Universal Deportes

Estadio Ciudad de México: A cielo abierto

Tal vez algo sabía Pedro Ramírez Vázquez sobre la imaginación y nos dejó ese espacio para vivir como los huespedes de Petrovic: con esperanza

A cielo abierto / FOTO: Imago7

Nos cuentan que la ficción es un recurso para la realidad; una suerte de refugio. ¿Y si fuera al revés? Si lo fantástico estuviera allá afuera y nosotros buscamos, por temor, por hábito, por desconocimiento, ¿entrar a una realidad menos mágica, más estable, supuestamente predecible?

Goran Petrovic en su libro “Atlas Pintado desde el Cielo” cuenta la historia de una casa de huéspedes donde sus habitantes deciden volar el techo para vivir a “cielo abierto”. Dice el autor que las casas son trampas silenciosas. Es peligroso vivir entre paredes y techos. El mundo y su magia están afuera. La imaginación no es método de escape, sino de búsqueda.

La casa de Petrovic es una metáfora sobre los peligros de mantenernos dentro de los límites de nuestro entorno, asumirlos y, sobre todo, creerlos permanentes.

Club El Universal

En el futbol, en especial con la , la cuestión se vuelve medular. Llevamos tiempo construyendo la casa. Encontrando y definiendo nuestros propios límites con los recursos de la lógica, la estadística —la hermana aburrida de la historia— y los recuerdos dolorosos de la ilusión que se desvanece como esos momentos de la infancia que no sabemos si ocurrieron o no.

Lee También

Tomando en cuenta los últimos dos Mundiales, no hay argumentos para pensar que las cosas podrían ser diferentes. México tiene una efectividad del 50%; nuestro actual entrenador ha llegado al mismo punto en el torneo que estamos alcanzando y la primera vez perdió contra quien pensábamos era nuestro cliente: EUA; tenemos una Liga que depende cada vez de más extranjeros y sin una competencia real. La casa está hecha. Es lo que hay. No es incómodo ser pesimista, por el contrario, hay más probabilidades de tener la razón y rematar con la famosa frase: “te lo dije; no te emociones.”

Con eso en mente caminas al estadio como peregrino. A la izquierda pasan mariachis y a la derecha el chapulín colorado multiplicado. En eso, aparece como espejismo el estadio haciéndote dudar si crece a cada paso o la ciudad se encoje. Mientras vas subiendo las gradas entre gritos, cerveza, porras, chiflidos, canciones, resultados posibles, resultados imposibles, teorías antropológicas, fotos de parejas, fotos de familias, fotos en solitario, llegas finalmente para darte la vuelta ver un círculo de banderas. No dimensionas el tamaño hasta estar dentro. Escuchas tu himno. Sientes el vértigo. Es un lugar que se mide por el ruido. Estamos en el estómago de la ballena.

Empieza el partido. Gritos de "olé" a los cinco pases. Pasa el tiempo y crece un murmullo en la grada. La afición quiere ver un futbol espectacular, tal vez porque ahí vieron jugar a Brasil y al Papa Juan Pablo II dar misa esperamos un milagro con derroches de talento. No goleamos, no somos espectaculares, pero sí algo que en el juego importa: somo eficientes. México aprovecha lo que tiene. Lo que pasa en la cancha es reflejo de la estrategia desde el banquillo: la fuerza no está en una individualidad, sino en el equipo.

Llegan los goles. Llegan los homenajes. En el Azteca se cumplen algunas profecías: Raúl Jiménez mete su primer gol en Mundiales y lo dedica a su padre; los naturalizados hacen la diferencia en el estadio que en algún momento fue su casa; Ochoa se vuelve Luka Modric y da un pase de 60 metros. El jugador más joven del torneo es mexicano y desmuestra uan categoría que siempre envidiamos en otras latitudes.

Lee También

¿Qué sigue en este guion?

Volteo a mi izquierda buscando una respuesta de Blue Demon y El Santo. Sus ojos me dicen lo mismo que está pensando una sociedad acostumbrada a ir contracorriente: ¿sabes flotar?

La casa de la Selección es el , que se caracteriza por ese techo volado. Tal vez algo sabía Pedro Ramírez Vázquez sobre la imaginación y nos dejó ese espacio para vivir como los huespedes de Petrovic: con esperanza.

Te recomendamos