Arturo Chacón-Cruz salió muy gavilán al escenario de Bellas Artes, pero vestido de paloma: blanco que te quiero blanco, blanco moño, traje blanco. El rey en su Palacio no se iba a andar con melindres en esa su primera vez para cantar nomás nomás a san José José y a Juan Gabriel sin san; su primera vez para cantarlos de a solapa, en un concierto acompañado por una orquesta tan sinfónica como mariachi.

No más arias, no más Duques de Mantua, no más Rodolfos ni menos Alfredos, ni siquiera su querido José Alfredo, el que no pasa por Salamanca porque ahí ya te hieren hasta el recuerdo. Sólo música de cantinas y palenques, de los peseros, canciones que todos sabemos querer pero pocos sabemos amar.

Y cómo chingados iba a iniciar un crack si no con la más triste, con la que el público espera hasta el final, no en el principio, la canción que uno está recordándole a algún imitador del Príncipe ya pa' dejar el 2x1 de algún bar en Sanborns, con la más cruda, esa canción que recientemente la Unesco inscribió en su Lista de Patrimonio Inmaterial de la Soledad; la que pone en trance triste al mundo desde su premiere con humanos el 15 de marzo de 1970 en el teatro ya extinto Ferrocarrilero: La triste El Triste.

Así de triste empezó la gala más alegre del año en Bellas Artes, un Palacio que le quedó chico a Chacón-Cruz, quien ya en noviembre cantó al Duque de Rigoletto con mimos de Pedro Infante y que volverá en octubre para pintar de cuerpo entero a Tosca. Un Chacón-Cruz que hizo gala de no dudar, en la gala con sinfónica y mariachis, y metió al repertorio Lo dudo en paralela simetría con Hasta que te conocí pa' también ver la vida con dolor y no obstante confesarnos y decir: “No te miento; fui feliz”.

Chacón salió nada sacón y sin negar la Cruz de su apellido jaló de su chistera-pecho El Triste que todos llevamos dentro, porque como él contó recién a este atestiguador de su primer concierto exclusivo de música popular en Bellas Artes, y excluyente de cualquier personaje que no sea masoquista como un mariachi, no hay como cantar El Triste para poner en buen ambiente una cantina, porque “El Triste es alguien que hace como que todo está bien y se sincera al fin diciendo: Sí, estoy triste, ¿y qué?”. Y qué.

Y El Triste saboreó su dolor en los instrumentos de la Orquesta del Teatro de Bellas Artes bajo la batuta del debutante Abdiel Vázquez, que no se estrenó en el foso como en óperas cualquiera, no, se abalanzó a la cima de su trayectoria el pasado domingo 8 en que febrero le dio la bendición de Juan Gabriel obispo. Y Chacón-Cruz benefactó al coro de jóvenes integrantes del Estudio de la Ópera de Bellas Artes (EOBA), que fundó en 2014 su colega Ramón Vargas. Y para animarlos, les recordó, como para que vieran en el espejo de él sus propios futuros: “Yo de niño también hice coros. De niño le hice coros a Juan Gabriel”.

Y no faltó quien susurró que qué arriesgado para un tenor abrir con El Triste, que, seamos honestos, no pareció tan triste como se habría esperado, estaba sobrio, sobrio, frío y sin hielos, pero pa' alguien habituado al bis, como el que dio allí mismo en Bellas Artes cuando cantó recalentada “La donna è mobile”, El Triste debía salirle perfecta. Y al acabar la segunda parte del programa, dedicada solamente al Divo de Juárez, cuando Abdiel no le pedía, le exigía, calmar el vendaval que dejó entre la audiencia su “Querida”, el Divo de Hermosillo se sinceró otra vez y dijo, cándido, así como de chiste, tan simpático pa' ser tenor de mundo, que al no tener más temas preparados, no le quedaba sino “reciclar”.

Y recicló tristeza: El Triste, ahora en doble “bis” instrumental: en compañía de orquesta y de mariachi.

Y El Triste cantó. Y El Triste fue “bis”. Y El Triste se sumó en coro a la triste lista de clásicos que dan felicidad al 2x1, en una apoteosis que casi convertía el Apocalipsis de Juan Gabriel de Patmos con su “Querida” en festival de mitos. Y en un retruécano de encores, otra vuelta de tuerca, José José, en voz de otro tenor, como Príncipe de la Canción bien educado, cedió su voz en voz de Chacón-Cruz al Juanga, que saboreó su dolor, no pidió compasión ni piedad, y regresó, pero con una diferencia: traía en su espíritu a Vicente Fernández y Lucha Villa. Y el cantante sacó de su ronco pecho La diferencia que, una hora 50 minutos después del primer El Triste, ponía el sombrero final a una gala que se antoja para al menos Auditorio Nacional, que quizás agotaría la taquilla como hizo ya en Palacio de Bellas Artes.

