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Cuando salió del mutismo que lo atrapó los últimos veinte años de su vida, Valéry Larbaud sólo dijo: “Buenas tardes a las cosas de aquí abajo.”
Cuando desapareció sobre el mar Mediterráneo, Antoine de Saint-Exupéry tenía cuarenta y cuatro años y volaba un Lockheed P-38 Lightning. Una vidente checa le había advertido: “Evite el mar a partir de los cuarenta años.”
Cuando Roberto Arlt murió, el féretro con sus restos salió con grúa del departamento donde el escritor vivía. Buenos Aires contuvo la respiración.
Cuando Antón Chéjov murió, su cadáver fue etiquetado erróneamente en el tren que lo transportó. “Ostras frescas”, se podía leer con caligrafía burda en su ataúd.
Cuando Dylan Thomas murió, su editor James Laughlin identificó el cuerpo y tuvo que explicar qué significa ser un poeta. “Escribía poesía”, reza el acta de defunción.
Cuando Robert Walser murió, unos niños hallaron su cuerpo congelado en la nieve navideña. El bombín caído era el punto que cerraba su biografía de paseante impenitente.
Cuando murió, Peter Altenberg tenía una vasta colección de dibujos y fotografías de muchachas amasada a través de los años. Las sombras le brindaron suaves caricias juveniles.
Cuando murió, Sherwood Anderson mitigaba su sed con martinis a bordo de un crucero. El estruendo del mar a su alrededor no logró imponerse a la quietud rural de Winesburg, Ohio.
Cuando murió, Wystan Hugh Auden recordaba la lágrima solitaria que había derramado por Chester Kallman en Venecia. Al fin ha llegado la hora de detener los relojes, caviló.
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