Lo que Arnaldo Coen y Felipe Leal comparten en su libro Conversación sobre arte y arquitectura es mucho más que un intercambio de ideas, un rico diálogo o una cátedra entre dos eruditos. Lo que hacen es invitarnos a su mesa para emprender una especie de viaje hacia su conocimiento, su memoria, su experiencia y tejer mediante la palabra ellos, y la imaginación sus lectores, un gran mosaico donde artistas de disciplinas hermanadas de todos los tiempos se encuentran.

Lejos de un lenguaje académico el pintor y el arquitecto hacen un homenaje al arte y al placer de la conversación que permite imaginarnos en esa mesa colectiva para reflexionar sobre el espacio y el tiempo, el vacío, la forma, la perspectiva, la comunión con la naturaleza, la luz y la sombra, el punto de fuga, la magia de ciertas atmósferas, la estética de la geometría, el cuadro y la escultura, el rescate del horizonte, el trazo como gesto espontáneo o como caricia, sueños que se materializan.

Poco a poco invitan a la mesa a las y los escultores, artistas, arquitectas y arquitectos que han sido significativos en el diálogo entre estas disciplinas, pero también en la vida y obra personal de los autores del libro.

Está presente Luis G. Serrano, que le descubrió a Coen la perspectiva curvilínea. Presencia fundamental en la obra del pintor, llega desde el Renacimiento temprano Paolo Uccello el que le enseñó la estructura arquitectónica del cuadro y el manejo genial de los puntos de fuga en obras como La batalla de San Romano que se exhibe en la National Gallery de Londres y que vimos reflejada en los lienzos que hizo Arnaldo basados en esta pieza cuando expuso su obra hace un par de años en el Museo de Arte Moderno.

Acerca del espacio-tiempo, conceptos fundamentales en el arte y la arquitectura, Arnaldo advierte que en medio de la vorágine constructora urbana que vivimos, nos hemos olvidado del entorno. Se extiende: “Las ciudades nos han hecho perder el sentido de integración con la naturaleza, estamos entre muros, y en mi apreciación, perdemos nuestra propia escala y nos volvemos soberbios”. Propone reconciliarnos con la naturaleza, ver más allá, hacia afuera y “rescatar el horizonte que nos ubica en la escala de lo que realmente somos”.

De pronto convocan a Paul Cézanne quien, para Coen, encontró la geometría del tiempo, es decir, hacía en cada obra una suma de diferentes instantes. Y nos revela algo asombroso, que el pintor francés descubrió, más o menos en la misma fecha que Einstein, el concepto de espacio-tiempo que es la temporalidad simultánea, factor que influirá poco después en el cubismo.

Leal invita a la mesa al maestro portugués Álvaro Siza para profundizar sobre el trazo, acción compartida entre arquitectura y pintura que, para Coen, es el movimiento de la muñeca que pasa de la timidez inicial a la caricia y concluye como un acto amoroso.

El espacio arquitectónico dentro de la pintura lleva a toda una revisión sobre la obra de artistas como Andrew Wyeth. De pronto, irrumpe en la mesa Mark Rothko, un místico de la plástica cuya Capilla en Houston es ejemplo supremo de la fusión arquitectura-pintura. Se suman Juan O‘Gorman, que convirtió a la Biblioteca de la UNAM en un gran lienzo y, por supuesto, Siqueiros, por su extraordinario análisis geométrico y analítico para intervenir espacios arquitectónicos a través de la poliangularidad.

La creatividad atraviesa todos estos temas y Domingo Porta interviene en la conversación con su máxima: “Desarrolla una idea, deconstrúyela y tendrás poesía, añádele audio y nace la música, congélala y verás arquitectura”. Coen coincide: “cuando se congela el sonido, eso es arquitectura”. Y remata con una definición: “La arquitectura es la investidura de diferentes estados de ánimo. Es como el traje hecho por un arquitecto. Es quien debe captar el espíritu del espacio para a través del vestido darle identidad y sentido”.

Paul Klee se integra a la plática como constructor de espacios arquitectónicos en su pintura, como creador de textos acerca de lo espiritual en el arte y en torno al punto y la línea sobre el plano. Arnaldo lo considera su alter ego porque, dice, le enseñó a estructurar el espacio. Luego se suman a la conversación escultores como Auguste Rodin, Aristide Maillol, Brancusi, Giacometti…y tras ellos, Henry Moore, maestro del volumen, el vacío y la oquedad. Sus formas, comenta Coen, “son para mí una interacción entre el cuerpo humano y el paisaje”. Llegan también Alexander Calder, pionero en la creación de los móviles que transformó la escultura al introducir el movimiento físico para crear piezas dinámicas y lúdicas que interactúan con su entorno. Le acompañan Helen Escobedo, Zaha Hadid, Gae Auelnti, Renzo Piamo, Tadao Ando…Y Eduardo Chillida, autor de El peine del viento, quien logró capturar el vacío al integrar sus obras de forma armoniosa con el paisaje.

Una de las delicias del libro son las historias personales de los autores en relación con los artistas invitados. La de Arnaldo con Paul Klee o la de Felipe Leal con Chillida, por ejemplo, son memorables. Pienso en eso cuando se introduce en la mesa Richard Serra cuya escultura, leo: “es monumentalidad habitable, envolvente y sensorial”.

Así, en solo 56 páginas, los autores nos regalan una especie de masterclass llena de inteligencia y sentido; rescatan el diálogo como forma de conocimiento; tejen con historia, anécdotas, referencias puntuales y luminosas, la hermandad entre pintura, escultura, arquitectura y artes visuales. Felipe Leal se muestra, una vez más como un gran entrevistador cuyas preguntas dan pie para que Arnaldo Coen comparta con frescura lo que sabe, lo que siente, sus preferencias artísticas y momentos significativos visitando museos de todo el mundo.

Grandes conversadores los dos nos invitan a reflexionar y tejer nuestras propias experiencias con el arte y la arquitectura que vivimos todos los días en la realidad real cuando apagamos las pantallas digitales. Nos alejan de la vulgaridad a la que nos someten los líderes políticos de hoy todos los días, para elevar el nivel en el uso de la palabra y para imaginar que reunirnos alrededor de un pequeño gran libro es como encender una fogata en medio de la oscuridad.

(Fragmento del texto leído en la presentación del libro en el Seminario de Cultura Mexicana, en noviembre de 2025).

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