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Traducción de Sergi Pàmies
Nunca volvimos a Cox’s Bazar.
Los meses siguientes se perdieron para mí en una resaca monótona y aburrida. Estaba sin estar. Los manuales de ornitología se convirtieron en mis breviarios, seguía buscando métodos para volar.
Recuperé mi vieja bicicleta, y con ella tuve la sensación de que lo conseguiría. Salir del barrio de Gulshan sobre su sillín me pareció una ambición adecuada. Lo logré, pero al llegar a las avenidas de Daca me pareció que alcanzaba los límites del mundo. No pude cruzarlos. Así que circular en bicicleta no era volar.
Verano: cumplí trece años. Lo odié. Aquella edad anunciaba el panorama: caída, hibridez, porquerías varias. Poner mala cara daba pie a unos subtítulos inmediatos: «Tiene trece años».
Contra el vacío, solo me quedaban los pájaros. Dado que no sabía cómo aprender de ellos, me puse a contemplarlos con más empeño aún. Lo que a mí me parecía la nada, para ellos era el más fabuloso de los terrenos de juego. Allí donde no había nada, ellos aceleraban. ¿Qué es volar sino entregarse a la ebriedad del vacío?
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Intuía que aquello contenía una información crucial, pero seguía siendo inutilizable para mí. Faltaba algo. Me sentía en la piel del pintor occidental cuando se enfrentaba a la pintura del Lejano Oriente, fascinado por la revelación del vacío e incapaz de insertarla en su arte, pues ignoraba la manera de prescindir de la saturación.
Había que volver a empezar de cero. Solo deseaba eso, sin saber dónde situar el cero. Me devanaba los sesos con aquella pregunta.
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Por profunda que fuera mi ausencia, no abandoné el griego antiguo. A través de una versión, aprendí que a Hermes, el dios mensajero de pies alados, se lo podía denominar psicopompo. El psicopompo era el que acompañaba a las almas muertas en su viaje. Aquel nombre fantástico también podía convertirse en adjetivo: así, en la iconografía cristiana, existía el pájaro psicopompo, que permitía ilustrar al Espíritu Santo (la famosa paloma que dejaba a la Virgen embarazada de Jesús).
«¿Y si fuera yo?», pensé.
La Trinidad ofrecía unos puestos que había examinado a fondo. El Padre no, ese era un papel que me venía grande y que, por otro lado, desempeñaba magníficamente mi padre. El Hijo. Había pensado en ese papel entusiasmada, pero mi reciente constatación del sufri miento había puesto un rotundo punto final a aquella ambición. No me apetecía una carrera que comportara un dolor tan absoluto. El Espíritu Santo: ¿por qué no? ¿Existía alguna razón para excluir esa hipótesis? Por otro lado, ¿quién mejor que yo para serlo?
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Para aquellos que se hacen cruces frente a semejante megalomanía, tengo que precisar que, siendo un bebé, fui todavía más radical: me creía Dios. Rebajarse a ser solo el Espíritu Santo demostraba una evolución, lenta pero segura, hacia cierta modestia.
De paso, les doy las gracias a mis padres, que nunca consideraron necesario señalarme algunos límites. Así, renunciar al papel de Padre o de Hijo con el pretexto de lo masculino ni siquiera se me pasó por la cabeza. Semejantes consideraciones no existían para mí. En cuanto al Espíritu Santo, en ningún sitio se precisa su sexo, ni su edad, ni su nacionalidad, ni su naturaleza humana. Prefería que lo vieran como un pájaro. Seguí meditándolo.
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Psicopompo: no hace falta darle muchas vueltas a una palabra para que te encante. Sin ser pomposa, tenía pompa. Había que olvidar su significado para disfrutar de su extraña consonancia. Cuando la descubrí como epíteto de Hermes, di por hecho que aquel dios era el bombero del alma, función tan indispensable a mis ojos que me sorprendía que no existiera.
