En 1961, Iván Illich llegó a Cuernavaca, rentó un hotel abandonado —el Chulavista— y lo reacondicionó para retomar allí las tareas del Centro de Formación Intercultural (CIF), fundado por él a finales de la década de los años 50 en la Universidad Fordham, en Nueva York.
Cinco años después, en 1966, el CIF dejó de operar y fue sustituido, en el mismo lugar, por el Centro Intercultural de Documentación (CIDOC), en cuya fundación también participó activamente la investigadora, bibliógrafa y editora suiza nacionalizada mexicana Valentina Borremans.
“Illich se convirtió, en tierras mexicanas, en el corazón de un movimiento intelectual que haría una de las críticas más avanzadas de los fundamentos de la modernidad y del mundo contemporáneo“, indica Rafael Mondragón Velázquez, investigador del Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM y estudioso de la obra del sacerdote católico, teólogo y filósofo austriaco nacido el 4 de septiembre de 1926 en Viena y fallecido el 2 de diciembre de 2002 en Bremen, Alemania.
Cabe recordar que, en esa época, el monje benedictino belga Gregorio Lemercier continuaba su experimento comunitario en el monasterio de Santa María de la Resurrección, en Santa María Ahuacatitlán, Morelos, y el obispo de Cuernavaca, Sergio Mendez Arceo, impulsaba una serie de reformas litúrgicas dentro del catolicismo.
Por lo demás, muy cerca de Illich estuvieron entonces el pedagogo, educador y filósofo brasileño Paulo Freire, el filósofo y periodista francés André Gorz y el líder campesino brasileño Francisco Julião, entre otros intelecutales renombrados.
Al respecto, el investigador universitario apunta: “Illich no fue un pensador que pensara solo: valoraba enormemente la amistad y la construcción de espacios de convivencia, y la crítica que hizo a la educación, la medicina y la tecnología, entre otras cosas, hunde sus raíces en una discusión colectiva y se vincula con una reflexión sobre la comunidad.”
Educación y medicina
De acuerdo con Mondragón Velázquez, la crítica de Illich a la educación y la medicina está relacionada con su convicción de que el mundo moderno le arrebata a la gente sus saberes y capacidades adquiridos de forma comunitaria para hacerse cargo de su vida de manera autónoma.
“En el caso de la educación, esa desposesión transita por la construcción del régimen de la escuela y la confusión entre educación y escolarización. Illich creía que la educación está ligada a un conjunto de experiencias por las que todos los seres humanos pasamos a lo largo de nuestra vida y que la aparición de la institución de la escuela reduce esos saberes y esas capacidades que adquirimos a algo que ocurre en el marco de una institución a la que muchas veces se accede pagando y que está dominada por especialistas. Así, el aprendizaje se vuelve un bien escaso y se crea una desigualdad. En ese sentido, la escolarización se vincula al advenimiento de la escasez como régimen y a la aparición de la cultura de los especialistas.”
En la visión del pensador austriaco, algo parecido sucede con la medicina. Por ejemplo, para saber qué le está pasando, una persona enferma debe exponer sus malestares a la validación de un profesional que por lo regular lo escucha en el marco de saberes que ha aprendido previamente.
“Conforme los saberes vernáculos son conquistados por la lógica de la economía, los especialistas construyen sistemas autorreferentes, por lo que hoy es más común que los médicos escuchen menos la experiencia de sus pacientes y que las personas enfermas se vuelvan más dependientes de una serie de tratamientos, medicamentos... que van debilitando su capacidad para habitar la enfermedad de forma autónoma, escuchar lo que les dice su cuerpo y deducir conclusiones de ello. En ese sentido, la crítica de Illich tanto a la educación como a la medicina presagia un tema que desarrollaría en su época de madurez: el ocaso de los saberes vernáculos y la colonización de éstos por el orden de la economía formal, el cual, a final de cuentas, los absorbe y convierte en mercancías.”
Por eso, a decir del investigador de la UNAM, Illich reivindicaría la necesidad de proteger ese ámbito vernáculo de los ámbitos del mercado y el Estado.
“Él nunca dijo que había que desaparecer lo que el mercado y el Estado hacen, pero sí se refirió a la necesidad de preservar una frontera que salvaguarde los saberes vernáculos, gracias a los cuales las comunidades y las personas construyen capacidades para hacerse cargo de sí mismas. Por consiguiente, resguardar los saberes vernáculos también significa resguardar las capacidades para la autogestión y la autonomía.”
Tecnología
En la década de los 90, Illich intensificó sus reflexiones sobre el advenimiento de la era de los sistemas como nuevo factor de colonización de los saberes vernáculos (aparte de la economía y el Estado) y presagió cosas que estamos viendo ahora, como la manera en la que el celular, las redes sociales y, más recientemente, la Inteligencia Artificial se han vuelto interfaces o puentes para establecer relaciones con los demás.
“Así pues, en su crítica incluyó, al lado de la educación y la medicina, la tecnología y determinó que lo que hacen estos instrumentos es continuar jugando, de forma perversa, el papel que la Iglesia católica se dio a sí misma como mediadora para la salvación de la gente común. O sea, para Illich, el fondo de la cuestión también es teológico. En su opinión, hoy cada vez resulta más difícil relacionarnos con nuestra condición vulnerable, que aparece en el no saber, el preguntar, el padecer o el conversar..., si no es por medio de estos instrumentos que suplantan a los sacerdotes como administradores de los sacramentos y que representan una estructura salvadora o redentora que promete redimirnos de nuestras incapacidades, pero que termina volviéndonos más vulnerables y dependientes de ella”, finaliza Mondragón Velázquez.
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