Sí, el concierto duró 1 hora 50 minutos, con más minutos pa' Juanga que pa' José José, no por falta de temas que cantarle de éste, sino quizás porque el juarense implicaba más retos vocales al tenor, que salió con 3 vestuarios en instantes clave: con José José, de blanco; con Juanga, de negro y de mariachi.

Hubo arreglos magníficos de Eduardo Magallanes y Omar Nava para orquesta y coros; para orquesta sola; para mariachi y tenor; para orquesta, mariachi, coros y tenor, y hasta pa' todos juntos con aplausos de público y luces de celulares, que tristemente se volvieron perversa costumbre en los conciertos y salen por doquier; hasta la secretaria de Cultura Claudia Curiel, que asiste con regularidad a cuanta gala en Bellas Artes hay, sacaba el suyo de vez en vez pa' grabar video, pa' tomar la selfie, pa' eso. “¿Y qué? Si nos llaman de todo, ¿y qué?. Si nos juzgan o no, ¿y qué? Aquí solo contamos tú y yo”. Esa nos faltó.

El mariachi fue Gama Mil. Y tuvo su momento a solas en el escenario para que Chacón-Cruz se fuera a poner ropas de lo mismo y darle a Juan Gabriel apóstol más aires de patrono de la fiesta de pueblo en Bellas Artes, en que la guitarra, el guitarrón, el violín y las trompetas sumaron rencor a Se me olvidó otra vez, aunque la mera verdad uno ya no sabe qué pensar porque igual cantó Siempre en mi mente.

Y así: ¿cómo te olvidó?

De El Triste Chacón-Cruz voló como Gavilán o paloma; de De mí enamorate se bipolarizó a Déjame vivir; de embarcarse en La nave del olvido optó después por el Amor eterno. De filosofar sobre el Tiempo con Rubén Fuentes y Renato Leduc aceptó que Lo pasado pasado. Y por nostalgia enlistó más canciones que el Juanga interpretó ahí mismo en Bellas Artes en 2013: La diferencia. Y No discutamos.

Y no, el tenor que dio su primer do de pecho un 1977 cuando Pablo Abraira y José José reprochaban por primera vez por separado a la misma “amiga” haberlos hecho su “humilde servidor”, Chacón-Cruz nunca fue un volcán apagado, siguió siendo el Volcán que también cantó y fue tormenta y fue tornado.

Hasta rindió homenaje tácito a intérpretes de Juanga: Daniela Romo, Rocío Dúrcal y Lucha Villa. Unas fieras que domó en su voz tenor el tenor que en su Rigoletto de 2014 en el Teatro La Monnaie, en la producción de circo de Robert Carlsen, encarnó al Duque de Mantua como domador de felinas-chavas.

Apuntó que su versión de De mí enamórate, incluida en uno de los discos que ha grabado de música mexicana (Arturo Chacón le canta a México y De México para el mundo), es la más pedida en Spotify.

Hasta explicó a los más ortodoxos por qué debía cantar música popular mexicana con micrófono (no sabemos si alguna vez cantó en los micros, nomás sí conocemos que lo hizo en palenques), a diferencia de la ópera: porque el sentimiento nace chiquito como susurro, en el corazón, no en la garganta. Y luego estalla. Casi explicación del cabrero Miguel Hernández: “Umbrío por la pena, casi bruno, porque la pena tizna cuando estalla, donde yo no me hallo no se halla, hombre más apenado que ninguno...”.

Pero ahí estaban agazapados todos sus personajes que ha cantando y cantará en la MetOpera, en la Scala, en Covent Garden, en el Liceu o en Teatro Real. Ahí estaban, cantando con él: “Abrázame muy fuerte, amor”, que bien pudo salir de Verdi clásico, como un Otelo, o como un Rodolfo de Puccini.

Sí Arturo Chacón-Cruz salió como gavilán pero vestido de paloma, cantó en cambio como un canario, como un ruiseñor, como un cenzontle, un ave de cuatrocientas voces. Y Bellas Artes le quedó chiquito.

Y el tenor que lanzó en Estados Unidos tequila homónimo, o sea Tenor, en espera de embriagar pronto a México, unió a José José y Juan Gabriel en una borrachera que escribió el segundo para el primero: Lo pasado pasado. Y si amé, sufrí y lloré, todo quedó en el ayer, en el ayer del Palacio de Bellas Artes, o sea, su memoria. Y como los muchos aplausos que recibió ahí el Amor, pido un aplauso para Chacón.

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