder federal, y ser considerado un programa de trascendencia nacional.
Los retos institucionales, políticos y sociales se vislumbran en el camino. La educación no puede sujetarse a visiones particulares ni ser cuestionada en su esencia. Hay que entender que la innovación en los fundamentos del proceso educativo redundará en seres humanos competentes, involucrados, comprometidos consigo y con su entorno. Es lo que México hoy demanda de cara al futuro.
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