Una CDMX y dos Constituciones

Agustín Basave

Yo soy regiomontano, pero quiero mucho a esta ciudad en la que he vivido tantos años

Ha nacido una criatura de casi cinco siglos de edad. Siete, si me apuran. El 29 de enero de 2016 la Ciudad de México, la antigua Tenochtitlan, llegó al mundo en un parto por cesárea, pesó más que ocho millones de personas y midió bastante más de treinta kilómetros. Su estado de salud es precario y no está exenta de malformaciones; algunas deficiencias pulmonares, problemas de movilidad, macrocefalia, extremidades dispares. Eso sí, es una niña preciosa. Ojos grandes, nariz aguileña, boca serpentina. Piel morena que espera bañarse en las lluvias de las tardes y cabello endrino que no tarda en desatar trenzas, Guadalupe Trigo dixit. Pese a sus problemas, nació con una gran sonrisa que iluminó un cielo gris y su primer suspiro calentó el aire frío que la envolvía.

Yo soy regiomontano, pero quiero mucho a esta ciudad en la que he vivido tantos años. Por eso celebro que hoy se le reconozcan ya todos sus derechos y que mañana pueda tener su propia Constitución. Hay quienes dicen que eso es irrelevante, que no cambiará la vida de los capitalinos. Falso. Más allá de deficiencias en el método de elección de los diputados, si su Carta Magna se confecciona con cuidado e inteligencia la ciudadanía pronto verá sus bondades. No se trata solamente de consagrar en ella los avances en el ámbito de las libertades que se han alcanzado, sino también de contrarrestar nuestros vicios constitucionales: el esteticismo legislativo (normas para un país de ángeles o de dioses, diría Rousseau, demasiado alejadas de la realidad), la reglamentación excesiva y la concomitante burocratización, la ausencia de exigibilidad de los derechos sociales.

En la medida en que el trabajo del Constituyente se plasme en un documento conciso, coherente, claro, se volverá referente para una nueva Constitución General de la República. La mexicanísima proclividad a la prolijidad verbal —al rollo, para decirlo en mexiñol— y a la sobrerregulación hace conveniente pensar en crear de antemano leyes orgánicas constitucionales o leyes de ordenamiento constitucional (un nivel normativo intermedio, entre la Constitución y las leyes secundarias, en el que se descargue el fardo reglamentario). ¿Por qué es importante esto? Porque, a mi juicio, ahí está el origen de la corrupción. Cuando hay un abismo entre norma y realidad, cuando la ley es irrealista y alambicada, se vuelve sumamente difícil cumplirla y surgen códigos de reglas no escritas que la sustituyen en los hechos, e incentivos perversos para corromper y para que las autoridades tengan al ciudadano en falta y así lo vuelvan más controlable.

Una Constitución no es una utopía. No debe ser el arquetipo de un Estado futuro, sino la guía cotidiana del comportamiento individual y social de un país presente. No debe contener normas inflexibles que se apliquen flexiblemente, sino normas flexibles que se apliquen inflexiblemente. Debe ser un libro de bolsillo en todos sentidos: breve, portátil, accesible y comprensible para todos. Debe ser un cuaderno que se interprete fácilmente, sin necesidad de hermeneutas, cuyo contenido fundamental pueda aprenderse pronto y cuyos detalles puedan consultarse hojeándolo con agilidad. Debe ser, en suma, un manual que contenga un consenso para manejar el disenso, un sencillo mapa de navegación que permita a la gente deambular por la vida en armonía, con sus deberes en regla y sus derechos a salvo o, mejor, un GPS capaz de orientar a cualquiera en las calles de la cosa pública.

Necesitamos dos Constituciones: la que en buena hora se elaborará para la capital y la que en 2017 debería rehacerse para México. En la Independencia y en la Revolución, el cambio se gestó en la periferia y culminó en el centro. Ahora puede ser a la inversa. El cambio puede gestarse en el centro e irradiar a la periferia: de la CDMX al resto del país. Muchos mexicanos creen que hacer leyes es irrelevante porque las hemos hecho mal y no nos han servido. Es hora de legislar bien, de normarnos a nosotros mismos de modo que el actual estado de cosas se invierta: que el honesto disfrute del premio cívico y el corrupto sufra el castigo legal y el repudio comunitario.

Presidente nacional del PRD

@absave

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