Hay oficios raros. El más raro de esta década es vender una cosa y, en la misma mesa, jurarle al banco que esa cosa no se va a devaluar.
Eso hace Nvidia. Ya no le basta con fabricar el procesador que alimenta a las máquinas. Jensen Huang (taiwanés de nacimiento, pastor de las ovejas de Silicon Valley) garantiza el edificio, el contrato de luz y el ingreso mínimo de quien le compra. En agosto avaló hasta 105 mil millones de dólares para un centro de datos en Ohio. Una semana antes quiso movilizar, con media docena de bancos, más de 500 mil millones. Hay quien, sin sonreír, la llama el banco central de la inteligencia artificial.
Todo suena lógico, impecable, casi obvio. Ahí es donde el radar de obviedades disfrazadas de genialidad empieza a parpadear.
El relato oficial cabe en una diapositiva: el mercado no pone el dinero a la escala que piden las naves, así que la empresa que mejor entiende el riesgo lo pone. Y Nvidia tiene con qué defender esa historia: casi 100 mil millones de dólares en efectivo y un negocio que este año puede generar cerca de 200 mil millones. Márgenes capaces de provocar “eNvidia” al PIB de un país del Sur global.
El reverso no es nuevo. A finales de los noventa, Cisco y Lucent prestaron para que les compraran ruteadores. La red sí creció. No creció a tiempo. Quedaron bodegas llenas de equipo que ya nadie quería pagar al precio de la euforia, balances rotos y una lección que Silicon Valley prefiere guardar bajo el membrete de “contexto”. Michael Burry (el mismo que olió la hipoteca basura) pregunta lo único que importa: qué ocurre si el chip envejece más deprisa de lo que jura el vendedor y el uso no corre al ritmo del concreto.
Nvidia es inversionista, proveedora y, cuando hace falta, clienta de sus clientes. Compra acciones, asegura un piso de ingresos a las nubes nuevas y se queda un pedazo si el precio sube. Huang dice que el procesador es fungible, durable, casi un activo bancario. Al mismo tiempo lanza uno nuevo cada año para que el anterior parezca viejo. Esas dos verdades no caben en el mismo cajón. Las sostiene la escasez. Nada más.
En México el folleto no es hipotético. El miércoles, Marcelo Ebrard colgó en X un video de Huang: “gran amigo de México”, las supercomputadoras de inteligencia artificial de Nvidia “se fabrican” aquí, visita pactada para “lanzar” al país a esa era. El comunicado aplaudió. En los comentarios, unos vieron potencia; otros, ensamble con discurso. Las dos lecturas pueden ser ciertas a la vez. Querétaro y el norte ya conocen la canción: la nave llega antes que el oficio, el amigo antes que el contrato, la promesa antes que la luz estable. Si el mundo no usa la máquina tanto como anuncia la preventa, no sobra un procesador en la sede de Nvidia, en California. Sobran un transformador, un contrato con la CFE y la firma de un memorando de entendimiento.
Eso, queridos cómplices, es #ruidoblanco de primer orden: tomar el financiamiento por demanda, el ensamble por era y la cláusula residual por porvenir. El futuro, por lo visto, también se empeña a sí mismo.
La pregunta no es si Huang es mago. Es quién, aquí, deja la luz del país en la ventanilla como si cada consulta cobrada fuera tan sólida como el cemento.
@ricardoblanco
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