[Publicidad]
No conozco tan a fondo a Arnaldo, como para atreverme a describir la estructura de su carácter. Tampoco soy un crítico de arte, como para referirme a su obra con la autoridad de quien la ha estudiado y analizado con detalle. Sobre ésta, sólo diré que la disfruto, pues la encuentro provocadora y me genera distintas emociones, que llamaron poderosamente mi atención desde hace tiempo.
De su persona, en cambio, puedo decir algo más. Con el tiempo, pude formarme una idea de quién encarna al artista: un creador sin límite.
A Arnaldo se le identifica con esa generación que decide no seguir los cánones de la Escuela Mexicana de Pintura: la Generación de la Ruptura. Una generación que emerge con fuerza a principios de la segunda mitad del siglo pasado y que opta por el camino de su libertad, para poder expresarse a plenitud. La ruptura fue -según él mismo me dijo alguna vez- más una búsqueda de libertad que un enfrentamiento con los muralistas.
Atrevido, sin ataduras, obsesionado con su libertad, Arnaldo Coen ejerce el desorden. Hace escenografías con cuerpos humanos pintados y dice cosas que no necesariamente se habían dicho, en el lenguaje propio de su obra artística. No cabe duda: altera el orden para ejercer su libertad, sea desde el lenguaje abstracto o figurativo. Se apoya en la geometría para transmitir lo que no se ve ni se toca.
Su entorno familiar fue siempre estimulante y culto. Pienso que ha ejercido una influencia importante en su obra. Su abuela, Fanny Anitúa, fue una reconocida mezzosoprano en cuya casa tuvo su primer estudio. Su padre, Arrigo Coen, un connotado lingüista, defensor de nuestro idioma. Su esposa es la destacada galerista María de Lourdes Sosa. Arnaldo Coen ha desarrollado su capacidad artística y su talento con estricta libertad. Es un explorador de sus propios límites cuya creatividad no deja de sorprendernos. Este Confabulario reconoce a un artista libre y fecundo, cuya obra -lo cito textualmente- no tiene fecha de nacimiento ni de caducidad.
[Publicidad]


