Conversar es una de las grandes pasiones de la actividad humana. Arnaldo Coen, además de poseer amplias virtudes en el campo de la creación artística es un extraordinario conversador, un amante de la palabra y de las parábolas que se logran hacer con ella para transmitirnos y compartir con lucidez experiencias estéticas de las que ha sido testigo.

La conversación es la actividad comunicativa oral en las que dos o más personas expresan sus pensamientos o saberes y van alternando los papeles de emisor y receptor. A la par, los participantes negocian algunos acuerdos, cuando éstos se logran se dan generalmente por el convencimiento de uno o por establecer analogías en su disertación. Esta atractiva práctica también solemos identificarla como charla, plática, diálogo, tertulia, un sin número de acepciones con que cuenta esta prolífica actividad del saber.

Arnaldo Coen trae en la sangre la sensibilidad por el arte y la riqueza de la palabra. Heredero de una tradición de creadores de vasta cultura, como la mezzosoprano de fama mundial Fanny Anitúa —quien desarrolló una intensa carrera artística en la música—, así como su padre, el lingüista, defensor del idioma español y periodista mexicano Arrigo Coen, hombre de amplísima cultura cuyo don de la palabra, como pocos, lo llevó a ser reconocido como Don Arrigo. Esa huella generacional de abuela y padre continúa presente en la estirpe de Arnaldo Coen, como persona que sabe ver, escuchar y apreciar con juicio crítico las artes de otros tiempos y el propio.

La crítica de arte Raquel Tibol decía que “Arnaldo Coen sueña despierto” y acompaña a esa frase otra de Salvador Elizondo que dice que “los silencios de Coen son absolutamente audibles”. Entre el soñar despierto y hacer audible el silencio, Coen, a lo largo de su intenso paso por las artes visuales, las escénicas, la escultura, la joyería, la escenografía, el performance, la música, la arquitectura, y hasta el juego y el erotismo, nos ha llenado de mágicos reflejos para conducirnos de lo invisible de nuestro interior a lo visible de lo tangible, recreándonos los sentidos.

“El tiempo es la eternidad que se mueve”, decía Platón. Arnaldo Coen nos conduce en una nave cargada de saber, bien equipada, creativa y fantástica por diversas experiencias sobre el tiempo, sobre su tiempo. Juega con este invaluable recurso, manipula la materia con gran oficio, la materia pintura donde logra una vasta cosecha de imágenes en lienzos y objetos, materia de luz, materia de color, materia de la materia, material germinal de vida, más que un presente perpetuo, como él ha nombrado a una de sus series. Su obra es un movimiento perpetuo, un movimiento que continúa siempre, marcado por ciclos vitales y creativos, de ahí su espíritu recurrente a la génesis, a lo que fecunda.

A las etapas de la historia, a sus referencias icónicas, trátese de obras realizadas por la naturaleza: el cuerpo femenino, los fenómenos naturales como la luz y el color, o por la creación humana de personajes simbólicos. Con virtuosa habilidad logra fundir el dominio de su oficio manual con su amplia cultura visual y poética, con profunda, sensible, entusiasta y lúdica actitud ante la vida.

El tiempo eterno lo conduce a un periplo por su tiempo, el tiempo de sus contemporáneos, visita a Klimt, Rothko, Matisse, a la par que a Ucello, al Bosco y convive con todos los movimientos artísticos que han acariciado su talento. El no tiempo no lo detiene, es lo que lo anima. No tiene límites al abordar los torsos atemporales de la cultura helénica y dotarlos de su impronta al incorporarles figuras geométricas de intensos y brillantes coloridos. Arnaldo conversa e interactúa con todo, el arte es una conversación. Suma años de trabajo sensible que lo han llevado a mirar sin tiempo, lo atemporal que nos mueve eternamente y nos invita a descifrar la maravillosa génesis de la vida y el arte.

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