Como algunos otros pocos curiosos, me enteré de la existencia del ginebrino Charles–Albert Cingria (1883–1954) por una carta de André Pieyre de Mandiargues a Jean Paulhan, del 14 de mayo de 1958, en la cual el primero aparece feliz de haber conocido, gracias a Octavio Paz y en México, a Alfonso Reyes, a quien encuentra “de la edad y de la especie de Ungaretti o de Cingria, con un aire de viejo chino”.

Al año siguiente, murió Reyes y Mandiargues publicó un obituario del mexicano en la Nouvelle Revue Française, lo cual, ya se ha dicho, debió ser un consuelo amargo para el difunto –de haberse enterado– pues presumía de haber sido, hacia 1909, el primer suscriptor de la NRF. Afecto no correspondido pues aquella revista nunca se preocupó de las remotas letras mexicanas.

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Crédito: Bibliothèque de Genève
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Me he convertido, gracias a esa mención de Mandiargues, en un ávido coleccionista de los libros del suizo con orígenes en Dalmacia y Polonia, un emblemático autor de culto que, a su muerte fue recordado con gran emoción por los escritores de la NRF, aunque aparte de Bois sec Bois vert (1948) y más recientemente, de La Grande Ourse, sigue siendo un autor suizo de lengua francesa de escasa difusión fuera de su patria. Quizás no haya sido traducido al español: a mí me gustaría hacerlo porque Cingria es uno de esos autores difíciles que sólo revelan su secreto mediante ese ejercicio supremo.

Mis lecturas de Cingria han sido fieles a su origen y no dejo de compararlo con Reyes. Son escritores muy distintos, aunque los une el espíritu misceláneo: uno y otro sólo se disfrutan a cabalidad hojeando al azar, en sentido adivinatorio, sus aplastantes obras completas, ocupados en varios asuntos comunes: el retratismo (que implicaba mirarse en el otro, no en el espejo, como hoy día), la viñeta de viaje, el sentido de la romanidad o la latinidad (Cingria fue biógrafo de Petrarca y amigo de la Edad Media, y don Alfonso, ya se sabe, aficionado a Grecia, aunque no olvidó a Goethe), la estampa narrativa de la gente menuda, y en fin, la erudición generosa y algo didáctica en el mexicano junto a la voluntariamente obscura y hasta pedante erudición del suizo.

Uno y otro son útiles para entender a la Antigüedad en el siglo XX, para el suizo, moderno–antimoderno, ésta era un hermoso y eficaz artificio –estudió musicología en Roma, la ciudad donde nada es lo que parece– mientras que Reyes cultivaba un humanismo más estático, ajeno a la pelea moderna tanto como se pudiese. Ambos estuvieron, hacia 1930, en la órbita de la Acción Francesa: Reyes se cuidó de difundir los comprometedores, si bien escasos elogios, que Charles Maurras le prodigó, mientras que la romanidad de Cingria fue apolítica. Detestaba el norte, amaba el Mediterráneo y lo demostró con La Voix latine, desaparecida en 1910 en medio de una pelea a puñetazos que apasionó a la prensa helvética. Aquella revista la hacía Cingria con su hermano mayor, el pintor Alexandre y con Charles–Ferdinand Ramuz.

Odiaba Cingria a su compatriota Blaise Cendrars, quien era al mundo lo que Cingria a Europa: ambos fueron viajeros impenitentes. Acabaron por odiarse: al parecer Cendrars se mofó de la discreta, aunque resuelta, homosexualidad de Cingria, quien fue puesto preso durante tres meses por un incidente similar al que le costó la vida a Pasolini, en la misma playa de Ostia, pero cincuenta y un años antes, en 1926.

¿Cómo leer al heteróclito Cingria? Según Nicolas Bouvier (1929–1998), su heredero literario en la Romandía, es decir, la Suiza francesa, Bois sec Bois vert, la más célebre y lograda de sus misceláneas es el resultado de su regreso a París, desde sus lares donde se exilió, a la Rue Bonaparte después de la guerra, en 1945 y abrió su deparmento precintado como quien viola una tumba egipcia. Lo mismo escribe la biografía de un personaje del Purgatorio, hace un elogio de las fogatas del caminante impenitente (que da título al libro) o de los picnics.

El ensayo decisivo es “Le comte des formes”, en Bois sec Bois vert donde Cingria incurre en un género –el homenaje a Roma– donde ser original es harto difícil. Sólo aquello que está roto, asegura, vale la pena mientras que una de las características falaces del Renacimiento –al que como John Ruskin detestaba– es la facilidad con la que sobrevive su impostura. No hay en ese Cingria veneración alguna por lo clásico: lo horriblemente nuevo y la fayuca (para decirlo a la mexicana) también son consustancialmente romanos para este hombre que su biógrafo Pierre–Olivier Walzer definió como un “alma antigua”. Fue de los pocos –Cingria– en decir que el destructivo siglo XX se parecía más a la Antigüedad tardía, con sus horrorosos emperadores que el Renacimiento y sus papas fantoches.

“Falaz”, “facilidad”, “fantochada”, esa clase de repetición arbitraria de palabras iniciadas con una consonante, como la que yo acabo de perpetrar, era de las cosas que a Cingria, de la escritura, le fascinaban por azarosas y por ello Bois sec Bois vert fue asociado al surrealismo, lo cual horrorizó al suizo. De todas las bellezas propias de este libro, empero, me quedaría con su elogio de los acueductos de Roma, sus venas: “El agua es probablemente la primera biblia en ser leída, y seguramente por todos, dictando la música pura e instruyendo al corazón, enseñándole los grados que han de ejercerse para la práctica y las filosofías”.

La Grande Ourse, es en cambio, un libro en apariencia autobiográfico. “Si partir es morir un poco”, el único verso que quedó de un poeta francés llamado Edmond Haraucourt, Cingria se la vivía muriéndose. Vagólatra (creo que la palabra la inventó algún traductor al español de J.K. Huysmans para referirese a quien ejerce la déambulité), el escritor quien también tiene derecho a ser contado entre los ciclistas (así como su no necesariamente admirado Petrarca pasa por ser el primer alpinista), Cingria, maestro del fragmento, escribe en La Grande Ourse (inédito hasta 2000) que Apolo viajaba de incógnito; compara a la bicicleta con la serpiente porque ambas regresan; se imagina que pedaleando con mayor rigor ha de llegarse a la luna, una ciudad con falsa reputación de satélite; toma en serio el recorrido modesto de los caracoles y consigue un empleo verificando tarifas y recorridos de los vehículos de tracción humana que en la India se llaman rick–shaw, en francés pousses–pousses antes de ser vélo–taxis, y en el centro histórico de la Ciudad de México, bicitaxis. Ese trabajo, que desempeñó en la Indochina francesa, le pareció equivalente, a Cingria, a ser el fundador de una religión.

El 1 de agosto de 1954 –día de la fiesta nacional suiza– Cingria fue ingresado de urgencia, víctima de una cirrosis alcohólica y de ella murió, en su natal Ginebra. El médico que lo atendía era un psiquiatra, también ginebrino. Alcanzaría el siglo XXI como uno entre los grandes críticos literarios: Jean Starobinski (1920–2019), quien escribió que Cingria, “tuvo la suerte de vivir la vejez como una bonificación, con una serie de incrustaciones plateadas” a la manera medieval, que adornaron su antiguo texto, volviéndolo “suntuoso”. Encontrando una fogata al final de cada camino, el vagabundo C.A. Cingria, en realidad, “nunca se movió”, concluyó Starobinski. Quizás porque estaba asido al calor, al fuego y a la luz, a lo permanente.

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