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A Carlos Ulises Mata
El arquitecto Teodoro González de León, cuyo centenario se festeja este fin de mes de mayo de 2026, me agradeció, cuando empecé a escribir sobre Curzio Malaparte (1898–1957) que lo hiciera, porque le quitaba un peso de encima. En su juventud y aún después, decía Teodoro, leer a Malaparte era leer a uno de aquellos autores que no quedaba claro si estaban dentro o fuera de la “buena literatura”, o retenidos en esa frontera ardua de cruzar para un joven lector deseoso de hacerse notar por su buen gusto. Malaparte le hacía compañía como pasajero en tránsito o como detenido por prisión preventiva oficiosa, a su compatriota Giovanni Papini, al hoy aclamadísimo Stefan Zweig (de larga travesía en el desierto y rescatado desde Barcelona por Jaume Vallcorba), a Ayn Rand (sus méritos literarios siguen en solfa, pero como profetisa de la extrema derecha se ha vuelto materia de la industria académica) y a algunos otros que han ido saliendo, o no, de aquel purgatorio.
En parte gracias a su estrambótica carrera política –de Benito Mussolini a Mao Tse–Tung– un Malaparte es reeditado hoy día, no sólo en una Italia que lo tenía por apestado, sino en París, donde se restauran con maestría las virginidades políticas y hasta en Nueva York, donde la editorial de The New York Review of Books, a contracorriente de la apatía anglosajona ante las traducciones, está reeditando no sólo varios libros del italiano de origen alemán, sino apenas en 2025, sacó de sus prensas la gran biografía de Malaparte, de Maurizio Serra, aparecida en 2011.
Quien relea Kaputt (1944) y La piel (1949) se encontrará con un gran prosista, además de ser un filósofo cínico, difícil de tragar en aquel mundo bipolar en que Alemania acababa de ser derrotada por los Estados Unidos y la Unión Soviética, lo cual para Malaparte, era el fin de una edad: “Para nosotros los europeos, hay algo inadmisible en la victoria de los rusos y de los anglosajones”.
Es natural entonces que el XXI, siglo donde los dictadores se han vuelto monstruosamente cómicos y cambian de ideología, si la tienen, un día sí y otro también, acoja con regocijo a un Malaparte, quien sirvió a Mussolini camaleónico y se rio de él, pintó un Lenin grotesco y al final, se convenció de la generosidad de Mao porque las virtudes tiránicas, propias del cristianismo, religión de espada, según él, siempre lo obsesionaron.
Malaparte fue un güelfo, amigo, antes que nadie, de todos los papas, habiendo servido de joven en el antiguo Palacio papal de Aviñón. Y sí, el autor de Técnica del golpe de Estado (1931) estaba convencido de que era el marxismo el responsable de haber hecho de sus tiempos los de nuevas guerras de religión y por ello, no encontró mejor oficio que ofrecer sus servicios como condotiero intelectual. Tras su “desfascistización” (en efecto, el Fascio castigó su irreverencia con arrestos y confinamientos) busca ingresar al Partido Comunista Italiano y aunque rechazado al principio, gozó de la protección de Palmiro Togliatti, su histórico secretario general.
Las convicciones militantes no eran, cínicamente, lo suyo. En el póstumo Diario de un extranjero en París, reeditado por Tusquets en 2014 y cuya existencia se me escapó en su momento, siendo el motivo de estas páginas, afirma Malaparte, por ejemplo, que en la Historia (no la había sin mayúsculas para el nacido en Prato como Kurt Erich Suckert) todo es relativo y depende de acertar en el sentido de la oportunidad.
Burlándose de los parisinos, que en 1947 se sentían, facundia y fantasía mediante, los únicos resistentes de Europa, dijo Malaparte, que si en septiembre de 1943, en vez de esperar que lo liberasen los alemanes, el Duce hubiese, él también, cambiado de bando, yéndose a las montañas para combatir al exaliado e invasor nazi, acaso se habría sentado en la mesa de los vencedores o, al menos, evitado su linchamiento. Lo mismo en 1942, cuando “comienza oficialmente la colaboración, [si] el mariscal Pétain se hubiera puesto al frente de la resistencia contra los alemanes ¡qué no hubiera pasado! ¡El héroe de Verdún al mando del ejército partisano que combate a los alemanes! Pero todo cuanto digo ahora se malinterpreta como las palabras de un colaboracionista”.
Ocurre que Mussolini y Pétain, jefes del siglo pasado, tenían convicciones y por eso murieron en la ignominia, mientras el condotiero Malaparte, de alma medieval, recorría Europa de este a oeste y de norte a sur, ofreciendo su inteligencia al mejor postor. Le gustaban las bellas banderas y nunca encontró que la democracia, que era lo único que detestaba, las tuviera, por ello nunca se ofreció a servirla.
Priva en Francia, se lee en Diario de un extranjero en París, un orgullo postizo por haber derrotado a los alemanes, cuando quienes los libraron de Hitler fueron los estadounidenses y los soviéticos, siendo Malaparte de la opinión de que el cristianismo alemán, la espada luterana, era más fuerte que el dulzón cristianismo francés, echado a perder por Descartes, el jansenismo y la Ilustración: “¿De qué sirve el cartesianismo en un país católico?” Lo decía un creyente escasamente devoto para quien todo el horror de las guerras seculares había sido incubado por la Iglesia Católica y no había policía secreta que no fuera consecuencia de las prácticas y enseñanzas de la Compañía de Jesús, su bestia negra.
De haber vivido unos pocos años más, Malaparte habría rechazado violentamente “la banalidad del mal” teorizada por Hannah Arendt o, al menos, “la obediencia debida” argüida por la defensa de Adolf Eichmann en su juicio de 1961 en Jerusalén. Los crímenes alemanes fueron cometidos, según Malaparte, a conciencia, en nombre de la metafísica cristiana.
Escrito al amparo explícito de las Memorias de Ultratumba, del vizconde de Chateaubriand, el Diario de un extranjero en París culmina con una fabulosa escena de la preguerra, en el verano de 1938, en el fallido baile del conde Pecci–Blunt, un millonario estadounidense y judío converso, casado con una nieta de León XIII, persona muy cercana a Malaparte. Su suntuoso baile abría cada estación del año con un banquete de cien mesas y cuatrocientos invitados provenientes de toda la nobleza europea.
Pero ese verano, al decretarse las leyes antisemitas en Italia, todos sus linajudos invitados, salvo Malaparte y una amiga, cancelaron por temor a represalias. Llegaron así el escritor y la princesa Jane, se escondieron tras unos arbustos y vieron que los Pecci–Blunt habían hecho todo como si estuviesen rodeados de todas sus amistades, ese día indispuestas o aterrorizadas. Cenaron solos y en solitario disfrutaron de los espectáculos pirotécnicos y de las batallas simuladas, al estilo del Gran Siglo. Al final, Malaparte quiso saludar a la perseverante pareja y mostrar que ellos si se habían atrevido a asistir. Su amiga se negó: “si nos ven, se darán cuenta de que están solos”.
Curzio Malaparte, sin ser judío ni tampoco antisemita, denunció los horrores del Holocausto. Se convirtió, en aquella fiesta, junto a su amiga, en quien desafiaba, inesperadamente, las leyes raciales del Duce.
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