Con la reciente publicación de su novela histórica Yo, Benemérito: Las últimas confesiones de Juárez, Gustavo Vázquez nos permite adentrarnos en el ocaso de la vida de uno de los personajes más emblemáticos de México y América Latina: Benito Juárez, un político envejecido por la persecución y la incertidumbre, consumido por el poder —en el sentido más estricto— y mitificado: “Me acusan de aferrarme al poder, de ser un dictador disfrazado de hombre de leyes”.
A lo largo de los veinticinco capítulos y una nota, el escritor desempolva el último lustro de la República Restaurada y lo relata con gran detalle y sustento historiográfico. Es de notarse que, como lo argumenta el autor, si bien “no es requisito que a una novela histórica la acompañen fuentes, tampoco está prohibido que así lo sea”, de esa manera, entrelaza pensamientos y emociones que reflejan a un Juárez más humano sin perder la objetividad.
La construcción del personaje, desde la propia voz del oaxaqueño, se lleva a cabo con precisión, sin dejar ninguna omisión: “Mi justicia no tiene rostro humano, sólo la máscara del sayón que aplica la regla de los hombres, de las ambiciones, esa máscara sin emociones esconde a un hombre atrapado entre la necesidad de pacificar y el horror de tener que hacerlo con violencia”.

Vázquez no intenta ocultar la crueldad del mandatario, pues habla de aquellas persecuciones contra sus enemigos que indignaron hasta a los propios liberales. Por un lado, justifica la cacería de los conservadores, que resultó en una lista interminable: las muertes de Miramón o Tomás O’Horán, e incluso la detención de múltiples personas que siquiera se atrevieron a dudar de la República: “De otra forma ¿cómo seguir adelante? ¿Cómo prevalecer en un país necesitado de un líder? Hay que demostrarles autoridad”.
Por otro lado, predominaba el resentimiento a los indígenas del norte por el apoyo al Segundo Imperio, razón por la cual, a pesar de que los pueblos pedían paz al presidente, este se mostraba inflexible, como en el caso de la matanza de Bácum, donde aquellos yaquis que se negaron a entregar sus tierras, en cumplimiento a las Leyes de Reforma, fueron encerrados en una iglesia y quemados vivos.
Sin embargo, el autor no olvida ver a Juárez bajo el lente de su tiempo, pues era un síntoma de la época querer limpiar a la población, dejar que los indios se extinguieran o se educaran, pues se consideraba que, al permitir que los pueblos originarios conservaran sus tradiciones y costumbres —incluso su lengua— se dividía a la población, ya que no tenían “las dotes de la razón y la dignidad”. Por ello, Juárez reconocía que el fanatismo religioso y la ignorancia sólo traían más problemas que retrasaban la paz nacional.
La falsa idea del Benemérito de querer salvar a sus “hijos”, “quitarles lo indígena, pero darles, a cambio, la mexicanidad […], sus derechos civiles”, conllevó muchos ataques pacificadores como el de los campesinos de Chalco, quienes exigían el reparto justo de sus tierras sin favorecer a los hacendados. Así, Julio López Chávez, quien encabezó nuestro primer intento de “comunismo”, fue fusilado, al igual que sus seguidores, pues como dijo Juárez a través de la pluma del escritor: “Yo mato símbolos, no personas”.
Esta obra se suma a anteriores esfuerzos de Gustavo Vázquez por presentar una nueva visión sobre los hombres de piedra y sin mácula o sobre los “villanos” irredimibles, desmitificando la imagen sin matices que el oficialismo se empeña en presentarnos.

