En los mismos días de junio en que se consumaba el Brexit —palabra ya conocida universalmente—, andaba yo leyendo a Andrés Bello. Se me dirá: “¿y eso qué?”, lo cual será un poco rudo pero también muy comprensible. Pues nada tiene que ver, a simple vista, la decisión de la mayoría votante en el Reino Unido de abandonar la Unión Europea con los trabajos y afanes de un educador y estudioso venezolano-chileno. Pero sucede que atesoro una fotografía londinense donde quedó registro del exilio inglés de Bello, y eso muestra una relación directa entre Bello y los ingleses. O así lo veo yo, por lo menos.

Bello pertenecía más, o casi, a la generación de Simón Bolívar, pero vivió muchos más años que el Libertador. Años fecundos, repletos de trabajos de toda índole, en general admirables. Su crítica de poesía es tan buena como la mejor de la cultura literaria de nuestro idioma en el siglo diecinueve. Leo con enorme gusto sus comentarios a la poesía de un personaje romántico que admiro: el poeta cubano-mexicano José María Heredia, tocayo y primo de otro poeta, este de lengua francesa.

Cuando llamo a Andrés Bello “educador”, no me muerdo la lengua; muy al contrario: aprendí gramática según el sistema inventado por él, en la prehistórica escuela primaria de mediados de los años cincuentas. Eso fue él para mí, durante largas décadas: un gramático; en los años recientes he descubierto sus poemas, y en buena hora. A lo mejor es una extravagancia en estos tiempos de ruptura y postvanguardia, pero disfruto esas piezas tan bien hechas, tan sobrias, algunas de las cuales tienen verdadera sal, en el registro apicarado, pues Bello también sabía sonreír, aparte de ser un “humanista grave”, sin llegar a los extremos de Quevedo.

Los ingleses fueron sensibles a la condición de poeta de Andrés Bello. En la placa de cerámica azul de su casa londinense, luego de las fechas de nacimiento y muerte (1781-1865), está la breve y expresiva lista de sus oficios o profesiones: poeta, jurista, filólogo, y patriota venezolano. Creo recordar que esa casa está en el barrio de Bloomsbury, tan memorable por muy inglesas y literarias razones; allí mismo vivió también un “precursor de la independencia latinoamericana”, Francisco de Miranda, de quien dice la leyenda que fue amante de Catalina la Grande. Vidas novelescas, vidas de personajes vagabundos, apasionados, encendidos: Heredia, Bolívar, Miranda, Bello.

En aquellos años del siglo diecinueve, los ingleses abrían sus puertas para que los perseguidos y los nómadas del mundo se acogieran a la hospitalidad británica. Esa Inglaterra está amenazada por los hechos del mes pasado: la renuncia a la integración europea.

Ojalá no desaparezca ese país: es una Inglaterra que amamos, junto a la de John Keats, William Turner y J. K. Rowling. Es la Inglaterra de la gran poesía, de los bienaventurados albergues, de los excéntricos y del gran sentido del humor.

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