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Ahora sí que, como diría la Condesa del Arauca, pasé de inquieto a bullanguero ¡y por poco acabo de embelequero! El periplo musical con que cerré el mes de mayo no pudo haber sido más intenso: pisé por primera vez tierras nayaritas, regresé a mi amadísima Guadalajara y –algo inusual en mí, pues rara vez asisto-, hasta al cine fui. Les cuento.
El Festival Amado Nervo (FAN) decidió enriquecer su programación incluyendo una ópera, género que, hasta donde he podido averiguar gracias a las indagaciones del historiador Enrique de Aguinaga, no se ofrecía “como debe ser” en Tepic desde “hará unos cien años”. Está el registro de que, a finales del siglo 19 se montó La favorita, de Donizetti y, años después, Atala, de Meneses, en el desaparecido Teatro Calderón.
Conscientes de su falta de oficio y experiencia operística, los directivos del FAN contactaron a Escena 77 –esa productora de la que he consignado diversos montajes, realizados en Sinaloa y el Estado de México-, y optaron por un programa que fuera “de fácil digestión” para un público que, lo más probable, es que tendría con él su primer contacto con este género. Acabaron decantándose por un par de títulos cuya brevedad y unidad estilística ha propiciado que suelan presentarse juntos bajo la apócope Cav/Pag: Cavalleria rusticana de Pietro Mascagni, y Pagliacci, de Ruggero Leoncavallo, que fueron representados en el Teatro del Pueblo los días 27 y 28 de mayo.
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Aquello fue todo un acontecimiento artístico, histórico y social. Para lograrlo debieron conjuntar talentos provenientes de diversas partes del país y, así como los hubo con gran experiencia, como el Coro Ángela Peralta de Mazatlán que dirige María Murillo, otros evidenciaron su novatez, como la Camerata Nayarit, que participaba por primera vez en una ópera… y se notó. Afortunadamente, dicho ensamble fue reforzado desde el escenario por los pianistas Juan Pablo García y Sergio Castellanos, en tanto que los atrilistas tocaron delante de la primera hilera de butacas, pues el teatro carece de foso. La escenografía de Alessi Quintero no pudo ser más sencilla –y aun así batallaron para montarla-, Agustín Martínez firmó la coreografía e hizo milagros con la iluminación, y Liliana Escobedo y Axiel Martínez se hicieron cargo de vestir y maquillar al elenco.
La concertación fue encomendada a Teresa Rodríguez, quien hizo alarde de paciencia y comprensión para sacar adelante las cosas “con lo que hay” y de la mejor manera, y Rodrigo Caravantes marcó un trazo escénico tradicional, sin más innovación que ambientar Pagliacci en el siglo pasado, durante los años en que floreció el movimiento hippie, propiciando el humor involuntario ante la caracterización de algunos personajes, como Silvio, pues no sabíamos si con esa peluca Emmanuel Sánchez estaba rindiendo tributo a Albertano… o a Rigo Tovar.
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Celebro haber asistido a ambas funciones, pues la diferencia entre una y otra fue abismal: la del 27 fue, en realidad, una suerte de “ensayo general” ya que contaron solamente con la víspera para probarse in situ. Ese primer día fue sumamente notoria la diferencia entre lo que ocurría sobre el escenario, y lo que sonaba abajo. Cantantes y comparsas sabían qué hacer, pero la orquesta parecía estar desollando un gato, y qué tanto les habrá impactado constatar que aquello no era un hueso, que no sé si estudiaron toda la noche, pero, al otro día, su resultado fue muy superior. Vamos: tampoco eran la orquesta de la Scala, pero ya se reconocía lo que tocaban y, con ello, los cantantes ganaron seguridad y mejoraron su desempeño.
Las funciones iniciaban con Pagliacci, y además de Sánchez, los roles principales estuvieron a cargo de Manuel Ríos, cuyo Beppe cobró realmente vida al entonar la serenata que, como Arlequín, le canta a Colombina; Pablo Aranday fue un siniestro y espléndido Tonio y –además de ser la productora ejecutiva del proyecto- Patricia Pérez cimbró al público cuando su Nedda se besó con Silvio. La sorpresa para mí ocurrió el 28, cuando un “talento local” al que hasta entonces desconocía, Emmanuel Martín del Campo, superó su nerviosismo del estreno y nos estremeció con su desgarradora interpretación de Vesti la giubba. Aranday fue el único que dobleteó, al ser el Alfio en Cavalleria…, título que encabezó con Mayela López como Santuzza -conmovedora, durante el Inneggiamo- y Miguel Frausto, un tenor colimote de bello timbre, cuyo bien resuelto Turiddu me dejó con ganas de escucharle más roles.
No hay viaje completo sin alguna chusquez, y ésta es la que atesoro de mi primera visita a Tepic: el FAN tuvo la gentileza de invitarme a impartir una charla sobre estas óperas en la Escuela Superior de Música, a las tres de la tarde del día 28. “A esa hora no va a llegar nadie”, vaticinó mi querido Pedro Luis de Aguinaga y acertó. Accedí a postergarla una hora y, al regresar, el barullo que emanaba del aula nos hacía inferir que, ahora sí, tendría público. Lo que jamás imaginé, es que el salón estaría lleno de niños de unos diez años en promedio, así que tuve que ponerme rápidamente el chip de “la hija que no tuvieron La Miss Alcaraz y Cachirulo”, para hablarles sobre estas tramas que –veristas al fin- pecan de truculentas.
No pude gozar de un mejor final de viaje que el vivido al día siguiente en Guadalajara, durante la clausura del Festival de Mayo, a cargo de la Filarmónica de Jalisco. Su programa honraba a dos entrañables amigos, los dos Juanes más queridos de la Viena de finales del 19: Johannes Brahms y Johann Strauss II.
Del primero, Lilya Zilberstein recreó apabullantemente su Primer Concierto para piano, en re menor, Op. 15, haciendo alarde una vez más de ese bellísimo y robusto sonido con el que puede rivalizar con toda una orquesta. Si tuviera que ceñirme a una sola palabra para adjetivar cada uno de los tres movimientos, estas serían pasión, introspección y virtuosismo, con la certeza de que se resignifican en manos de Zilberstein, cobrando nuevo brillo.
El concertador fue otro Juan, Johannes Wilder, quien acompañó a Zilberstein más respetuosamente que a su solista de la semana anterior; mérito que no menguó su lucimiento durante las obras de Strauss elegidas para una segunda parte en la que reconozco un par de aciertos más: intercaló clásicos como el Vals Emperador y la polka Unter Donner und Blitz con obras poco escuchadas, como la obertura Die Waldmeister, las czardas de la ópera Ritter Pazman y el vals Seid umschlungen, Millionen!, dedicado a Brahms. Además, logró generar en el público el entusiasmo, sentido de pertenencia y orgullo que solamente pueden propiciar la certeza de contar con la mejor orquesta del país… y un festival a la par de ello.
De vuelta a Chilangolandia, el 31 asistí al cierre de la Muestra de Cine Español, en la Sala 6 del Cinépolis Diana. El título proyectado fue Lucia de Lammermoor de Donizetti, en la producción del Teatro Real que, en 2018, contó con un Javier Camarena en su mejor momento y una Lisette Oropesa cuya escena de la locura no tiene parangón.
¿Quién dice que la ópera y la música clásica, están al borde de la desaparición?
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