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Gustavo Peñalosa Castro (1959-2026) fue un hombre genial. Alto y robusto, de frente amplia y mandíbula poderosa. Tenía cejas pobladas, nariz recta, ojos oscuros de mirada firme, pero tierna. En su edad madura, el cabello, la barba y el bastón le daban un toque desaliñado, de alguien acostumbrado a la lectura, a la meditación y al trabajo silencioso. Su cuerpo y su andar animaban la figura de un luchador, pero no del cuadrilátero, sino del ancho mundo que le tocó habitar.
Gustavo organizó su vida en torno al pensamiento, a la Idea superior que preside cualquier acto de la existencia. De niño fue inquieto, un aprendiz de histrión con talento luciferino. Su padre lo llamaba “el buen Satanás” y su madre lo solía premiar con una buena sarta de zapatazos pedagógicos.
En su adolescencia, un árbol se atravesó al auto donde viajaba de copiloto, y los fierros del motor le trituraron la rodilla derecha; desde entonces, a semejanza de Vulcano, se convirtió en un dios a ras del suelo para el desempeño de las tareas cotidianas en las fraguas editoriales, pero con una lucidez mental que siempre estuvo a la altura de los más altos pensamientos.
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A su manera, fue un maestro ejemplar, una mezcla de Sócrates y Diógenes de Laercio. Amaba el diálogo y se burlaba de todas las solemnidades de la academia con frases punzantes y demoledoras. También, a su manera, fue un padre esmerado, un esposo fiel en el sentido amplio del término y un proveedor fracasado, como solía decir, lo cual le ocasionó el divorcio.
Despreció lo material y abrazó el amor por las mujeres, pero reservó un nicho para su madre y su padre. Cultivó la amistad como la veta de una mina pródiga que, al alcanzar las profundidades de la entraña, suele ofrecer diamantes, pero sobre todo cascajo envuelto en lodo e inmundicias. Sin embargo, nunca se detuvo a lamentar sus penas ni las pérdidas económicas, aunque fracasara casi en todas las empresas por dilapidar sus bienes entre los menesterosos que lo rodeaban, semejante a los personajes de Dostoievski, autor que tanto admiró.
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A Gustavo lo compartimos sus amigos en la escuela, en las tertulias, en el raro y meticuloso juego del billar, y en las fiestas. Y todo en él fue palabra elaborada con frases elocuentes y lapidarias. Frente a la aridez del tiempo, ejerció una voluntad de roca y un humor de diversos tonos y colores donde conspiraban la ironía, el sarcasmo y el escarnio. Todo ello le permitió sortear las trampas del destino, a la manera de Meursault, protagonista de El extranjero, de Camus, quien todo lo superó con el desprecio y, en este caso, con la indiferencia.
En su madurez, combatió la sensiblería y la sensibilidad morbosa. Comprendió las veleidades de los otros, aun sin estar obligado a ello. Admiraba “a las féminas feas pero varoniles” y disfrutó de su trato áspero, el cual recibía como la infusión de un té amargo que se concentra en la lengua. Pero, sobre todo, Gustavo Peñalosa amó la poesía, como lo demuestra este poema de Ruinas del humo, su único libro publicado: “Hay un grito en la oscuridad /no humano./ Entre las sombras/ corre agua rauda, rauda;/ sólo deseo alcanzar un muro,/ piedra cautelosa./ Desciende una cuesta/ la nube de mi cuerpo:/ le fueron ensartadas / estas lenguas que limpian el velo/ para que pase el viento./ Algo siempre aguarda tras ese muro.”
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