El Estadio Azteca ocupa ya un lugar único en la historia del futbol. Ningún otro inmueble había inaugurado tres Copas del Mundo y hoy México debe estar orgulloso de eso. La capital se convirtió en el escaparate global de un evento que mueve pasiones, identidades y emociones como muy pocos. La victoria de México 2-0 contra Sudáfrica ayudó a completar una tarde que millones de aficionados esperaron durante años y que para varias generaciones representó la posibilidad de reencontrarse con una parte importante de la memoria colectiva del país.
La imagen del Azteca renovado, las referencias inevitables a Pelé, Maradona y los mundiales de 1970 y 1986, así como el entusiasmo de miles de aficionados que llegaron desde distintas partes del país y del extranjero, le dieron a la inauguración el tono que la FIFA y el Grupo Ollamani —propietario del Estadio Azteca—, de Emilio Azcárraga, buscaban proyectar. Sin embargo, conforme avanzó el día comenzaron a aparecer problemas que contrastaron con una organización impecable y una experiencia de clase mundial.
Los accesos al estadio registraron complicaciones, las revisiones fueron lentas en distintos puntos de ingreso y las vialidades volvieron a exhibir limitaciones que ya habían sido advertidas desde meses atrás por especialistas y autoridades locales. También hubo quejas relacionadas con la ubicación de los asientos y con la logística para ingresar a ciertas zonas del inmueble. Ninguno de estos incidentes opacó completamente la ceremonia ni el resultado deportivo, pero sí dejó evidencia de que la organización distó de ser perfecta en el partido más importante que tendrá la Ciudad de México durante este Mundial.
La inconformidad más visible tuvo que ver con el precio de los boletos. La FIFA decidió llevar al extremo su estrategia comercial para la Copa del Mundo de 2026. Los paquetes denominados Hospitality alcanzaron precios superiores a los 100 mil pesos y muchos compradores descubrieron que las ubicaciones asignadas no correspondían a la experiencia premium que les vendieron al momento de realizar el pago. La molestia fue evidente entre aficionados que desembolsaron cantidades equivalentes a varios meses de salario promedio para terminar en zonas muy alejadas de la cancha.
La discusión llegó a la conferencia de prensa previa a la inauguración. Gianni Infantino defendió los precios argumentando que corresponden a la realidad del mercado estadounidense y que vender entradas más baratas habría favorecido a los revendedores. El problema para el dirigente de la FIFA es que la crítica ya no proviene únicamente de aficionados o periodistas. Su “amigo”, el presidente Donald Trump, declaró esta semana que no pagaría mil dólares para asistir a un partido del Mundial. La crítica es relevante porque proviene del presidente de uno de los países anfitriones y de alguien que ha mantenido una relación cercana con Infantino.
Al final, la inauguración dejó dos historias paralelas. La primera es la de un estadio legendario que volvió a convertirse en protagonista de un momento histórico para México y para el futbol mundial. La segunda es la de una FIFA que ha perfeccionado como nunca antes la explotación comercial de su producto más rentable. Y así, mientras los aficionados celebraban el regreso de la Copa del Mundo y una victoria de la Selección Mexicana, los verdaderos ganadores de la jornada seguían siendo los de siempre: la FIFA, los patrocinadores globales, las televisoras y los dueños de los derechos comerciales. El Azteca aportó la nostalgia. México puso la pasión. La FIFA hizo el gran, gran negocio.
@MarioMal