La pompe inicial, que ha inspirado las múltiples y variadas bombas, es el corazón. ¿Habríamos podido imaginar esa mecánica basada en las leyes del lleno y el vacío sin el constante vaivén de los ventrículos y las aurículas? Lo que hace circular nuestra sangre es un sistema de bombeo. El francés, lengua de lo más ingrata, ha connotado este verbo como lo peor de lo peor. Tu me pompes l’air! [¡Me tienes frito!], Il a pompé Victor Hugo [Ha plagiado a Victor Hugo] y el adjetivo pompette [achispado] para calificar la borrachera de un día.
Existe una confusión etimológica. La palabra neerlandesa pompe ha dado lugar a nuestro verbo pomper en el sentido mecánico, «bombear», mientras que la pompa honorífica procede del griego pompé, la «procesión». La segunda mitad de psicopompo sale de pomparios, el «acompañante», mismo origen que en pompa honorífica. No es descabellado sospechar una raíz idéntica en pempo y en pompé, que remite a la idea de impulso.
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A los trece años, comprendí que solo aquel impulso podría sacarme del estancamiento del dolor. Pero ¿qué hacer?
Examiné la mitología en busca de una solución. Entre los psicopompos famosos estaba Orfeo. Sentía devoción por él. Yo quería ser Orfeo. Para eso necesitaba una Eurídice.
—Juliette, ¿serías mi Eurídice?
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—Pero, a ver, yo no estoy muerta.
Eso era verdad. Volví a pensar en el episodio de las manos del mar: la muerta era la yo de antes. Unos meses que me parecían infranqueables me separaban de aquella persona. Yo era la tumba de aquella muerta. Para volver a encontrarla, cruzar el río de los Infiernos me parecía menos difícil que para Orfeo no mirar a la difunta. Semejante tarea me superaba.
«No lo conseguiré», pensé. Enseguida me avergoncé de aquella respuesta. «Tienes que conseguirlo. No conoces ni el itinerario ni el método. Al dinosaurio que quería volar le pasó lo mismo. Tómate el tiempo que necesites.»
Reunirme con la muerta que había en mí. ¿Cómo proceder? Estaba al mismo tiempo tan lejos que ya no la veía y tan cerca que no alcanzaba a verla. Me sorprendieron mirando fotos mías anteriores a aquella fatídica primavera: sentía que había cambiado, no era capaz de discernir en qué.
Como aquello no me llevaba a ninguna parte, decidí reunirme con la única otra muerta que había conocido, mi abuela paterna. La había querido con ternura, pero falleció cuando yo tenía tres años. No obstante, intenté invocarla. Era la primera vez que me empleaba en ese arte que a partir de entonces iba a practicar: hablar con los difuntos. ¿Tal vez fue debido a mi inexperiencia? No obtuve ningún resultado.
En 1980, en Bangladés, la muerte era omnipresente. ¡Había que ser muy torpe para no lograr contactar con la diosa local!
«Quizá tenga que morirme, simplemente», pensé. Analicé la situación fríamente. Había un obstáculo: algo dentro de mí se negaba a hacerlo. No pude identificar la naturaleza de aquel bloqueo. Hoy sé que se trataba del instinto de supervivencia. En aquella época, no sabía que existiera.
El destino psicopompo no obligaba a morirse. Había que acercarse a la parca. En un descampado de Daca asistí a una escena impactante: unos buitres posados en el suelo, a la espera. Me bajé de la bicicleta y me acerqué. Los carroñeros estaban agrupados alrededor del cadáver de un perro. El líder llegó y se llevó su parte, que fue a degustar un poco más lejos. Inmediatamente los otros pájaros se abalanzaron sobre el cuerpo y rebañaron toda su carne y sus órganos en un tiempo récord. Contemplé el esqueleto del cánido. ¿Cuántos meses necesitaría yo para deshuesarme? ¿De verdad era ese el objetivo? Los dinosaurios tardaron varios millones de años en aligerar su esqueleto. Intuí que tenía la edad idónea para aligerar el mío.
Bastaba con dejar de comer. Dejé de alimentarme. Me costó lo mío. Las primeras semanas, el hambre me obsesionaba. En la biblioteca de mis padres había una novela de Robert Merle titulada La muerte es mi oficio. Aquel título me impactó. Lo leí y, aunque no tenía nada que ver con mis propósitos, me resultó fascinante.
