Borges es el mejor escritor de la historia de la literatura. Empiezo por el final, lo sé. Repito: el mejor de la historia de la literatura. Con esta primera aseveración, la pregunta que da título a este artículo estaría respondido. Javier Cercas recuerda que Alfonso Reyes lo dijo de manera parecida: “Por fin tenemos en Latinoamérica alguien comparable a Shakespeare y a Cervantes”. Pero, me temo que dejar solita a esta primera respuesta sería un insulto a los lectores dejarlo aquí, que todo el artículo se resuma a esta primera frase. Por otra parte, El Universal no me lo pagaría por demasiado breve. Mal negocio para todos. Así que lo difícil viene ahora, la parte en la que ensayar los motivos por los cuales algunos pensamos que esta declaración que tanto asusta, provoca y llama al chiste de la vanagloria nacionalista argentina (soy argentino, discúlpenme), puede sustentarse.

En las muy admirables sesiones tituladas Borges por Piglia (disponibles en youtube), el autor de Respiración Artificial, dice: “Es como si Borges hubiera dicho: yo me ocupo de citar y resumir. El movimiento es un movimiento clásico: voy a escribir lo que leo”. Partiendo de esta idea (Un escritor es alguien que lee y copia lo que lee), no se llega demasiado lejos. A cualquiera que puede copiar lo que lee no necesariamente lo consideramos un escritor. Lo verdaderamente revolucionario es que Borges hace de este procedimiento la base de su oficio gracias a que desarrolla una prosa inigualable y un punto de vista original sobre lo que lee. Le cuentan un cuento y nos lo re-cuenta, optimizándolo. Se centra en un dato enciclopédico que le interesa, y lo reescribe, ampliándolo, iluminándolo, tergiversándolo, cambiando su sentido. Recuerda un dato biográfico o histórico, y lo desarrolla como si sirviera para explicar al alma humana y al universo entero. Así, muchos de sus libros, no son más que resúmenes de historias reales, o historias que inventa simulando que fueron reales, y que enfoca de manera única, nueva, sorprendente. Esto es lo que en El factor Borges Alan Pauls sostiene: el de la reinterpretación del mundo a través de una traducción deliberadamente personal, un riguroso trabajo para traicionar los originales.

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Crédito: Paulina Lavista
Crédito: Paulina Lavista

Por sumar un “por qué hay que leerlo hoy” con ejemplos, diré que gracias a textos como “Pierre Menard, autor del Quijote” o “Kafka y sus precursores”, los que estudiamos literatura leemos de un modo diferente. Un antes y un después, eso es Borges. Como dice Alberto Manguel, “en la Historia de la Literatura existe un “A.B.” y un “D.B.”, o sea, un Antes de Borges y un Después de Borges”. Por entender esta verdad, también hay que leerlo.

Y leerlo por todo lo que se ha dicho hasta la extenuación, a saber: por sus traducciones de Kafka o de Victoria Woolf, por la mirada sabia sobre la gauchesca, por su enseñanza al mundo castellano sobre la literatura inglesa y la anglosajona y la tradición judía y la árabe, por algunos cuentos como El Sur, Emma Zunz, Hombre de la esquina rosada, por despojar a la prosa en español del engolamiento, del adorno insustancial, y por sus tigres y sus laberintos y sus espejos y sus rosas, por sus conferencias sobre el budismo o sobre la metáfora o sobre Dante y por su sociedad con Bioy Casares y todas las risas que nos trajo és personaje que habló por ellos llamado Bustos Domecq y llamado Suárez Lynch, y por su modo único para adjetivar, recuérdese “el íntimo cuchillo” del Poema conjetural o la “unánime noche” de Las ruinas circulares o la “cicatriz rencorosa”, de La forma de la espada.

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Pero, por sobre todas las cosas, estas palabras de periódico quieren incidir sobre un motivo para abrir las páginas de sus libros: hay que leerlo no porque sea nuevo lo que su literatura proponga si no porque su mirada hace nuevo todo lo viejo. Nadie lo había hecho en Literatura de ese modo y nadie lo ha vuelto a hacer. Se dice esto de Bach en la música y de Picasso en la pintura. Georgie, como lo llamaban en su casa, es una máquina de releer para reescribir y así, termina por reinventar los materiales con los que trabaja. No se trata ya de inspiraciones ni singularidades, se trata de volver a pegar las partes de otro modo. Y así, siempre de modo caótico y fragmentario, nos coloca en la posibilidad de una ilusión: adentrarnos en la médula de todos los relatos importantes de la Historia, en la explicación potencial de todas las tradiciones en las que se sustenta la cultura humana. Ilusión de develación y globalidad y de placer literario permanente porque se está parapetado en un atalaya donde se lo distingue todo.

Yo diría, a riesgo siempre de simplificar hasta el absurdo, que hoy hay que leerlo porque fue el hombre que, con el conocimiento de muchas cartas de la literatura, de la alta y de la baja literatura, y de la Historiografía y de la filosofía y de su particular memoria, barajó y dio de nuevo, reseteó la manera de leerlo todo.

Para otra conmemoración hablamos de cuál fue el motivo por el que no ganó el Nobel, porqué hoy se ha convertido en un símbolo pop y el “inventor” de internet, por qué no escribió ni una sola novela, o por qué los que lo criticaban por sus posiciones conservadoras ya no hacen caso a ese “detalle”, entregados a su arte, a su vida, a su inacabable arcón de frases y anécdotas.

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Lean a Borges hoy, y no dejen de leerlo, y la pregunta que da título a este artículo empezará a responderse sola.

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