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El pueblo estadounidense eligió ayer la ruta del racismo, el odio y la intolerancia. El candidato que echó mano de esas actitudes triunfó anoche en las elecciones presidenciales.
A lo largo de la campaña la mitad de la población estadounidense apoyó los sentimientos más negativos que una persona puede tener: discriminación, amenazas y agresiones, y la otra mitad la tolerancia, la diversidad y la cooperación. Un lado era la política tradicional y el otro una mala opción ante el hartazgo a políticos.
Una sociedad profundamente dividida es la que enfrentará a partir de ahora Donald Trump, el próximo presidente de la nación más poderosa del mundo, económica y militarmente hablando. Toca a una mitad de ese país ejercer un contrapeso efectivo a cualquier intento de transgresiones a la ley.
La comunidad internacional, siempre atenta al relevo del poder estadounidense, en esta ocasión tenía razones de sobra para esperar con expectación el resultado final. Trump adoptó como enemigos a los mexicanos, a musulmanes e incluso lanzó acusaciones contra el régimen chino. La incógnita es si el magnate neoyorquino cumplirá lo que vociferó en sus mítines o modificará su actitud. En campaña, un día aparecía muy radical y al otro se mostraba moderado. Ahora más que nunca el resto de los países debe servir como un gran dique a cualquier intento de abuso por parte del gobierno estadounidense que comenzará en enero de 2017. Las historias de acciones bélicas y agresiones unilaterales deben ser cosa del pasado.
México y sus habitantes fueron blanco de señalamientos producto de prejuicios. Nada positivo puede esperarse durante la administración de Trump para los millones de connacionales que viven en Estados Unidos. Al gobierno mexicano le espera una dura labor diplomática, que quizá servirá únicamente para contener las acciones contra mexicanos que emigraron al país vecino.
En la relación comercial cualquier cambio parece más difícil de realizar. La complementación entre los tres países de América del Norte se ha profundizado desde hace más de dos décadas, en especial entre México y Estados Unidos, las economías son interdependientes en más de un rubro.
Los simpatizantes del candidato republicano son resultado del desencanto ante la política tradicional. Aquellos que votaron por la opción de ruptura representan a una parte conservadora de la sociedad estadounidense que lamenta los cambios que ha sufrido Estados Unidos en los últimos años y que quisiera volver a antiguos tiempos de la llamada supremacía blanca, algo impensable en el mundo actual. Lo que comenzó como una candidatura sui generis y caricaturesca, en dos meses se convertirá en una cruda realidad. Ojalá las previsiones no se cumplan.
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