El hambre se me apagó en la boca del estómago. Lo viví como una victoria. En Bangladés, no comer formaba parte de lo ordinario. Tener qué comer y ni siquiera probarlo ya era algo más raro.
Cada noche, en la cama, constataba que mi osamenta iba ganando en visibilidad: cada vez lo notaba más. Hablaba con ella: «Tú eres la muerta. Cuéntame la muerte». Ella no respondía. Yo tenía fe. La terminaría oyendo.
Por extraño que pueda parecer, aquella anorexia me salvó. Esos dos años sin comer fueron el comienzo desde cero que tanto necesitaba. Mi victoria sobre el hambre dio carta de naturaleza a otra persona en mí.
Habían transcurrido nueve meses entre el trauma y la anorexia. Aquellos nueve meses fueron una prueba inefable durante la cual reflexioné sobre cada segundo de mi degradación. Comparado con aquel tormento, dejar de alimentarme resultaba anecdótico. Es verdad que mi salud se vio gravemente comprometida. No se puede hacer tortilla sin romper unos cuantos huevos.
Antes de aquella violentada pubertad, yo había sido ovoide. Las pocas fotos de la delgadez extrema muestran a un pajarito desplumado con unos ojos enormes. La transición entre aquellos dos estados fue atroz. Superada la metamorfosis, el sufrimiento se desvaneció. Ya no tenía con qué sentirla, ni con qué experimentar ninguna otra emoción.
Hasta entonces, dejar un país por otro siempre había supuesto una herida. Esta vez la mudanza de Bangladés a Birmania apenas me afectó. Dos países radicalmente distintos cuyo único punto en común me interpelaba: se comía muy poco. Sin embargo, el hambre era menos espectacular en Birmania que en Bangladés, por una razón muy simple: la población del país era mucho más pequeña.
«Si no hay hombres, no hay problemas», decía Stalin, que sabía de lo que hablaba. En Birmania la muerte tenía menos individuos a su alcance. Eso no le impedía obtener buenos resultados, pero más por motivos políticos. Me resulta difícil dar testimonio de ello, apenas si estaba allí.
Mi enemigo interior se burlaba de mí:
—Te has quedado como una raspa. Ahora sí que vas a ser incapaz de volar.
—Solo es una etapa del proceso –respondía, flemática.
Era consciente de mi derrota. Jamás podría pasar al estado siguiente, ya que me iba a morir. Para dar la impresión de que estaba haciendo algo, me puse a retraducir La Ilíada. Aquel esfuerzo me llenaba de un ardor que me sorprendía a mí misma. Puestos a morirse, mejor hacerlo con un poco de clase.
Mi cuerpo era la carcasa de un caballo de Troya. Contenía un auténtico enemigo cuyo poder burlesco no dejaba de asombrarme. Cuando me miraba al espejo, me decía:
—No tardará en morirse.
—¿Por qué me hablas en tercera persona?
—¿Estás segura de ser tú?
Buena pregunta. Era el reflejo de alguien a quien apenas veía y que habría sido incapaz de decir quién era.
Recuerdo un pensamiento que a los quince años me retumbaba en la cabeza: «Si alguien pudiera garantizarme que voy a salir de esta trampa, lloraría de felicidad». Salir de esta trampa consistía en vivir. Miraba los caminos y todos estaban bloqueados.
Cuando no estaba traduciendo a Homero, solía apostarme junto a la ventana a observar los pájaros. Aparte de la corneja cenicienta, volaban demasiado lejos para que pudiera identificarlos. Sin embargo, reconocía a la golondrina india, a la que consideraba testigo comprensivo de mi caída. No había chotacabras orejudos, pero tal vez la oscuridad me impedía verlos.
No era infeliz. Estaba desesperada y angustiada, y vivía aquel estado como una forma de exaltación.
Laos, donde había todavía menos gente, sustituyó a Birmania. De seguir así las cosas, un día acabaríamos llegando al país de la nada. Yo ya estaba allí: mi caballo de Troya inspiraba desconfianza. Lo miraban con interrogantes en los ojos.
«¿Qué habrá en su interior?» Me habría gustado responder que no había nada. No era del todo exacto. Quedaba una pequeña luz que ardía sin combustible.
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