El de la educación es el tema. Y llevamos siglos sin poder exorcizarlo. Como humanidad, digo. La educación fue la obsesión de la antigua Grecia y el eje del proyecto político de Platón. A esa adicción griega, el filólogo Werner Jaeger dedicó su monumental Paideia, publicada por el FCE en traducción de Joaquín Xirau y Wenceslao Roces.

En fin. Que si la educación es la clave. Que si es el remedio a cualquier amenaza. Que si es el gran desafío; pero que lo estamos afrontando. Que si es la solución absoluta al rezago. Todo eso se nota en el gasto que los gobiernos del mundo le destinan.

Según datos de la OCDE (2024), México asigna al rubro 13% del presupuesto federal, lo mismo que Argentina y un poco menos que Chile (15%). Perú está por encima, con 19%. Esta semana, por ejemplo, Reporte Índigo reveló que el proyecto de la nueva escuela mexicana a cargo del doctor Marx Arriaga erogó, tan sólo en cinco años, 4,700 millones de pesos. Claramente, hay dinero; pero no basta.

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Plantón de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) afuera de la Secretaría de Educación Pública (SEP). Foto: Luis Camacho / EL UNIVERSAL
Plantón de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) afuera de la Secretaría de Educación Pública (SEP). Foto: Luis Camacho / EL UNIVERSAL

¿Cuál es el reto de la educación en México? Para intentar responder es sensato omitir la circunstancia de numerosos planteles escolares en nuestro país, carentes de lo elemental.

¿Qué pasa dónde sí puede haber clases? ¿Qué materias se imparten, a la luz de qué material, considerando qué objetivos y a cargo de qué profesores? Hace no mucho, a propósito de los nuevos materiales educativos –también bajo responsabilidad del doctor Arriaga–, circularon en internet imágenes de antiquísimos libros de texto gratuitos.

En el índice correspondiente al libro de lecturas de 1974 para esa vieja materia que muchos conocimos como «español» desfilaban nombres familiares: Tablada, Reyes, De Ibarborou, Alberti, Mistral, Storni y el reciente Cervantes, Gonzalo Celorio. También vimos pasar páginas iluminadas por Siqueiros, Tamayo, Fernando Leal, Saturnino Herrán, Alfredo Zalce y otros pintores que atendieron al llamado de la SEP para ceder su obra o pintar exprofeso.

El proyecto de aquellos libros corrió a cargo de Jaime Torres Bodet y vio la luz en 1959. Ante el riesgo latente de ideologizar la educación y obstruir la libertad bibliográfica, hubo quien se opuso. En sus memorias, el poeta escribió: «[a pesar del rechazo] no habría ya en nuestro país, en lo sucesivo, niño que careciese del material de lectura que todo estudio requiere».

Y era verdad. En esas páginas uno se topaba con autores clásicos; indispensables, los calificarían algunos. A falta de bibliotecas públicas, los libros de texto gratuitos hacían de acervo mínimo para cada niño.

El paso del tiempo –y vaya usted a saber qué otros motivos– frustraron el sueño de Torres Bodet. Cuatro décadas después, a fines de los noventa, los libros eran ya comidilla para pedagogos y científicos de distinta estirpe. Luego, en 2013, la mofa encontró un motivo delirante: los célebres 117 yerros ortográficos.

“Es un error imperdonable –lamentó hasta el paroxismo Emilio Chuayffet, entonces cabeza de la SEP–, pero mayor error hubiera sido callarnos. No puede existir calidad educativa si los textos no son herramientas que ayuden a pensar adecuadamente”.

Su mea culpa se convirtió en súplica y pidió a la Academia Mexicana de la Lengua –dirigida por el poeta Jaime Labastida– que revisaran de pe a pa los 86 libros de texto e hicieran un diagnóstico. Al año siguiente, el 29 de mayo de 2014, en una tensa ceremonia en la sede de la AML, Labastida entregó el reporte y leyó un punzante discurso que podría servir hoy para deshacer el nudo gordiano de la educación.

“Educar –aclaró al empezar– implica un proceso continuo; creer que se ha llegado a un punto definitivo es condenar a la educación al estancamiento. La vida nos exige crear nuevos instrumentos, poner al día métodos que respondan a cuanto el mundo moderno nos propone”.

El hallazgo más preocupante, siguió el poeta sinaloense, no consistía en errores ortográficos ni gramaticales, sino en la incapacidad del material para propiciar en el pequeño lector el deseo de buscar, descubrir y atreverse a pensar. El énfasis, dijo, estaba puesto en la memoria, “o sea, en proporcionar a los educandos una información a la que tienen acceso, hoy, sin problema alguno, por medio de las fuentes que se hallan en la nube electrónica”.

La niñez es un momento breve, pero relevante. Es cuando el niño decide, sin ser del todo consciente, las constantes que lo perseguirán hasta su muerte. A juicio de Labastida, en vez de generar la inquietud, la duda y el asombro, esos libros “ponen énfasis en lo que puede ser llamado ‘saber’ pero no indagación; se trata de libros que acentúan las respuestas y no las preguntas, los resultados y no los métodos”.

Al terminar, el director de la AML quemó las naves. “Es, sin duda, un atrevimiento lo que ahora diré; pero, me parece posible que para obtener los mejores resultados sea necesario restar, quiero decir, no aspirar a una enseñanza enciclopédica sino a una enseñanza funcional, que subraye lo que es esencial. Lo menos habrá de ser más: menos materias, pero más énfasis en la duda y en la imaginación, menos horas de clase dedicadas al aprendizaje de conocimientos que se adquieren por medios electrónicos; pero más horas de lectura al día. La Academia quisiera proponer a la Secretaría su colaboración estrecha para hacer libros de lectura que despierten la imaginación, la sensibilidad, la inteligencia; en suma, la posibilidad de que los niños, adultos ya, continúen toda su vida resolviendo los problemas que la sociedad actual nos propone”.

Sabemos que la propuesta no se aceptó y que la nueva escuela mexicana ni siquiera la conoce. Sabemos también que hay un choque ideológico al interior de la SEP y que su actual titular propuso adelantar las vacaciones por el mundial (habrá cancelaciones de curso anticipadas aquí y allá). Sabemos que la CNTE es una amenaza constante. Sabemos que muchas escuelas carecen de lo fundamental. Sabemos un montón de cosas sobre la precariedad educativa. Pero sólo sabemos.

¿Será posible remediar las deficiencias de la educación en México? ¿Habrá modo de superar lo que la nueva escuela mexicana y otros involucrados parecen empeñados en perpetuar? Uso un poema de José Emilio Pacheco para responder. “Nuestra generación se malogró. Como todas. / Ahora supones que te salvarás, / que para ti no existe el fracaso. / Adelante. / Te espero a los cincuenta años”.

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